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| 10/1/2012 12:29:16 PM

LA SIMBOLOGÍA DEL 8-0 A MILLONARIOS.

Millonarios despertó, en la semana que culmina, una polémica no precisamente por la goleada que recibió de manos del Real Madrid sino  por el anuncio de la intención de devolver las estrellas que ganaron, como campeones del futbol colombiano, en los años en que Gonzalo Rodríguez Gacha, “El Mexicano”, fue el mayor accionista del equipo. A la final no se conoce a ciencia cierta la viabilidad jurídica de la proposición y su resultado final, pero sirvió como referente para plantear un debate ético en el país sobre la injerencia e influencia del narcotráfico  en nuestra sociedad.

 

La variedad e intensidad de las reacciones que suscitó la propuesta puede verse como la puesta en escena de una unidad de atención hospitalaria en donde un paciente herido clama por atención, pero a la vez reniega porque el tratamiento duele y esta se completa con unos galenos que tratan de convencerlo para que reciba el procedimiento médico que le conviene. En síntesis, podemos decir que a la sociedad colombiana aún le duelen los surcos que el narcotráfico le ha dejado en la piel y que no han cicatrizado. Un ex técnico y accionista minoritario del equipo – no ajeno a suspicacias sobre sus relaciones con los anteriores dueños -  ha manifestado que la propuesta es una infamia; los jugadores de la época también tuvieron reacciones adversas, argumentando que con su esfuerzo se consiguieron los campeonatos; un sector de la hinchada albiazul también reaccionó negativamente, mientras que otros  la alabaron;  en buena parte de la opinión pública tuvo buen recibo y desde el gobierno se planteó un apoyo al gesto de las directivas del equipo de querer apartarlo de la historia del narcotráfico en Colombia. Las opiniones también desbordaron el campo del equipo y se extendieron a otros clubes de futbol  que deberían hacer lo mismo y otros caminaron más allá,  opinando que algunos congresistas deberían devolver curules y así otros ejemplos. Seguimos teniendo un tejido social en el cual unos sectores tratan de estar sanos, otros en esconder la enfermedad y parecer rozagantes y otros que atrapados esperan a que el contagio no les llegue; este tejido hace parte de un cuerpo institucional que no tiene referente axiológico que le permita actuar con determinación para orientar a la sociedad.   

 

Lo anterior señala la ausencia de un debate honrado sobre la penetración del narcotráfico y sus efectos colaterales en la vida social, política y económica del país. En el marco del proceso 8000 se pretendió hacer un juicio ético en el país poniendo como “cabeza de turco” a Samper, se quiso centrar en él toda la problemática nacional de una manera hipócrita, mezquina y fundamentalista; D´Artagnan, el desaparecido columnista de EL Tiempo, defensor del presidente, en uno de sus escritos para el periódico criticó que los principales periodistas que se rasgaban las vestiduras todos los días escribiendo y hablando en la radio en contra de Samper fomentaban la demanda interna de narcóticos, esto como un  ejemplo palpable de la doble moral con la que se pretendió “sanear” a Colombia; sí bien ese debate que debió darse para sacudir los cimientos de nuestra sociedad, y quedó casado en una pelea de tinte político, se hubiese abordado con la honestidad que se debía tal vez hubiésemos evitado lo peor que se venía.

 

La acusación contra la campaña de Samper se centro en unos millones de dólares que le entraron de parte del Cartel de Cali, años después a una campaña presidencial y a varias de congresistas no solo entraron dineros de origen ilícito sino  que se construyeron mayorías políticas a través de la intimidación a sectores de la población, de los desplazamientos forzados y por medio de masacres. Pero no solo pasó esto, cuestionados personajes entraban y salían por los sótanos de la casa de gobierno, amén de otras pilatunas de los buenos muchachos del gobierno. El proceso 8000 entonces fue una travesura frente al capítulo de la parapolítica y, salvo unos pocos valientes periodistas y columnistas y pocos medios de información, nadie desde la gran prensa confrontó éticamente a dicho gobierno, los otrora comunicadores sociales que se escandalizaron por los dineros de un cartel que entraron a una campaña no lo hicieron por el que los que los paramilitares infiltraron en otra y, lo más cruel, no se horrorizaron por el charco de sangre de compatriotas que quedó en el suelo para construir las mayorías gubernamentales que tanto elogiaron.

 

Los colombianos hemos tenido símbolos éticos de la lucha contra la delincuencia propia del narcotráfico pero no hemos sabido o podido apropiarnos de esa simbología; quizá algunas condiciones sociales no son propicias: cuando la informalidad de la economía disfraza las “buenas” estadísticas del empleo, cuando según la Asobancaria en el país anualmente se lavan alrededor de 20 billones de pesos que sirven  para financiar campañas políticas y promover empresas, todo ello sumado a un compromiso poco creíble por parte de las autoridades para luchar contra esas formas de delito y, sobre todo, sin contar en gran mayoría con medios de información y de comunicación independientes y comprometidos con la salud de nuestra sociedad hacen difícil que la mayoría de los ciudadanos entienda que no debe existir  tolerancia hacia el crimen organizado y propicie un cambio institucional que así lo garantice.

 

Hablando de simbología, el 8  a 0 puede ser uno de sus elementos. Sí topológicamente transformamos esos números, el primero puede ser el infinito y el segundo el eterno retorno; así estamos: el pasado se nos ha convertido en un eterno presente, no hemos podido salir de ese drama; a un alias “El Mexicano” le sucede un alias “El Loco” y a este otros quizás más pintorescos pero más presentes en las actividades de nuestra sociedad, solo resta esperar que este eterno pasado no sea infinito sí algún día somos capaces de encarar el debate ético con la fuerza, honradez y decisión que requiere para producir cambios.

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