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| 4/12/2011 12:47:58 PM

UN MUNDO FELIZ

"Un estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar a una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre."       Aldous Huxley

 

 

 

Todos hemos leído alguna vez esos estudios en los que los colombianos figuramos, siempre, entre los pueblos más felices del planeta (lo que sea que esto quiera decir). Y también, hemos oído  a conocidos nuestros afirmando que habitamos “el mejor vividero del mundo”. Descartado el sarcasmo, y después de ver la emisión diaria de noticias o de hojear un periódico nacional, queda  únicamente la pregunta: ¿por qué alguien, que no sea un criminal, creería algo así?

 

Paralelamente hemos oído hasta la saciedad el manifiesto según el cual somos la democracia más sólida de Latinoamérica.  Hemos sido, de acuerdo al lugar común de discursos presidenciales, ejemplo regional de respeto a las instituciones y bla, bla, bla…

 

Es extraño que a pesar de ese panorama de pueblo autoproclamadamente feliz y respetuoso del mejor sistema político (o menos malo, como decía un resignado Churchill), vivamos en el infierno de pesadilla que nos revelan diariamente las noticias.  Pero: ¿no será que el asunto es justamente ese: que no es a pesar de sino precisamente por?

 

En su inolvidable (y profética) novela “Un Mundo Feliz”, Aldous Huxley nos presenta a una sociedad anestesiada; conformada por autómatas que no tienen ocasión de ser infelices; han sido programados genéticamente para hallarse cómodos con su ubicación en la escala social y con el trabajo que les ha sido asignado;  cualquier brote de inconformismo o error en la programación es invariablemente sofocado por un poderoso aparato farmacopeico legal en el que brilla, especialmente, la administración recurrente de la versátil droga soma.  Cuestionar dogmas, disentir de las normas establecidas, o preguntarse acerca del sentido de la vida, no es posible en esta sociedad.  Al mismo tiempo, tal organización, es virtualmente perfecta desde el punto de vista de orden público: no se registra delincuencia ni crimen.  De otro lado, están los salvajes que habitan “La Reserva”, un sitio aislado y no civilizado, donde las costumbres son, en muchos sentidos, contrarias.

 

A veces parece que en Colombia convivieran las dos sociedades de la novela, conservando lo malo de cada una y prescindiendo de lo bueno.  Así puede explicarse el contrasentido de vivir en el supuesto mejor vividero del mundo, que a la vez es un pantano de violencia, miseria y desolación, saqueado por indolentes criminales cuya indiferencia a sus propios desmanes raya en la perversión patológica.

 

 Hay que ver los casos de AIS o el escándalo de la 26 en Bogotá o el robo continuado a la salud –¡a la salud!-, y que, sin embargo, se quedan pálidos ante otros ya descubiertos o aún  ocultos.  Pero también hay que ver la pasividad de todos ante estos crímenes (entes de control, ciudadanía y, en menor medida, prensa).

 

No es descabellado preguntarse por qué, si compartimos una historia y unas características socio-políticas parecidas al resto de Latinoamérica, tuvimos sólo una dictadura en el siglo XX frente a innumerables de nuestros vecinos. Quizás sea porque no ha habido necesidad: estamos bien como estamos.  No pensamos, o no queremos pensar:  lo hacen por nosotros cuatro o cinco vanidosos bufones  al servicio de sus egos, que cada mañana pontifican lo políticamente correcto en un programa radial; no disentimos, o lo reprimimos por cualquier medio, voluntario o no, recordemos lo que pasó con Uribe cuando se volvió anatema criticar, así fuera constructivamente, al gobierno; tampoco vivimos: nos viven nuestras vidas de vergonzosas ovejas de un manso rebaño, algunas de las cuales, al llegar al borde del abismo, se transforman en feroces fieras que en su impotencia (o ignorancia), no atacan al inescrupuloso pastor y la emprenden en contra de sus iguales.

 

¿Qué pasa con nosotros? La protesta a los habituales regímenes corruptos en el resto de Latinoamérica se ha hecho sentir.  Y lo ha hecho hasta el punto en que se necesitaron sanguinarias dictaduras para acallarla.  Aquí no.  Aquí campea la todopoderosa conspiración conformada por una plutocracia perversa e insensible y una clase política criminal, capaz de venderle al alma al Diablo con tal de garantizar sus oscuros intereses.  Asombra que, después de nuestra lamentable historia, no ejerzamos una democracia decente y, en contraste, elección tras elección, premiemos a los mismos delincuentes de cuello blanco de siempre con nuestro voto cobarde e irresponsable.

 

Somos un pueblo dormido, de espaldas a la realidad.  Recibimos dócilmente, como en la novela citada antes, cientos de formas de soma y castigamos, a manera de advertencia de otros destinos más siniestros (como le sucedió al Bernard Marx de la novela), con el ostracismo social o político a los que se atreven a disentir. Condenamos, con nuestra apatía política, a “La Reserva” a un grueso número de colombianos, aislados en muchos sentidos pero peligrosamente cerca en otros.

 

Daría la impresión de que Dostoyevski acabase de visitar Colombia cuando dijo: “Amamos las cadenas, los amos, las seguridades,  porque nos evitan la angustia de la razón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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