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| 3/29/2012 1:05:43 PM

ETERNO RESPLANDOR DE UNA MENTE SIN RECUERDOS

Por Samuel Rosales Ucrós
“No hay peor ciego que el que no quiere ver”. Refrán popular
La entretenida película Eterno resplandor de una Mente sin Recuerdos ganó en 2005 el Premio Óscar de la Academia al mejor guión original.  Resumiré una parte: una mujer (Clementine), debido a la tormentosa relación sentimental que está viviendo, decide borrar de su memoria la parte de su pasado que involucra a su pareja (Joel). Para ello, se somete a un innovador proceso de borrado mental ideado por el doctor  Howard Mierzwiak. Para garantizar óptimos resultados, Clementine debe deshacerse de todos los recuerdos asociados a Joel. Con lo que no contaba Clementine era con que Patrick, un asistente del doctor Mierzwiak, se enamora de ella y, durante el borrado, se hace con los poemas y cartas con que Joel la enamoró para después enviárselos como si fueran obra de él. Los escritos enviados por su nuevo pretendiente le parecen inquietantemente similares a Clementine, sin que ella pueda explicarse por qué. No necesito revelar nada más de esta estupenda ficción cinematográfica.
La realidad, dice el lugar común, supera a la ficción. Y, para no defraudar al refranero, científicos del Departamento Clínico de la Universidad de Amsterdam han logrado borrar los recuerdos indeseables en algunas personas a través de la administración del fármaco propanol justo antes de la evocación del mal recuerdo. Esta faceta de la investigación en humanos, llevada a cabo por el holandés Merel Kindt y su equipo, ha ido paralela a otras investigaciones similares en animales, en virtud de las cuales, a través de la eliminación de una proteína específica del cerebro, se ha podido conseguir la supresión de experiencias traumáticas en ratones.
Pero como ya lo demostró sobradamente nuestro Gran Notario, Gabriel García Márquez, esta tierra encantada combina realidad y ficción sin orden ni concierto, y hace de la mezcla resultante una realidad mágica –nada agradable, por lo demás- que excede con mucho a sus componentes individuales. Me sucedió que, leyendo las noticias destacadas en la edición digital de El Tiempo de hoy 27 de marzo, experimenté la misma sensación que tuvo Clementine cuando leía los poemas escritos por Joel y más tarde usurpados por Patrick.
La noticia de que el alcalde Petro piensa construir en Bogotá un metro ligero por la carrera séptima “y un metro pesado para 2018”, me produjo una especie de déjà vu que me retrotrajo a nebulosos recuerdos de hace 22 años; El Tiempodel 13 de diciembre de 1990 tituló así anuncios similares del entonces alcalde mayor Juan Martín Caicedo: “Del metro de Bogotá ya hay centímetros”. Obviamente, como se ha demostrado, no había ni siquiera cienmilímetros. Tendríamos que recurrir a nanomedidas para dar con la metáfora adecuada.
Otra noticia de hoy da cuenta de la captura de Phanor Arizabaleta “capo histórico del Cartel de Cali”; a la lectura de tal información retumbaron ecos en recónditos vericuetos de mi memoria: el 9 de julio de 1995 El Tiempo tituló así un informe sobre la captura, a la sazón, de ese mismo capo: “Ahora sí, Phanor Arizabaleta”.
Una tercera noticia de El Tiempo de hoy según la cual “10 toneladas de bombas se usaron para el segundo gran golpe a las FARC” evocó en mi memoria un brumoso titular del 10 de diciembre de 1990 que rezaba: “El ejército ataca Casa Verde”; y así como hace 22 años aquella se consideró la operación militar “más importante después del ataque a Marquetalia”, hoy el presidente Juan Manuel Santos, refiriéndose a la operación de las 10 toneladas de bombas, y a otra efectuada hace pocos días, “recalcó (…) que se trata de dos de los mayores golpes contra la guerrilla en los últimos años”.
