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| 3/17/2012 5:40:18 PM

Un paìs àpostemado'

UN PAÌS ‘APOSTEMADO’

 

En este país, como en ningún otro del planeta, se han dado todas las características y presupuestos necesarios para que se genere una revuelta de proporciones incalculables, que en otras latitudes han desembocado en tragedia con aporte de víctimas inocentes y la deposición del gobierno, sea de facto o democrático. No siendo esto lo ideal, ya que trae consigo caos y sobresaltos inesperados que afectan de manera directa la paz y la convivencia pacífica de toda la comunidad.

Colombia lleva seis décadas de una marcada violencia con una impresionante variopinta de causales que tratan de justificar erróneamente su proceder: una violencia partidista y sectaria patrocinada por los dos Partidos políticos tradicionales; con la expansión del Comunismo hacia Occidente se conformaron las guerrillas izquierdistas, aún, algunas persisten; con el mercado lucrativo de narcóticos surgieron los carteles de la droga o ‘narcotraficantes’, y, de manera forzada, se dio la alianza de todo el gran negocio entre guerrilla y narcos.

Posteriormente, surgió el contubernio más macabro, jamás antes visto, entre una clase política corrupta y unos nuevos o emergentes y despiadados criminales, a los que se conoció, en un principio, como ‘autodefensas’, después, ‘paramilitares’, quienes se granjearon la simpatía de las Fuerzas militares y de Policía, con el despiste de convertirse en un grupo de apoyo para combatir y erradicar a los subversivos de la guerrilla, con este espaldarazo se establecieron sin el más mínimo problema a lo largo y ancho de la geografía nacional.

No satisfechos con sus atropellos y homicidios selectivos como medio eficaz para el desplazamiento forzado, apoderamiento y presión para la compra venta de tierras, en sus maquinaciones perversas resolvieron ampliar su cobertura a través de la idea de ‘refundar una nueva Patria’, y empezaron con la permeabilización de la rama legislativa, eligiendo a unos y apoyando coercitivamente a otros para la conformación de Senado y Cámara, y respaldando la candidatura presidencial de 2002, y, por ende, tocando así la rama ejecutiva.

Con todos estos ires y venires, se destapó toda la ‘caja de pandora’, empezando por las investigaciones sobre la para política; sobre los hechos ilícitos que rodearon la reforma constitucional para la reelección presidencial; el escándalo por las ‘chuzadas’ a las Altas Cortes, políticos, miembros de la oposición y periodistas; la rapiña de los Congresistas por los bienes manejados por Dirección Nacional de Estupefacientes; el manejo doloso del programa  Agro Ingreso Seguro; los falsos positivos y otros casos más, de poca monta.

Todos estos hechos de corrupción, debidamente demostrados, sacudieron de manera violenta la institucionalidad creando en la comunidad un estado de inseguridad y desconfianza extremo, lo que generó una acentuada polarización con secuelas difíciles de sanar y que siguen haciendo mella en los mentideros políticos, sociales y, aún, en los judiciales.

El primer efecto de esta polarización se empezó a sentir en la pérdida de respeto recíproco entre las instituciones y las personas, recurriendo a verdades y calumnias por doquier, en defensas y ataques, justificados o no, al poder ejecutivo de sus gestiones gubernamentales y administrativas, en presiones y críticas a las decisiones, judiciales y disciplinarias, de los organismos de control, en pocas palabras, se comenzó con un destape total de actuaciones públicas y privadas de los más altos funcionarios de las tres ramas del Poder público.

Aquello de que el ejemplo empieza por casa, hoy más que nunca, tiene plena aplicación como causal al resquebrajamiento de las instituciones, como también, a la ausencia casi total de los valores éticos y morales, dándose paso al apoltronamiento de la impunidad lo cual mantiene florido el árbol de la corrupción.

La alianza de la clase política, en todos sus niveles, con los paramilitares era muy notoria y  bien conocida por muchos personajes de la vida nacional, quienes guardaron silencio, permitiendo así su consolidación en los comicios electorales realizados en el año 2002; este Congreso con visos espurios permitió la reforma constitucional para la reelección presidencial, aupada por el gobierno, y cuyo trámite que estuvo rodeado de procedimientos oscuros e ilegales, como delitos de cohecho, interceptaciones sin autorización judicial y tráfico de influencias.

Es muy posible, y respetable además, que algunos le reconozcan a Uribe avances significativos en la conjuración del orden público, reconocimiento que en primer orden merecen las Fuerzas Militares y de Policía, quienes dieron el combate y prestaron vigilancia- ¿O algún colombiano vio al presidente en estas faenas?

Pero, también es cierto, y muy cierto, que Álvaro Uribe Vélez permitió, con conocimiento de causa, que sus cercanos incondicionales cometieran toda clase de desafueros, ora contra sus contradictores u oposición, ora con los recursos del erario público. No siendo poco el tráfico de influencias en favor de su familia y de sus amigos.

El legado de Uribe Vélez, es como aquel de la negra noche cuando tendió su manto.

Ya es hora de que Colombia despierte de su letargo, no crea en Mesías ni en Seres superiores, proscriba el culto a la persona y al temor reverencial.

 

Manizales, Marzo 17 de 2012.

 

Marco Aurelio Uribe García

 

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