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| 7/12/2012 4:38:04 PM

Luis Guillermo Angel Restrepo “LOS DOS REINOS”


Existen dos reinos, separados, en el Aeropuerto. Uno es el Reino de los Pasajeros, en el que el cliente gobierna y todo el mundo se inclina ante sus deseos. El cliente reina sobre los terrenos exteriores, las explanadas del aeropuerto, las tiendas, los servicios, las aduanas, los mostradores de venta de billetes, las oficinas de las líneas aéreas... y sobre los nueve décimos traseros de los aviones, allí donde las azafatas lo atiborran de bebidas y confianza.

El décimo restante de ese avión, es el Reino del Piloto. Y los pilotos constituyen una raza estereotipada y fascinante. Está formada casi exclusivamente por hombres que prefieren volar antes que cualquier otra cosa, que trabajan en las cabinas de los reactores, no por el deseo de ayudar a los pasajeros a llegar pronto a sus destinos, sino porque les gusta volar, y saben desempeñar su labor, y no serían de mucha utilidad en otro tipo de trabajo. Las excepciones a la regla, los que podrían dar resultado en otras actividades, no son los mejores pilotos: Pueden hacer lo que les dictan los números, por supuesto, pero cuando se necesita verdadera pericia para volar (como sucede en ocasiones cada vez más contadas en nuestros días)... son unos extraños en el cielo.

Los mejores pilotos son los que comenzaron a volar cuando eran muchachos, los que consiguieron galones dorados fracasando en actividades terrestres. Sin temperamento para soportar la disciplina o el aburrimiento de la Universidad, fracasaron o la abandonaron y se dedicaron a volar el día entero, o lo consiguieron con sacrificio: barriendo hangares, bombeando combustible como aviones aprendices, fumigando plantaciones, pilotando aviones de alquiler, enseñando, vagando de un aeropuerto a otro y decidiendo por último probar suerte en alguna de las líneas aéreas, ya que no tenían nada que perder, intentándolo y siendo finalmente contratados.

Todos los pilotos del mundo viven en el mismo cielo, pero los de las líneas aéreas tienen más galas y hacen una vida más rígida que los demás, incluso que los pilotos militares. Tienen que lustrarse los zapatos, usar corbata, ser amables con los pasajeros, seguir el reglamento de la Compañía y de la FAR, y no perder nunca los estribos. A cambio de esto, reciben más dinero por menos trabajo que cualquier funcionario y, lo que es más importante, el privilegio de volar en excelentes aviones, sin tener que darle excusas a nadie.

Actualmente, las líneas aéreas más importantes exigen a sus postulantes preparación universitaria, y de ese modo pierden a los hombres que se han formado en la práctica. Estos se incorporan a líneas aéreas sin horario fijo (que necesitan mejores pilotos para resolver una gama de problemas mucho más amplia) y a organizaciones relacionadas con la agricultura o el comercio. No se ve claro por qué exigen una educación universitaria, ya que el piloto que ha estudiado Zoología, por ejemplo, sólo puede recurrir a su curso de Ictiología, mientras que el que ha aprendido por la experiencia -hay miles en sus filas, pero lamentablemente el número disminuye- lleva un avión a su destino gracias a un conocimiento nacido de su propio interés y amor, y no de las exigencias de una empresa.

El camino que une estos dos sectores del Aeropuerto, estos dos Reinos, tiene un sólo sentido: Nadie llega al Reino de los Pilotos si no es piloto. Pero el camino está casi cerrado. Los mejores pilotos no se sienten cómodos en tierra a menos que estén hablando acerca de vuelos y aviones, que es lo que hacen habitualmente.

Observa los pilotos que salen después de haber terminado su trabajo: todos llevan uniformes tradicionales y gorras de visera redondeada, sin que importe el país de la línea aérea a que pertenecen. Se les ve cohibidos e incómodos en su mayoría, miran directamente hacia adelante y sienten prisa por salir del Reino de los Pasajeros hacia un lugar más cómodo.

Cada uno tiene conciencia de ser un forastero en las explanadas y en los decorados vestíbulos. Para ellos no hay nada tan indescifrable como el hombre que eligió ser pasajero en vez de piloto, aquel que preferiría cualquier clase de vida antes que la de piloto, que puede mantenerse lejos de los aviones, sin ni siquiera pensar en ellos, y sin embargo ser feliz. Los pasajeros son una raza diferente y los pilotos mantienen toda la distancia que permite la cortesía. Pregúntale alguna vez a un piloto cuantos amigos tiene que no sean pilotos y lo pondrás en dificultades.

El piloto tiene la feliz ventaja de que nada de lo que ocurre en el aeropuerto le afecta directamente, excepto lo relacionado con su vuelo -por lo que se refiere al piloto, el reino de los pasajeros no existe realmente, aunque de vez en cuando mire a la gente con una especie de afecto paternal-. Su mundo es muy puro, sin cínicos ni aficionados, y es muy simple. Su realidad se centra en su avión y se amplía para incluir la velocidad y la dirección del viento, la temperatura, la visibilidad, el estado de la pista, los accesorios para la navegación, la fluidez del tráfico aéreo, el destino y las condiciones atmosféricas. Y aproximadamente eso es todo. Hay también otros elementos: antigüedad, el examen médico cada seis meses, verificaciones en el avión, pero todo eso es secundario en su reino, no es lo esencial de él. Si la circulación está detenida por un embotellamiento de diez mil automóviles, si los obreros de la construcción están en huelga, si el crimen organizado se expande y anualmente le roba millones al aeropuerto, él permanece inconmovible. La única realidad para el piloto es su avión y las fuerzas que lo afectan durante el vuelo. Por eso el avión es el medio de transporte más seguro en la historia del hombre.

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