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| 8/28/2011 11:44:30 PM

EL SINDROME DEL NIÑO AL QUE NO SE LE CREÍA NADA Y EL POLICÍA QUE LO ASESINÓ

EL SINDROME DEL NIÑO AL QUE NO SE LE CREÍA NADA Y EL POLICÍA QUE LO ASESINÓ.

Apuntes sobre guerra psicológica en Colombia.

 

Mg Edgar Barrero Cuellar

Director Cátedra Libre Martín-Baró

www.catedralibremartinbaro.org

 

Decía Borges que “un muerto no es un muerto sino la muerte”. ¿Qué diría si se hubiera enterado que en Colombia se ha naturalizado la muerte de niños y jóvenes por parte de instituciones del Estado como la Policía Nacional? Seguramente no vacilaría en afirmar que un niño muerto con las balas estatales no es un niño muerto más,  sino que es la muerte instalada en forma de placer por aquellos con alguna forma de poder sobre los otros.

No de otra forma se podría explicar el hecho de que un agente de la policía nacional dispare contra un joven grafitero  de 16 años, con su arma de dotación, otorgada para brindar seguridad a los ciudadanos. O el acto de crueldad Extrema ejecutado contra el niño de 15 años, Nicolas Neira, en el que varios agentes del Esmad lo golpearon inmisericordemente hasta descerebrarlo, lo cual produjo su muerte unos días más tarde.

 

En ambos casos, una vez producida la muerte de los jóvenes, se ha tratado de justificar estos hechos de violencia y terror Estatal. Qué estaba robando el uno y que el otro estaba cometiendo actos de vandalismo. De manera sutil se ha querido convencer a la sociedad de que estas muertes eran necesarias para mantener el orden y la seguridad de la ciudad. La forma como se presenta la noticia y otras formas de manipulación emocional a gran escala así lo dejan ver. Por sólo mencionar un ejemplo, después de la muerte a bala del joven grafitero, aparece en televisión la señora madre del agente de policía que disparó, suplicando que la entiendan  en su dolor así como ella entiende el dolor de los padres del niño muerto.

 

Esto sin lugar a dudas es un acto premeditado de manipulación que busca desviar la verdad sobre estas situaciones, pues en Colombia se ha vuelto normal todo tipo de atropellos de las fuerzas armadas sobre los jóvenes estudiantes. Esto es justamente lo que banaliza el hecho de la muerte del niño, pues se logra trasladar el significado de la muerte de un joven por parte de un agente del Estado Colombiano, al dolor de una madre que sufre por la suerte que tendrá que correr su hijo policía.

 

Nuevamente, como ha sido históricamente en Colombia, el victimario pasa a ser víctima. Y esto no lo podemos permitir quienes trabajamos por una sociedad menos impune y con mejores niveles de acceso a la justicia. Lo que se esconde de fondo son unas instituciones permisivas y hasta protectoras del uso de la violencia contra personas indefensas. Mientras no se condene ejemplarmente a los perpetradores, seguirá haciendo carrera en Colombia la tesis de que aquí es más fácil y rentable ser asesino y corrupto que ciudadano de bien que respeta el ordenamiento legal. Y esto trae implicaciones psico-socio-antropológicas impresionantes. Por ello vivimos como vivimos en medio de una profunda crisis institucional y humanitaria, pero hacemos como si no pasará nada. Por eso vivimos en estado de encantamiento social mediante los dispositivos de control que a diario consumimos en forma de noticia, novelas y realitys deshumanizantes.

 

Por eso perdemos la memoria como para no recordar que ésta práctica de crueldad no es tan nueva como nos han querido hacer creer a través de distintos medios. Podríamos citar a manera de ejemplo dos grandes hechos históricos y dos casos recientes en los que la policía y el ejército han disparado o golpeado a jóvenes hasta producirles la muerte.

 

El primero tiene que ver con la masacre de las bananeras en 1928. Allí como se sabe se produjo una gran masacre de sindicalistas que asistían a una protesta en compañía de sus familias, dentro de las cuales habían muchos niños y niñas. Para nadie es un secreto que el ejército colombiano disparó indiscriminadamente sobre la población civil que se encontraba en estado de indefensión. Y este tipo de hechos constituye sin lugar a dudas un acto intencional que se ejecuta con cierto placer, pues se sabe del estado de indefensión y aun así se ejecuta la orden de masacrar a los propios hermanos. Lo anterior queda muy claro en la forma como Garcia Márquez narra los hechos de esta masacre en “Cien años de soledad”:

 

“Al lado De José Arcadio Segundo estaba una mujer descalza, muy gorda, con dos niños de unos cuatro y siete años. Cargó al menor y le pidió a José Arcadio Segundo, sin conocerlo, que levantara al otro para que oyera mejor lo que iban a decir. José Arcadio Segundo se acaballó al niño en la nuca. Muchos años después, ese niño había de seguir contando, sin que nadie se lo creyera, que había visto al teniente leyendo con una bocina de gramófono  el Decreto Número 4 del Jefe Civil y Militar de la provincia. Estaba firmado por el general Carlos Cortes Vargas, y por su secretario, el mayor Enrique García Isaza, y en tres artículos de ochenta palabras declaraba a los huelguistas cuadrilla de malhechores y facultaba al ejército para matarlos a bala”

 

En Colombia padecemos el síndrome de ese niño al que nadie le creyó lo que había padecido, pues todo sistema de terror en el que agentes de Estado se ven implicados en crímenes contra personas inermes, tiene sus propios mecanismos de guerra psicológica para banalizar y justificar la utilización de las armas estatales en contra de la población civil.

 

En segundo lugar, podríamos citar el caso de la masacre de estudiantes en 1954. Alvaro Tirado Mejia se refiere a estos hechos de la siguiente forma: “El ocho de junio de 1954, fue muerto un estudiante al regreso del cementerio, a donde había ido en manifestación estudiantil para conmemorar la muerte de otro estudiante asesinado en las postrimerías  del gobierno de Abadía Mendez. Al día siguiente, en pleno centro, una patrulla del ejército disparó contra una manifestación estudiantil que protestaba por el asesinato del día anterior, dejando un saldo de 8 muertos y más de cuarenta heridos…esa misma noche, Lucio Pabón Nuñez, culpó a los comunistas y al día siguiente, en una acción arbitraria y tonta, la policía detuvo a más de doscientas personas en Bogotá…”

 

Un estudiante asesinado por ir a conmemorar el asesinato de otro estudiante. Ocho estudiantes asesinados por ir protestar por el asesinato de su compañero que tan sólo quería mantener viva la memoria de su amigo asesinado. Este es el ciclo que constantemente se vive en Colombia. Cualquier intento de denuncia o de protesta se resuelve a través de distintas formas de represión que van desde tremendas golpizas hasta la muerte misma con las armas del Estado. Y no se puede negar que allí se esconden aspectos psicológicos de tremenda perversidad como el placer en generar daño, dolor, sufrimiento y sentimientos de impotencia al vivir la situación concreta del cinismos y la impunidad, como fue el caso de culpar a los comunistas, frente al hecho real y concreto de haber sido el ejército colombiano quien disparó contra los jóvenes estudiantes.

 

Esto son tan sólo pequeñas píldoras para nuestra memoria colectiva tan distraída y acostumbrada a excesos de fuerza por aquellas personas e instituciones en quienes hemos confiado nuestra protección. El viejo dicho de nuestra psicología popular hoy cobra mayor vigencia: “Es mejor la seguridad que la policía”

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