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| 6/4/2012 11:46:25 AM

EL MENSAJE ALREDEDOR DE ROMÉO LANGLOIS

Un delgado hilo es el árbitro en el equilibrio entre la información y la propaganda. Las dos fuerzas, per se, son neutras; es decir, desde el punto de vista axiológico solo encuentran utilidad en la medida que quien las utilice les imprima un fin.

 

 La propaganda contiene información que puede ser filtrada para que cumpla con un propósito específico: ganar adeptos o generar simpatías frente a ideas, productos, personas, partidos políticos, además de un largo etcétera. La propaganda puede ser utilizada para difundir una información de manera neutra, solo que más asequible a todo tipo de público, o puede tener una carga emocional o ideológica determinada que busque convencer a un mayor número de personas sobre las bondades de sus anuncios. En el primer caso podemos traer como ejemplo una campaña de prevención en salud pública y en el segundo la típica propaganda política. En este punto es donde se juega el delicado equilibrio entre informar y tratar de convencer; además porque la propaganda puede tener connotaciones negativas cuando se utiliza para desinformar, para alterar la percepción de una realidad objetiva en los individuos con claros beneficios para la obtención de intereses muy particulares. La información, en una de las acepciones más comunes – no tan rigurosa desde el punto de vista científico-, es un conjunto de datos objetivos que se generan y que se reciben por parte de los individuos que les permite difundir o ampliar un conocimiento sobre algún tema en particular, a fin de tomar decisiones con mayor precisión o de resolver problemas

 

Los atentados del 11 de septiembre llevaron a que los gobiernos de derecha, especialmente, aprovechasen la oportunidad para limitar los derechos civiles y aumentar la vigilancia sobre los ciudadanos; estigmatizando a ciertos sectores de la población ya fuese por su origen étnico o por sus creencias religiosas o políticas. En cierta medida el periodismo, especialmente el que cubría los conflictos, se vio también con ello perjudicado. Con el argumento de que entrevistar al jefe, o algún mando, de una facción armada o la transmisión en directo de sus acciones armadas  se constituía un acto de propaganda a favor del terror - en lugar de ser considerado como un acto de información- se restringieron las noticias de los conflictos a los comunicados oficiales que los organismos de seguridad entregaban para el consumo del público. En Colombia el gobierno de entonces, muy imaginativo para encontrar “pruebas” de vínculos terroristas –que no se inmutó en lo más mínimo en calificar a un ex ministro de defensa nacional como miembro de las FARC-, también se intentó judicializar a los periodistas que cubrían el conflicto interno, logrando que este perdiera visibilidad en la sociedad y logrando que quizá uno de los mayores éxitos de la llamada “Seguridad Democrática”  fuese en el orden propagandístico.

 

Durante casi una década se manejó una campaña de propaganda que ocultaba la presencia de un conflicto social y, más específicamente, de un conflicto  armado en nuestro país. Sin embargo la información objetiva mostraba otra cosa. El gasto militar como porcentaje del PIB, en el periodo entre 1998 y 2007, tuvo un máximo de 4,5% y un mínimo de 3,2%, para un promedio simple de 3,9% - las más altas cifras de gasto militar a nivel latinoamericano superando lejos a naciones como Venezuela, Brasil y México, para poner ejemplos emblemáticos-. Este presupuesto sirve para sostener aproximadamente a 426,000 miembros de las fuerzas militares, lo que lleva a tener 7, 6 soldados por cada millar de habitantes - mientras le media para latinoamericana es de 3 por cada mil-, este componente humano  enfrenta en un promedio anual (calculado entre 2004 y 2010) de 545 atentados terroristas. Esto sucedía mientras la propaganda oficial decía que viajar por las carreteras principales con tranquilidad era el indicador de la inexistencia del conflicto, hasta el punto que se escuchaban en los locales de café a algunos arribistas, dueños de un pedazo de lote, decir, a gritos, que con Uribe se podía viajar a la finca; algo cierto, pero cuidado se desviaban por los caminos terciarios para haber vivido la otra realidad de la propaganda oficial.

 

En el gobierno de Santos se ha reconocido la existencia del conflicto y la necesidad de establecer un marco legal para la reparación  de sus víctimas y para una solución no militar a él; como consecuencia de lo anterior ha adquirido una mayor visibilidad y quizá eso haya ocasionado en la percepción de los ciudadanos que ha habido un deterioro en el manejo del orden público durante este gobierno, cuando las evidencias estadísticas dicen lo contrario  solo que el velo que lo cubría se ha corrido. La propaganda por parte del Ministerio de Defensa si ha continuado y por estar en esas en el caso de Roméo Langlois, como se dice popularmente, el tiro le salió por la culta; iban a mostrar a una cadena noticiosa internacional a las fuerzas armadas colombianas en una operación militar exitosa que a la postre no resultó, tanto que el resultado fue que el periodista francés terminó cautivo en manos de las FARC. Alrededor de su liberación se intentó promover un debate sobre la información del conflicto que, aunque no prosperó, no puede ser despreciado.

 

Cuando de los impuestos de los colombianos se gasta un porcentaje tan alto para mantener a nuestras Fuerzas Armadas, lo más natural es que tengamos el derecho a que se nos informe sobre la gestión de ellos, sobre su eficiencia, sobre sus logros o fracasos. Los medios, a su vez, también deben cumplir con el papel de informar sobre lo que ocurre en ambos sectores del conflicto, conservando ese hilo del equilibrio entre información y lo que pueda ser una manipulación propagandística de los violentos; deben suministrar una información dentro de un contexto, labor que no se puede hacer si se persiste desde el gobierno en criminalizar el cubrimiento periodístico del conflicto armado. Por las redes sociales se difunde información sobre diversas facetas de nuestro conflicto – a través de ellas se conocen imágenes de la situación difícil  que se vive en los campos, en las zonas mineras y en las ciudades, cuando ciudadanos inermes protestan contra desplazamientos, corrupción local o en contra de condiciones deplorables de orden laboral  por parte de las grandes petroleras en algunas regiones- sin el contexto adecuado que puede ser más perjudicial que la no visibilidad de ello en los medios. En fin, para salvarse de una insolación no se puede pretender hacerlo tapando el sol con las manos; así mismo de nada nos sirve ocultar a la contraparte del conflicto sí, además, se quiere alcanzar con ella algún acuerdo negociado. Es mejor que la sociedad tenga la información, en el contexto adecuado, sin la publicidad engañosa de los actores, a fin de que pueda aceptar las soluciones que se le  presenten para encontrar una sociedad mejor.

 

Espero que Langlois retorne a Colombia para que siga ejerciendo su profesión.

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