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| 8/27/2012 12:02:48 PM

URIBE EL INOCENTE.

Definir la inocencia desde el punto de vista de la psiquis, de la axiología,  de la teología e inclusive desde la teogonía no es una tarea fácil y quizás no tenga destino conceptual que alcance un nivel de provisionalidad seguro. Haciendo una aproximación, la inocencia puede ser un estado que garantice la felicidad o la recuperación del Paraíso que el Ser Humano perdió al desafiar a la deidad, puede su recuperación ser la tabla de salvación de Prometeo, quien fue encadenado a muerte por entregar el fuego a los Hombres. Bien la tradición Hebrea, recogida por la Cristiana, relata la expulsión de la primigenia pareja de pobladores de la tierra del Paraíso al no acatar la advertencia de Dios de disfrutar de todas las maravillas del Paraíso salvo la del fruto del manzano; cuando Eva, siempre la tentadora mujer, se la ofreció a Adán y la mordieron la inocencia se perdió, la infancia se fue, y el conocimiento sobre la existencia del bien y del mal nos condenó, a la especie por extensión, a vivir en un mundo en donde la tensión entre ese adverbio de la acción del ser humano y ese adjetivo de su naturaleza determina la tragedia humana; obligó al Hombre a diseñar leyes, a escribir códigos, para incentivar a la especie a adoptar el “bien” y a desechar el “mal” con unos límites muy estrechos entre estos atributos de las acciones y condiciones humanas que, sin rasgarnos las vestiduras, todos hemos pasado en doble vía de un lado a otro,  así sea en pasos corticos. Algunos mahatmas, a lo largo de la transición cósmica del Hombre, han intentado que este retorne a su estado de inocencia, pero les ha ocurrido lo que a Zaratustra (el de Nietzsche) le pasó: bajo de la montaña, después de  retirarse allí para meditar y llenarse de sabiduría, y empezó a predicar y lo Hombres no entendieron su mensaje; la masa crítica para que la humanidad regrese a su paradisiaco estado inicial en miles de años no ha podido conseguirse.

 

En consonancia con lo anterior, a los pobres mortales con el Pecado Original marcado en nuestro Ser nos ha tocado vivir en el mundo de la malicia; los negocios, la política, la vida laboral y, en fin, cualquier actividad humana está plagada de “buenos” y de “malos”, de “buenas” y de “malas” acciones y de “zonas grises” en las que no distinguimos las etiquetas de la axiología. Por lo tanto sorprende, se destaca, un ser humano que proclame su inocencia – no la jurídica sino la primigenia de la conciencia (o falta de ella) - en sus actuaciones, menos aún cuando se trata de uno que ejerce la noble función de la política. La política y la inocencia no van de la mano; la práctica del juego de los intereses de los poderosos no es una actividad de inocentes, es más la malicia como denominador común que sirve para entender muchos de los escenarios políticos a los que una sociedad puede encarar.

 

En Colombia, hace cuatro años, un sector de la opinión clamaba por la reelección de un presidente que sabía mandar, que se encontraba al frente de cada detalle del gobierno, que opinaba sobre lo divino y lo humano, que no le temblaba la mano para ordenar bombardeos en territorios extranjeros con el fin de atacar a “la far”; en fin, nos pintaban al líder que trabajaba por una Colombia moderna, transparente y en desarrollo. Al mismo tiempo sonaban campanas de alerta sobre los personajes que merodeaban por la Casa de Nariño, tanto dentro del Ejecutivo como los invitados que ingresaban a la sede del gobierno. El líder no se pronunciaba, solo decía que todos sus colaboradores eran unos “buenos muchachos”. El tiempo pasó, la reelección no resultó constitucionalmente viable y los más visibles colaboradores del gobierno enfrentan líos judiciales, algunos huyendo de la justicia y otros como el general Santoyo, el jefe de seguridad en la Casa de Nariño, ad portas de recibir una condena en los EE.UU. por apoyar a grupos terroristas aún en los tiempos en los que era la sombra del presidente en ejercicio. Nada menos ocurrió: la llamada Oficina de Envigado, grupo de sicarios, narcotraficantes y extorsionistas,  tenía su representante en el alto gobierno, accedió a la agenda del presidente y estuvo presente o fue testigo, muy seguramente, de muchas decisiones del alto gobierno. Ahora bien, quien pretendía seguir en el poder, porque era el único al que el país le cabía en la cabeza, resultó ser un ser privilegiado, hace parte de los muy pocos en los que el Pecado Original no está presente en su Ser, forma parte de aquellos que no han perdido la inocencia que Adán y Eva tenían antes de probar la manzana; él no supo distinguir el mal porque para él no existe.  Ya lo había demostrado; Iván Cepeda, en su libro titulado “A las puertas del Ubérrimo”, lo desenmascaró, mostró que en los años noventa alrededor del predio del Ubérrimo se movió el paramilitarismo de Córdoba, todo el mundo lo vio pero su dueño no, se encontraba en una condición humana superior. No ha podido distinguir el mal y ahora, con el affaire Santoyo, trina con furia alegando que se siente engañado y decepcionado, que si se hubiese dado cuenta de la maldad que había a su alrededor hubiese actuado con decisión para restablecer el “bien” en su gobierno.

 

El privilegio del que goza lo debe conservar, no puede seguir con el riesgo de un contagio, se debe retirar del manzano, no debería seguir persiguiendo el poder; podría hacer lo mismo que su amigo Andrés Uriel, buscar un monasterio para ingresar al mágico mundo del misticismo y no perder, lo que la mayoría de las personas a través de las religiones anhelan recuperar, la inocencia primigenia con la que Dios creó al Hombre.

 

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