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| 10/31/2012 12:27:30 AM

Tibio: la muerte de un amigo

 

Cuando un amigo se va para siempre, algo dentro de nosotros se rompe como la base de un cristal invaluable; no sabemos qué hacer con tanto dolor y con el desgarramiento interior; entonces, algo dentro de nosotros se rebela contra la muerte y decidimos recordarlo como eran antes de la desintegración física.

 

Me gusta recordarlo con la pipa en la boca, mientras me acompañaba en mis conversaciones con los libros; me miraba a los ojos y me preguntaba con su silencio de siempre por la obra de Adán Kahane, o por el autor del libro Morirse de vergüenza: Boris Cyrulnik, o por la poesía de María Mercedes Carranza. Nunca percibí en él ningún disgusto por la vida, por el contrario, vivía feliz entre mis amigos, que eran también sus amigos.

 

Era un ser altivo y muy discreto, que no congeniaba con los perros vecinos, mal educados y amantes del alboroto como sus dueños. Lo que no le gustaba lo manifestaba sin pararse en sus dos extremidades superiores. Así era él, un ser digno para parecer un perro.

 

Como vivía entre libros, revistas y periódicos, prefería la biblioteca de mi casa, porque le fascinaba el olor del papel escrito y siempre lo vi debajo de la mesa del computador, pensando en su amor de toda la vida: Melissa. Yo  era apenas un sustituto de sus pérdidas ocasionales. En cierta ocasión, que Mely durmió fuera de casa, se le ocurrió no despejarse de la ventana hasta que mi hija regresó del viaje. Lo más extraño era que su añoranza se la comunicaba a todos en casa.

 

No creía en dios, pero tenía su religión: Mely. Yo quizás lo ayudaba a sobrellevar la tarde o la paciente y tranquila vida perruna. Su espiritualidad la manifestaba con su profundo amor por los humanos, sus hábitos alimenticios, el control de sus esfínteres, su afán de jugar con las pelotas de fútbol o las bombas inflamables y sus conversaciones con los autores de mis libros, nuevos y viejos. Sin embargo, no era ateo, porque creía en el hombre como un mono carablanca de circo.

 

Fueron más de 12 años de convivencia perruna y humana, doce años de conocimientos mutuos. Yo sabía cuándo él no quería comer y él cuándo yo quería devastar el mundo. Nos sentábamos a conversar sobre el malestar de la existencia y cuando le leía la página de algún editorial de domingo, se reía o se burlaba de mis días quejosos, de mis incertidumbres y mis manías lectoras. ¿Para qué?, me preguntaba y luego decía entre dientes: “el mundo seguirá siendo el mismo, tonto.” Y yo le creía y nos reíamos hasta caer de bruces ante las imágenes impresas del mundo.

 

Debo confesar que él nunca necesitó decir una palabra para comprendernos, sus gestos bastaban para romper el patrón del silencio, para argüir y para comunicarnos. Cuando se sentaba a mi lado, en el mecedor, lo hacía porque yo lo invitaba, o cuando él quería salir a pasear, sólo bastaba el movimiento de su cola y dos vueltas alrededor del mundo para comprender su necesidad de contaminarse del barrio.

 

Su muerte me ha obligado a morirme de vergüenza, a disentir de aquellos que creen todavía que era solo un perro. “Los seres humanos no pueden llorar la muerte de un perro”, le escuché decir a alguien. Pero Tibio no era un perro, era mi hijo, mi amigo, mi compañero de lecturas diarias. Morirse, de cualquier manera, es morirse. Sea uno perro o ser humano. Se necesita mucha humildad para no establecer ninguna diferencia entre ser perro y ser humano. Como Marianne Ponsford con sus amigos, a mí no me duele para nada esta muerte. “Y si he llorado, no ha sido más que por puro egoísmo.”

 

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