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| 6/3/2012 2:52:04 PM

“Repensar” la universidad

Muchas veces creí que arriesgarme a escribir sobre la universidad era algo que no me competía, porque al interior del debate sólo las posiciones de algunos grupos que se reivindicaban a través de las organizaciones reconocidas tenían legitimidad.
Al mismo tiempo, observé que la discusión se diluía entre el ánimo egocéntrico de quienes siempre tienen la razón. Al fin y al cabo somos jóvenes construyendo el porvenir, inmaduros por esencia, creyendo en nuestra inexperiencia tener la virtud de cambiar al mundo.
Los debates intensos por el cogobierno se desarrollan desde 1960 y la aparición de organizaciones data de la misma época. Sin duda alguna las representaciones estudiantiles, como escenarios propios del movimiento, son resultado de una lucha intensa: Si la universidad se consolidaba desde una estructura jerárquica, los estudiantes como razón de ser de la academia debían permear las instancias de decisión de ese entonces.
La universidad pública es por esencia el escenario crítico y analítico de la realidad social. El carácter estatal de la misma nos hace sentirla nuestra, vivirla más allá del salón de clase para pensarnos su proyección.
El movimiento estudiantil, al que considero cambiante y desordenado por naturaleza, ha nutrido las huelgas de los sectores populares y al igual que ellos ha intentado consolidar una estructura gremial y vinculante.
Sin embargo, creo que como todo fenómeno analizado a destiempo, las circunstancias históricas se repiten. Así, como hace décadas los tropeles resultaban ser la voz de protesta del estudiantado, hoy por hoy, se sigue considerando un método legítimo.
Ese radicalismo verbal inentendible a los oídos del “pueblo”, subsumado entre las ínfulas de quien cree que las posturas de hace siglos transforma el presente, merece un debate serio y profundo, que no pienso tocar por ahora.
Sin embargo, el movimiento estudiantil de los años 70 imaginaba una universidad con co-gestión, un espacio de cultura y de debate que transformara el entorno social de su época.
Actualmente el debate es el mismo, la incidencia real del estudiante ante el Consejo Superior Universitario, la necesidad de una organización gremial y pluralista y el desarrollo de un ambiente crítico que modifique el contexto.
Es claro para los estudiantes universitarios que el papel del Representante resulta minoritario entre una corporación que por costumbre algunos denominan contraria al desarrollo académico del país. Ahora bien, la única forma de transformar tal problemática es tras un cambio normativo, que modifique la ley 30 de 1992 y reconstruya desde allí la estructura universitaria.
El ánimo del legislador es el que en última medida cambia las cosas. Esto no sucede con ocho capuchas quemando una urna, así como tampoco cambia con el debate ensimismado encerrado en un auditorio o  el que creen legítimo desde la plaza pública.
Es hora de tomar las riendas de manera seria, de repensar la universidad en torno a la unidad del estudiantado a nivel nacional, pero sin el temor del estigma por pensar diferente, porque éste espacio que debiera nutrirse por todos, resulta más sectario que el que el exterior nos ofrece.
Si la academia no transforma la sociedad, es una institución de mediocres. Hace 40 años se planteaban la necesidad de consolidar la investigación como pilar fundamental de la universidad latinoamericana. Hoy todavía la comunidad académica en la UPTC está pensando si con la investigación y la extensión que aporta el enlace con entidades privadas, el desarrollo económico de las microempresas y social de las comunidades, se altera el principio de autonomía y se contribuye a la justificación de la autofinanciación planteada en las reformas del gobierno.
Como estudiante de Derecho creo en el criticismo a las instituciones, pero también en el respeto por la Constitución Política y los aciertos del movimiento estudiantil que con la séptima papeleta hace 22 años logró la consolidación de una constituyente.
Para mi desfortuna tendré que salir de la universidad viendo el mismo panorama que vivieron mis padres, hace dos décadas.
El siglo XXI le exige a la universidad no perder su esencia, pero tampoco estancarse. La juventud debe luchar, pero la lucha no se encasilla solamente en botar una piedra. La lucha también se realiza en la transformación real de los escenarios externos, con la participación política, cívica y cultural a nivel de comunidades. Con los proyectos investigativos llenos de innovación y productores de soluciones. Con los insumos de procesos que cambien la estructura gubernamental que tanto se critica.
Creo que el problema del estudiantado es un problema de confianza. De encerrarse entre los libros, los laboratorios, los códigos, las consignas. De sentir euforia en una marcha, pero al terminarla no saber que hacer. Del devenir del tropel, con la angustia de las carceletas y la tranquilidad de verlos regresar a clases. De la indignación por todas las muertes, pero el temor al debate real y político que merece el movimiento.
Sé que algunos se ofuscarán por lo que escribo, dirán que quien soy para decirlo, que qué he hecho para cambiarlo. Devolvería con gusto las mismas preguntas y sin duda sé que terminaré en los mismos debates que se dan por horas, mientras el tiempo sigue corriendo y para desgracia de todos el mundo continúa cambiando.
Lina Parra
Representante Estudiantil. Derecho UPTC
Twitter: @linayparra
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