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Desafortunadamente en nuestro medio la prensa de Brasil no es objeto de la atención que su alta calidad amerita. Por estos días tuve la ocasión de revisarla con frecuencia durante mi estada de unos días en Río de Janeiro invitado por la Cancillería de ese país para dictar una conferencia a un grupo de funcionarios de las cancillerías de los países suramericanos. Dicho sea de paso, esas reuniones son una excelente iniciativa que proporcionan un espacio de aproximación e integración de los cuerpos diplomáticos de estos países y que hablan muy bien de la seriedad, el profesionalismo y la visión de la diplomacia brasileña.
Pues bien, entre la muchas cosas interesantes que se leen en la prensa diaria de Brasil me encontré con un sugerente artículo de Joao Luiz Mauad (O Globo, 15 de octubre/08, página 7). Su autor propone un ángulo de análisis muy distinto y sugerente para analizar el origen de la actual crisis económica de Estados Unidos. Según Mauad, ese origen está en una serie de medidas de corte populista y demagógico adoptadas por sucesivos gobiernos norteamericanos que contaron con el beneplácito y el apoyo de las bancadas demócrata y republicana en el Congreso. De esto deduce el autor que ha sido el intervencionismo malsano del Estado en la economía lo que provocó la catastrófica distorsión de los mercados financieros. Es decir, el inicio de la crisis no hay que buscarlo en el mercado libre, como sostiene la opinión general, sino en la acción del Estado que impidió el funcionamiento libre de las leyes del mercado. Paradójica tesis que va en contravía de la opinión en boga. Dicha en términos más llanos: la culpa no fue del neoliberalismo, sino de la demagogia populista.
Según Mauad, las regulaciones e intervenciones "equivocadas de los agentes públicos diseminaron incentivos institucionales nocivos entre los agentes privados, que a su vez desvirtuaron durante décadas la eficiente colocación de recursos". Se refiere en particular a la forma como han operado dos agencias "paraestatales" de crédito: Freddie Mac y Fannie May. Estas tenían acceso privilegiado a líneas de crédito gubernamentales, cuyas colocaciones contaban con la garantía del Tesoro. La nefasta combinación de garantías públicas y lucros privados de las agencias "paraestatales" llevó a los bancos a realizar masivas colocaciones de crédito sin prestar mucha atención a la solvencia de sus clientes y a descuidar el estado de sus carteras.
Para Mauad la historia se remonta a 1977 con la aprobación de una ley que obligaba a los bancos a prestar parte de sus activos a comunidades deprimidas. Esa ley se amplió en 1994 y en 2005 el Congreso dispuso que las dos agencias "paraestatales" mencionadas "expandiesen aun más el refinanciamiento de hipotecas para tomadores finales de rentas bajas". De esta manera, el desbordado afán de ganancias de los banqueros fue la respuesta a incentivos creados por esas disposiciones gubernamentales "cuyo objetivo era transformar en realidad el sueño de cada ciudadano americano de tener una casa propia". El Estado desató los demonios de la especulación y, como el aprendiz de brujo, no los supo controlar. El populismo inició el incendio, la desregulación financiera le sirvió de oxígeno.
Para Mauad responsabilizar la codicia humana como causa de la crisis es tanto como culpar al iceberg por la tragedia del Titanic. Siempre habrá témpanos de hielo vagando por los océanos y siempre los agentes económicos intentarán maximizar sus ganancias. Ambos son parte inevitable del paisaje. Exigir acabar con la codicia para que los mercados financieros funcionen es tan insensato como reclamar que no haya icebergs en el mar para poder navegar.
Son ciertas nocivas injerencias de los gobiernos en los negocios de los agentes privados las que distorsionan los mercados y provocan incentivos para que los competidores busquen ganancias fáciles y rápidas, a cambio de un espurio intercambio de favores con los agentes del Estado. Le falto a Mauad reconocer que lo que el Estado alteró, únicamente el Estado lo puede corregir y que estas intervenciones correctoras sí son necesarias e imprescindibles. Por ejemplo, si el gobierno norteamericano se hubiera apresurado a evitar la quiebra de Lehman Brothers, tal vez no se habría generalizado el pánico y Estados Unidos, y el mundo, se habría evitado una crisis del tamaño de la que empezamos todos a padecer.
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