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| 3/11/2012 11:16:45 PM

La bendita pastilla Azul

LA SALVADORA PASTILLA AZUL   

     

“¿Sabes? Yo sé que esta carne no existe.  Sé que cuando  

la pongo en mi boca, la Matrix le está diciendo a mi boca  

que está jugosa y deliciosa. Después de nueve años,

¿sabes qué  es lo que pienso? Bendita sea la ignorancia”

Matrix

 

 

La mentira, el engaño, esa fea situación prohibida en los mandamientos de Dios, esa en la que negamos estar y por la que pedimos explicación, es ni más ni menos una de las prácticas más difundidas y defendidas y… soporte de la economía.

De hecho se dice que la hipocresía (mentira de aceptación) es parte de la buena educación y si echamos una ojeada, no muy profunda, veremos pruebas de esta sabiduría popular. Se alaban cosas que quedan mal, se felicita un logro con un mohín de sonrisa que chupa el aire de envidia, se inventan disculpas para toda clase de cosas, se inventan halagos que distan mucho del sujeto alabado y se engrandecen personas para ser vendidas como producto dirigente y se las compra.

Pero habrá quien se niegue a aceptar esta horrible práctica y moralmente esto es lo correcto y merece toda aceptación. Será lindo ver cómo se le dirá a las personas lo feas, escuálidas, gordas, bajas, estúpidas, avaras y cualquier otro adjetivo peyorativo que se ajuste con precisión a la realidad y obviamente se verá también, la aceptación social que tendría esta moral y diáfana actitud.

Pero siguiendo con este mundo menos correcto, se ve que las mentiras hasta aquí expuestas son para los otros, o sea, la mitad. La otra mitad son las auto-engañadoras verdades de esa es “mi verdad” y punto. Esa ignorancia platónica que lejos de ser una caja vacía, es como dijo Estanislao Zuleta, “una llena de ideas en las que se cree locamente” y donde no se economizan adjetivos.

La gente sabe que la hamburguesa sí la engordará aunque la exhiba una atlética figura; sabe que el jean necesita dos tallas más que el que tiene Natalia Paris en la foto, pero que con la complicidad de la vendedora y la amiga de turno recibirá el apoyo en su necesidad de perfección de quien se la vende en un afiche trasladada a su propia persona; sabe que el último modelo de lo que sea, no le añadirá altura o simetría facial, pero que llamará la atención por su relación publicitaria con los que si poseen esas características y que además tiene un status al cual se desea acceder. Esa regla de translación, de fetichismo mercantil, se traslada a todo lo vendible y es un piñón indispensable de la economía de la oferta y demanda que suple necesidades no tan básicas como lo hacen las cirugías estéticas; es la hemoglobina que permite alimentar empresas de diseño, modelaje, magazines, fotografías, música, producción masiva de productos, de los respectivos empaques que los protegen, de la cinta que los ata, las etiquetas y manuales que los acompañan, de los almacenes que los comercializan, las trasportadoras y toda esa cadena productora de consumismo junto con sus colaterales como abogados, contadores, economistas etcéteras.

Curiosamente, toda esta cadena de ilusiones construidas, sostiene los empleos de muchas familias que trabajan en algún eslabón, y donde siempre habrá  miembros (no todos, sino los necesarios) que se quejan de la odiosa mentira y el consumismo desmesurado, aunque adoran sus jatas, sacos de lana virgen y toda la parafernalia que la industria de los prototipos les ha vendido y que los hace más ubicables y controlables pero que defienden, tal y como  en internet, Ingrid Vanessa Canizales defiende su derecho a vivir en el engaño, con respaldo filosófico kierkegueriano y una asimilación al derecho de elección en “¿Océanos de mermelada?”.

Gracias a todos estos prototipos que se encuentran en la red o en la vida diaria se mantiene aceitada la maquinaria de la economía, donde un auto no sólo cumple la función de llevar de un punto a otro sino que llena muchas otras necesidades no tan básicas como lo hace el vestido que no sólo cubre sino “adorna y levanta” o la comida que no solo alimenta sino  hace más light, o la elección de marca que hace perteneciente a un grupo de compradores felices que escogieron correctamente por encima de otros productos más baratos y por lo tanto, se piensa, de menor calidad. Comprobado: todo cliente está dispuesto a pagar un porcentaje más de lo que el producto vale con todo y ganancia y el que los estudios o aquí se diga, no va a cambiar eso, como no va a cambiar la práctica de comprar productos baratos que duran menos y por lo tanto a la larga son más costosos por su renovación y que es la clásica burla de la inteligencia comercial con la que sobrevive el rebusque o sub empleo.

Los índices de subjetividad; la pastillita azul de Cypher; la capacidad gestáltica de ver lo que no es; los mecanismos de defensa de que habla Freud; ese dulce engaño de las canciones “miénteme” y dame chocolates, flores y serenata (empresas productoras de empleo); esos eslabones hacia arriba de Maslow; esa resiliencia; ese poder cambiar las cosas a punta de creernos el país más alegre; ese efecto Nostradamus positivo; esos exclusivos lanzamientos de productos nuevos como el de DELL (al que asistí en aras de estudiar índices de subjetividad); es ni más ni menos la base de la fría economía.

                                                                                             Natalia Laverde (Greenink7657)

 

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