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| 7/29/2012 8:26:04 AM

Juan Carlos Ortiz Interbolsa La encrucijada europea

Juan Carlos Ortiz Interbolsa 

 

El error de los países periféricos de Europa es que han asumido toda la responsabilidad de la crisis. Las soluciones se buscan como si se tratara de problemas especiales de indisciplina que se resuelven con sanciones públicas. Así, el apoyo financiero del Banco Central Europeo a España se condiciona a una contracción fiscal draconiana, y si algo se aprendió de la experiencia reciente es que bajo condiciones de tasa de interés cero la política fiscal es mucho más efectiva que la monetaria. El expediente en conjunto es recesivo y mal podría atribuirse a las autoridades españolas. El desacierto proviene de una seria falla institucional y conceptual del Banco Central Europeo.

En cierta forma se repiten los errores de Japón en la década de los 90 y de Estados Unidos en 2008. En los tres casos las recesiones coincidieron con tasas de interés cero y cuantiosos déficits fiscales. Este cuadro es una demostración gráfica del exceso de ahorro ocasionado por la globalización; la política monetaria es ineficiente y la fiscal, aunque eficiente, se ve limitada por el endeudamiento y el déficit en cuenta corriente, que adquieren la forma de elevadas tasas de los títulos de deuda pública y reducción del acceso a los mercados internacionales. La normalización de las economías sólo se puede lograr dentro de una abierta intervención en el mercado cambiario, que es claramente incompatible con el tipo de cambio fijo del euro y con la modalidad de cambio flexible del orden dominante.

La verdad es que los descalabros de los países periféricos obedecen más al euro que a los aspectos internos. De seguro, si España y Grecia se hubieran retirado de la Unión Europea y devaluado sus tipos de cambio con la colaboración del resto de Europa, la crisis se habría superado sin mayores traumatismos.

Las crisis recurrentes de Europa, el estancamiento de Estados Unidos y la prolongada recesión de Japón son claras evidencias de que las teorías que han servido de base para construir las instituciones son equivocadas. Mientras persista el orden actual, inevitablemente se presentarán países con serios desequilibrios en el sector productivo y la balanza de pagos.

Las políticas monetarias y las políticas fiscales anticíclicas son insuficientes para evitar y superar las recesiones en forma permanente. Aún más grave, si la intervención cambiaria se realiza mediante la acción generalizada para obtener superávits en cuenta corriente, el sistema se mantendrá en permanente inestabilidad. La normalización de las economías se realizaría a cambio de los desajustes de las otras.

La recuperación mundial no es compatible con la modalidad de cambio fijo del euro ni con el cambio flexible de las economías angloamericanas. Se requiere un nuevo orden internacional basado en una modalidad cambiaria que coordine y asegure la consistencia entre los déficits y los superávits en cuenta corriente. Para empezar, los países periféricos de Europa deben abandonar la moneda única y devaluar sus tipos de cambio, al tiempo que las economías más competitivas, como Alemania y Francia, deben facilitar el ajuste ampliando los déficits fiscales.

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