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| 7/31/2012 1:44:16 AM

No tengo nada contra los gordos

 

 

Hay dos síndromes obsesivos por la imagen corporal, que denotan la preocupación de la sociedad por el cuerpo: la vigorexia y el Trastorno Dismórfico Corporal (TDC). En ambos casos hay una obsesión extrema por la imagen del cuerpo.

 

Si uno no está en la piel de estas patologías, no experimenta el sentimiento opresivo del individuo que las padece. Sólo las imagina. Sin embargo, puede conocer de alguna manera el origen de estos desordenes si el cuerpo es objeto de análisis en el mundo del mercado, porque así como el cuerpo tiene su psicología, también tiene su sociología.

 

Y hay presiones internas (psicología) y externas (sociales), unas generando mayor tensión que la otras y viceversa. En mi caso fue más la presión externa que la interior. Antes y después del tránsito de la cirugía cardiaca, mi cuerpo comenzó a resentirse por la pérdida de masa corporal exagerada, lo que de alguna forma implicaba no sólo nuevas tallas en los trajes de uso, sino también el esfuerzo de mi mente por acoplarse a la nueva figura, desgarbada y creo que de apariencia indeseable para mí y para los otros.

 

Una operación de corazón abierto, me dijo el cardiólogo pocos días después de la operación, es como si te arrastrara y aplastara un camión de mil llantas. Y así me sentía, un pájaro herido por las circunstancia del deseo de vivir.

 

Y comencé a sentir la tiranía del modelo social en las voces que, sin quererlo, me castigaban mi aparente flojera corporal por alejarme del modelo impuesto por la moda: “Huy, estas muy flaco.”  Alguien, incluso, se atrevió a pensar que moriría muy pronto. “Creí, me dijo, delante del resto de los compañeros de trabajo, que el gallinazo que tenías colgado del hombre, era una imagen premonitoria de la muerte.”

 

A raíz de esa confesión de humor negro, el resto entró a confesar sus malquerencias por mi estado cadavérico. “Pedro, recuerdo que me dijo Sugey, pareces una débil vela, dispuesta a volar por la fuerza del viento.”

 

El cuerpo tiene entonces en las sociedades de consumo, el mismo peso que una mercancía en el largo espectro comercial del capitalismo. Es la imposición de la apariencia de la belleza comercial: delgadez, imagen y juventud. O “sin tetas no hay paraíso”, como en el libro y en la telenovela. Lo que escapa a estos estándares se muere en la exclusión, en la burla y en la soledad de un cuarto para buitres.

 

El peso de estas costumbres históricas determina cómo nos sentimos, pero trágicamente olvidamos que no son naturales ni eternas. Sólo sentimos la presión del grupo social: “Estas gordo”, “Estas muy flaco”, o simplemente “Estas muy feo.”

 

Yo, al comienzo, supongo que por terquedad y resistencia contracultural a la moda, seguía usando la misma ropa que me cubría parte de mi piel cuando pesaba 85 kilos aproximadamente. Me dejaba las camisas por fuera y me amarraba a la cintura los pantalones de talla 34, para que no se deslizaran más allá de los límites permitidos. Fue, inclusive, una experiencia incolora, pero humorística. Observarme agarrado de la cintura por el fajón, me recordaba la figura hambrienta y desaliñada de los barrios más pobres de la ciudad. Me decía: así deben vestir los marginados del mundo. Y me reía a mandíbula santa.

 

Pero sentía la presión social y la presión de la talla, el estándar moderno, la regulación corporal. Mi cuerpo a pesar de su singularidad, la unidad individual que nos permite ser diferentes, gritaba su inconformidad. La desnudez, pensaba, es mejor que la ropa de marca. El traje tenía que anclar perfectamente según el imperio de la talla 32, no podía ser otra talla, porque implica cierta vergüenza.

 

En alguna ocasión conocí una mujer menor de veinticinco años en pleno Paseo Bolívar, joven y bella, con un cuerpo escultural que me movió todo la carne que sostenía mi admirado esqueleto. Era dependiente de una tienda de zapatos masculinos, eso creía yo. Después de la venta, me preguntó si le gustaba (era una pregunta sutil y supongo que no comercial: ¿No te parece que estoy buena?) y le respondí que era un pecado insinuar el mal gusto masculino. Creo que no me comprendió y se lanzó: Poseerme tiene un costo, dijo. Esta anécdota, a la que no quiero agregarle más ingredientes de los permitidos por el mismo texto, puede hacernos pensar algo sobre los usos comerciales del cuerpo.

 

Con el cuerpo se provoca la admiración de los que te rodean, pero con él puedes lograr un puesto laboral, conseguir un amante o un marido. Es asunto de belleza física, de apariencia comercial, como si el cuerpo fuera un objeto, una cosa, un par de zapatos o un traje fino. Bauman, el de Amor líquido, pensará que el cuerpo es como un líquido que adopta la postura del tiempo, según las circunstancias.

 

Y llegó el día que tuve que remover el guardarropa, ajustar las tallas de camisas y pantalones para no sentirme un paria de la moda. Era el cuerpo ajustándose al estándar y no la talla a mi cuerpo. La psicología de las masas y el comercio, imponiendo su ley. Recuerdo ahora, la risa colectiva de mis compañeras de trabajo cuando descubrieron el contraste entre la talla del pantalón y la flacura de mi cuerpo, porque estaba plano como una tabla de surfing. Igual, creo estaba también mi alma.

 

Y ahora que lo pienso, el trabajo intenso al que ha sido sometido el cuerpo, puede llevarnos a intuir los dilemas del amor y el odio corporal. Uno va al gimnasio porque su cuerpo no se ajusta al estándar de moda: musculoso, duro y fuerte. Mike Featherstone lo ha planteado así: “El cuerpo se ha convertido en el centro de un trabajo cada vez mayor (ejercicio, dieta, cirugías) y hay una tendencia a ver el cuerpo como parte del yo que está abierta a revisión, cambio y transformación”. Esta experiencia, no excluye, por supuesto, el dilema de la pasión y el odio.

 

En estos momentos mi cuerpo ha comenzado a recuperar su masa corporal anterior, sin embargo, por las prescripciones y las exigencias de mi salud, debo mantenerme en el actual peso: 80 kilos. Ni uno más ni uno menos. Hoy estoy muy lejos de las imposiciones de los estándares de moda, aunque ahora, la gente me juzga y señala mi supuesta gordura. Prefiero vivir mi propia realidad y no de los ingredientes salobres de las apariencias. Así estoy mejor, sin ninguna duda.

 

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