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| 8/13/2012 12:18:15 AM

Ser ateo no es tan fácil en un mundo racista

Tengo una amiga muy querida, que se atrevió a reprochar mi escepticismo, mi ateísmo y casi mi manera de ser. Oculto su nombre sonoro, hermoso y santo para obviar sin reparos el espejo luminoso de sus apellidos. Ser es tan difícil  y tan complejo que todavía hay, hoy, una cortina de misterio para explicar  totalmente al ser humano. Esta dificultad puede estar en los orígenes (filogénesis), en la asunción de la cultura (entornos), en los procesos de socialización (educación), en los estilos de gobiernos (política), en las herencias culturales (sociología de las religiones), en la historia (colonialismo) , o en cualquier otra cosa que se le antoje prejuiciosamente al otro.

 

Los hombres en la mayoría de los casos somos sospechosamente predecibles y en otros casos minoritarios, difíciles de predecir. Cuando apareció la institución medieval de la inquisición, el mundo comenzó a cambiar la tolerancia de la vida por la intolerancia religiosa y fue simplemente por la pretensión de la iglesia católica de monopolizar la vida religiosa de las gentes, de imponerles sus creencias, como si los seres humanos fueran unos niños eternos e indefensos. Esta etapa infantil de la humanidad, sigue trabando las relaciones humanas adultas y maduras aún en los días de la globalización. Claro que en menor escala, que en la época del feudalismo.

 

De cualquier manera, todos los individuos tenemos en algún punto de la existencia, la libertad de romper las cadenas de la esclavitud. De otra forma, cada uno de nosotros se forma política e ideológicamente para formar parte de la cultura de masas o para sublevarse contra la tiranía de la cultura oficial. Con los adaptados no hay problemas a pesar de la precariedad de su felicidad y la aceptación pasiva de la realidad. El mundo, piensan ellos, es como es, porque Dios así lo ha predeterminado. Con los subversivos y a pesar también de su precaria felicidad, la realidad tiene otros colores y connotaciones. Su ruptura con el mundo oficial, con la religión oficial, los vuelve visibles frente la mirada del hombre común. Ellos, los ateos, colectiva o individualmente son un mal ejemplo, porque generan dudas sobre los modelos tradicionales de la cultural impositiva.

 

Y hay en esta mirada común, miedo a las rupturas y a la diversidad, lo que puede generar conductas de desprecio, de señalamiento o estigmatización, que en últimas, se pueden recoger en el mundo blanco y negro del fanatismo. Eso podía ocurrir en el medioevo, pero hoy causa vergüenza que alguien te discrimine por la raza, por la religión, por el sexo o por tus creencias políticas.

 

Todavía, en mi caso, no he podido comprender por qué la verdad del otro, o su fe religiosa, tiene que ser superior a mi verdad, que no es despreciable ni menor a la otra. ¿Cuántos caminos diversos tiene la vida humana? Bueno, la vida y la muerte, pero son dos. Pero existir es otra cosa, puedes subir o bajar la montaña, puedes seguir la línea recta del horizonte, puedes guiarte por una estrella, puedes ser amigo de una rosa (esto no sólo ocurre en el Principito de Exupery), puedes cambiar de rumbo, puedes viajar en un parapente, puedes olvidar las razones del olvido, puedes llorar de alegría, puedes amar a un perro, puedes asistir a cualquier iglesia, la que te venga en gana, puedes… Sigo sin comprender el absoluto individual, la resta existencial del otro. Soy ateo y esta posición existencial no me hace superior ni inferior a nadie. Simplemente me hace diferente y diverso frente a los mismos ateos y frente a los que profesan otras religiones como la católica, la cristiana o musulmán, la deísta, etc.

 

El que no nos acepta, que puede no despreciarnos, no tiene idea del conflicto religioso-filosófico que nos embargó durante años, el peso dantesco que tuvo la religión en nuestras vidas y todo lo que nos costó liberarnos de las creencias que nos impuso la familia y la escuela en la infancia y en la misma adolescencia. La ruptura fue el esfuerzo de construir una nueva mirada para percibir y explicar el mundo y al final, fue la liberación de todo el peso de la historia religiosa de occidente.

 

Yo lo que creo, es que el problema no es con dios, que es insalvable, sino con los fanáticos de las religiones, que infantilmente distorsionan la realidad y las relaciones entre los hombres, al pretender que el mundo esté construido en la simplicidad del blanco y el negro. No se pueden imponer creencias que constriñan o violen los derechos humanos que tienen las gentes a creer o dejar de creer en algún dios.

 

La experiencia personal ha terminado dándome la razón con relación a este último párrafo, porque con la gran mayoría de cristianos y católicos con los que interactúo, muy moderados por cierto, les importa muy poco mis creencias personales y a mí por supuesto, igual me tiene sin cuidado las creencias religiosas de mis compañeros y compañeras de la vida a la hora de considerarlos. Al final, el amor y el respeto han terminado imponiéndose en nuestras relaciones, sin interferir para nada en la interacción. Claro que yo sé, que si estuviéramos viviendo en 1478, alguno que otro cristiano, ya me hubiera enviado a la horca o a la hoguera como ocurría en la edad media en los tiempos de la inquisición. Pero, les recuerdo que aquí hay xenofóbicos, paramilitares y racistas, que desprecian al otro por homosexual, negro, o comunista. Yo soy ateo, y lo seguiré siendo hasta el final de mi historia personal, como Sol María seguirá siendo cristiana hasta que se muera. Nuestros destinos están marcados por nuestras creencias, pase lo que pase, y sin embargo, lo increíble es lo que nos ocurre cuando nos encontramos: nos amamos y nos consideramos como dos seres humanos racionales, cuerdos y cargados de las lógicas afectivas que han hecho posible la bondad, la solidaridad, la cooperación y hasta la misma compasión. Y estoy hablando, por supuesto, del amor humano. No hay diferencias abismales, porque los dos nos complementamos…

 

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