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| 8/17/2011 4:22:46 PM

El Síndrome Bolillo y la Guerra Psicológica

El síndrome Bolillo, la naturalización de la violencia en Colombia y la guerra psicológica para justificar el uso de la fuerza en la solución de los conflictos.

Mg Edgar Barrero Cuellar

Director Cátedra Libre Martín-Baró

www.catedralibremartinbaro.org

 

Las cifras sobre distintas formas de violencia en Colombia son aterradoras. Casi cinco millones de personas en situación de desplazamiento forzado que deambulan invisibilizadas por todo el territorio nacional. Algo más de cincuenta mil seres humanos desaparecidos en razón de sus creencias políticas distintas a los modelos tradicionales de gobierno bipartidista  y sus dirigencias. Partidos políticos legalmente constituidos sometidos a crueles procesos de intento de exterminio. Más de dos mil quinientas masacres cometidas con el uso de sofisticadas técnicas de guerra psicológica para lograr que los campesinos abandonaran sus territorios ancestrales. Todas estas formas de violencia han sido banalizadas a través de sofisticados dispositivos de guerra psicológica como la radio y la televisión.

 

Lo mismo está sucediendo con el tristemente célebre caso del entrenador de la selección colombiana de futbol,  a quién paradójicamente se le conoce con el nombre del “bolillo” Gómez, en un país en donde lo tradicional ha sido el uso del bolillo y el garrote para resolver las contradicciones por parte de las élites gobernantes. Sólo que en este caso han salido a la luz otros elementos que merecen ser analizados desde la perspectiva de una psicología social crítica que se niega a aceptar la violencia y la fuerza como forma de solución de los conflictos.

En  medio del espectáculo mediático generado por el hecho real y concreto de que el “bolillo” golpeó a una mujer y luego presentó su renuncia como técnico de la selección, se han escuchado algunas voces a favor del bolillo y otras en contra, mientras que otras no se han dejado escuchar como es el caso de los gremios de psicólogas y psicólogos. Sobre esas voces quisiera centrar este análisis.

 

Una de las declaraciones que más polémica ha generado proviene de la senadora del partido conservador Liliana Rendón, quién además tiene el título de psicóloga. Tres grandes distinciones: ser mujer, ser psicóloga y ser parlamentaria de la República. Está persona justificó públicamente - en su triple calidad de mujer, psicóloga y senadora- la violencia sobre las mujeres pues según ella muchas veces las mujeres provocan esa violencia de parte de los hombres. Esta categoría de los provocadores tiene una larga tradición ideológica en Colombia. Desde ella se han justificado todo tipo de crímenes y atrocidades. Pero lo grave del asunto es que esta justificación ideológica de la violencia provenga de una mujer, que además es psicóloga y que para colmo de males tiene en sus manos la elaboración de las leyes que regularan la interacción entre los ciudadanos.

 

Lo que se esperaría es justamente lo contrario. Las mujeres han sido sometidas históricamente a odiosas condiciones de existencia material, psicológica y espiritual, como para que una psicóloga salga a defender públicamente cualquier forma de violencia sobre la mujer. Creo que este asunto debe ser revisado y discutido rigurosamente por los gremios, sociedades y organizaciones de psicólogos y psicólogas en Colombia. Detrás de estas declaraciones se esconden causas estructurales de la forma como se forman los profesionales de la psicología en Colombia. Y esto sucede justamente porque la formación de psicólogos y psicólogas en Colombia se hace de espaldas a un país que se debate en medio de una impresionante crisis institucional y humanitaria.

 

Pero este hecho de violencia ha dejado ver cosas mucho más graves. Una de ellas tiene que ver con las declaraciones del dirigente deportivo Álvaro González quién prácticamente hizo un llamado público al exterminio de la exsenadora y defensora de derechos humanos Piedad Córdoba, pues según él si los golpes del “bolillo” hubieran sido sobre ella, mucha gente habría salido a aplaudir al agresor. Lo cual quiere decir en la práctica que si los golpes van sobre el cuerpo y la integridad de una opositora del sistema, bienvenidos sean. Esta situación plantea elementos de profundo calado en cuanto a la forma como en Colombia se ha naturalizado la violencia sobre los opositores y las justificaciones ideológicas que se han construido para mantenerla.

Una práctica común en Colombia frente a distintas situaciones de violencia es hacer sentir a la víctima culpable y convertir al victimario en víctima. Para ello se echa mano de todo tipo de recursos de guerra psicológica, tales como los expresados por estos miembros de la actual dirigencia política del país. Cada vez que se escucha de un nuevo asesinato es muy común escuchar esa representación social tan arraigada de que si lo mataron sería porque en algo andaba.

 

Ella se lo buscó. No es para tanto. Quién la manda a meterse en problemas. Para que asiste a marchas de protesta. Por qué no se quedó callada. Eso le pasa por andar con gente sospechosa. Mejor quédese en casa. Habiendo tanto entretenimiento en la televisión y ella metida en esa organización. Éstas son apenas algunas de las representaciones sociales altamente ideologizadas que nuestras élites han sembrado en la subjetividad de los colombianos y colombianas a través de dispositivos de guerra psicológica que muy pocas personas logran percibir.

Todo sistema opresivo posee sus propios medios de banalización. Seguramente mañana aparecerá otra noticia que borrará de la mente de los colombianos y colombiana este hecho de violencia e instalará una nueva preocupación, una nueva distracción, una nueva sensación tal  como sucedió con el atroz caso de los falsos positivos, las chuzadas y Agro Ingreso Seguro. Frente a los cuales la psicología tampoco se pronunció.  

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