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Me aventuraré a proferir la siguiente caracterización: “Populista es un gobierno en el cual el gobernante se ve a sí mismo como un ‘mesías’, como que él y sólo él puede lograr el acierto de las soluciones que reclama la mayoría de sus gobernados; y esta mayoría, por su parte, también ve al gobernante como a un elegido”.
De ser cierta esta caracterización y por estúpida que sea, creo que es esta más o menos la verdad que encierra el populismo: un fenómeno político con fuertes raíces religiosas —de ahí que sea tan difícil de contrarrestar—. Además, si a este cóctel le sumamos la infaltable alianza del gobernante populista con los medios de comunicación, entonces obtenemos un verdadero boom, un mal radical, cuya bebida tarde o temprano nos sumergirá en un cruento estado totalitarista.
A primera vista, el populista nos parece abnegado. Muchos individuos en nuestra sociedad muestran cierta abnegación. Cuando alguien decide echarse a su familia al hombro —cuadro muy común en nuestra sociedad—, es cierto que sacrifica su bienestar por el de los suyos. Pero ninguna forma de abnegación es completamente desinteresada. Más pronto que tarde el sacrificado comienza a ver que sus actos le generan una cierta admiración por parte de los demás y, lo que es peor, un cierto poder hacia quienes se ‘sacrifica’. Este reconocimiento es realmente atractivo, el poder ciertamente irresistible. Así, el abnegado se siente bien siendo abnegado; el abnegado no es ningún abnegado.
Esto podría no importar. Pero importa, por sus nefastas consecuencias. El abnegado genera dependencia en sus protegidos; los convierte en personas débiles de carácter, cobardes y perezosas. ¿Quién quiere sacrificarse cuando hay otro que lo hace? Es triste, pero es cierto: en aquellas familias en donde alguien se echó la casa al hombro abundan los haraganes, aquellos que no están dispuestos a unirse para trabajar por una causa en común. El emprendimiento, colectivo o individual, es producto de la necesidad, qué le vamos a hacer, y la abnegación acaba con él.
El gobernante populista es pues la extrapolación de este lamentable cuadro religioso y familiar; extrapolación que pretende hacia toda una sociedad:
Jesucristo se sacrificó por todos nosotros, bendito sea… como bien lo harán nuestros gobernantes populistas, Dios bendiga a estos verdaderos padres de la patria.
Suena bonito. Pero ya en serio: ojalá y más bien Dios se los lleve a descansar, pues así como en las familias los haraganes solo se mueven cuando pierden a su benefactor, así mismo una nación progresa más como nación cuando no hay alguien aferrado al poder.
Si la voz de Dios es la voz del pueblo, pues Dios está equivocado. ¡Oh Alcuino!”, cómo pudiste ignorar a Séneca cuando dijo que: “El valor de las opiniones se ha de computar por el peso, no por el número de las almas. Los ignorantes, por ser muchos, no dejan de ser ignorantes. ¿Qué acierto, pues, se puede esperar de sus resoluciones?”.
Por favor señor Uribe, por favor señor Chávez, váyanse a descansar. ¡Es un verdadero ruego de parte de una inmensa minoría!
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Julián Cubillos es Magíster en Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia y profesor Catedrático de Humanidades de las universidades del Rosario y Jorge Tadeo Lozano Este es un espacio de opinión destinado a columnistas, blogueros, comunidades y similares. Las opiniones aquí expresadas pertenecen exclusivamente a los autores que ocupan los espacios destinados a este fin por Semana.com y no reflejan la opinión o posición de Publicaciones Semana S.A.
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