Duros golpes al narcotráfico (con jefes de finanzas capturados casi a diario durante años); o a la guerrilla (en los que “caen” de a 36 guerrilleros por ataque); firmas de contratos que solucionarán el caos de movilidad de Bogotá (que anulan, a su vez, anteriores contratos firmados por otros, con las consecuencias jurídicas en contra el erario público que tamañas irresponsabilidades demagogas conllevan). He ahí la atolondrante dosis de propanol que nos administran diariamente medios de comunicación, plutócratas y políticos (siniestra versión de la Santísima Trinidad); la proteína que sistemáticamente nos eliminan de nuestros cerebros y que, nosotros, ratones domesticados, aceptamos sin chistar. Si: con una receta que parece cuidadosamente preparada por Maquiavelo, los medios de comunicación, propiedad de políticos y plutócratas (recordemos que El Tiempo pasó de la aristocrática familia Santos, casi que sin solución de continuidad, a manos del banquero más poderoso del país) nos suministran porciones magistralmente equilibradas de amarillismo (que garantizan la rentabilidad del medio) y cortinas de humo (que garantizan el benéfico -para ellos-statu quo imperante).
Para reforzar el coctel que nos hace olvidar nuestra sucia historia, al lado de proezas de pacotilla y promesas incumplidas, también abundan en periódicos y noticieros noticias alusivas a la superioridad colombiana en los más disímiles dimensiones imaginables: desde ser los tipos más ingeniosos de orbe, hasta los más trabajadores del planeta, pasando –cómo no- por tener, según reconocimientos gringos, la mejor policía del mundo. Y es en ese momento de palmaditas en la espalda cuando los poderosos de Estados Unidos se cagan de la risa: el FBI de ese país resuelve desde hace décadas, por medio de deslumbrantes trabajos de filigrana forense, crímenes verdaderamente desconcertantes, mientras nosotros aquí, más de un año y medio después de los acontecimientos, no tenemos ni idea de qué pasó con el joven Colmenares, atacado en plena calle, y cuyo cadáver, según las últimas investigaciones, fue plantado en un caño ubicado a pocos metros de un CAI: en las narices de un grupo de los mejores policías del mundo.
Tampoco sabemos –ni nos acordamos- por qué unos cuantos empresarios de transporte tienen la capacidad infalible de torpedear consuetudinariamente cualquier iniciativa de modernizar el destartalado parque automotor del servicio de transporte público bogotano; circunstancia que, además de darle un aire africano a Bogotá, contribuye en gran medida al infierno cotidiano, sufrido por millones de ciudadanos, que supone desplazarse un espacio superior a diez cuadras. 
Mucho menos entendemos –o simplemente decidimos olvidar el hecho- cómo después de 50 años de estar propinando golpes demoledores a guerrilla y narcotráfico los dos fenómenos siguen tan campantes. La presunción de inocencia nos revelaría una realidad según la cual simplemente elegimos imbéciles que, desconociendo a Einstein, se limitan a repetir las mismas acciones una y otra vez esperando, cada vez, resultados diferentes. Pero no: a pesar del procedimiento de borrado al que el doctor Uribe sometió al país en sus ocho años de solemnes discursos patrioteros y victorias de relumbrón (al menos ya se aclaró por qué le llaman doctor), lo que queda claro es que no se trata de estúpidas acciones de buena fe, sino de un gigantesco complot ideado para suprimir nuestros dolorosos recuerdos y así repetir circularmente nuestra trágica historia.
Mientras esto pasa, nosotros (los otros), en lugar de destapar la olla podrida, le hacemos el juego a los conspiradores:orgulloso de MI ejército, se lee en un estado de Facebookdespués del circo de la baja de algún comandante guerrillero;orgulloso de MI presidente, se lee en un trino de Tuiterdespués de la payasada de la extradición a Estados Unidos de algún capo del narcotráfico. MI ejércitoMI policíaMI presidente. Pues déjame decirte que TU presidente, tu actual presidente, no ha hecho nada distinto de anteriores presidentes -tan tuyos como este- de los que, con mejor sentido crítico, te avergonzabas (añoro, por ejemplo, lo chistes alusivos a la ignorancia de Turbay).
Todo este escenario sin que los conspiradores se tomen siquiera el trabajo de desaparecer las evidencias que darían al traste con el proceso de borrado: ahí están las hemerotecas para ser consultadas acerca de nuestra deprimente historia; o los archivos digitales de la prensa, de los que nos separa un simple click del mouse.  Pero no: nos conformamos con lo que dice hoy el periódico. Y cuando, como me ocurrió a mi hoy al leer las noticias referidas, nos sentimos como Clementine, y nos creemos víctimas del experimento del cerebro en una cubeta, volvemos al computador para enterarnos providencialmente, y gracias a la misma edición digital de El Tiempo, de que “El Cristo Redentor más grande del mundo intenta levantarse en el Huila”.
Y nos tranquilizamos.
(Más columnas de este autor en www.elemperadordesnudo.blogspot.com
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