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| 8/26/2002 12:00:00 AM

Artista de niños

Daniel Castro es el artífice de las exposiciones infantiles que atraen a la niñez al arte.

En el segundo piso de la Casa de Moneda, en la exposición infantil de apoyo a la colección Rau, un grupo de niños arma un rompecabezas de una obra de Jacques Linard. "¡Genial!", dicen los que ven su cara reflejada en retratos de Tiepolo, Graff, Dolci y Luini. De otro salón los niños, entre risotadas, les atribuyen frases como"quiero una bom bom bum" o "¿y usted qué mira?" al Retrato de Henry Lerolle, de Renoir, y al de Gabrielle, de Toulouse-Lautrec.

Entre los pequeños espectadores está un hombre serio y cuarentón, vestido con saco y corbata, que se transforma en un niño con cada explosión de creatividad que ocurre en el recinto. Es Daniel Castro, el museólogo que estuvo al frente del desarrollo del concepto pedagógico de esta sala y de otras grandes exhibiciones que han pasado por Bogotá, como Picasso y Vanguardia Rusa.

En ellas Daniel ha logrado que grandes y pequeños armen y desarmen las obras e incluso se burlen del arte. Una escena inconcebible hace pocos años, cuando los museos eran considerados templos donde se debía guardar silencio y venerar las pinturas. Aquí cualquiera puede decir qué le gustó y qué no sin miedo a desaprobar una obra maestra. "La meta es propiciar un espacio para que ellos se apropien del elemento artístico y desarrollen al final un juicio crítico", dice Castro.

Esta nueva forma de apreciar el arte hace parte de una corriente que corre por los museos más importantes del mundo. Pero el trabajo pedagógico que se hace en Bogotá es pionero por la sensibilidad con la que Daniel aborda los temas y la forma como los comunica. Su madre le transmitió el gusto por la música, el arte y la historia y los disfrazaba a él y a sus tres hermanos de héroes patrios. Por eso no es raro que haya logrado transformar la Quinta de Bolívar, museo que dirige desde hace cuatro años, en un espacio para ver la historia desde una perspectiva lúdica. "El museo antes los obligaba a callar, a ver y no tocar, pero hoy es distinto", dice. Allí, por ejemplo, se les pregunta sobre sus historias de amor para que entiendan el apasionado romance de Bolívar y Manuelita, o las de sus superhéroes para que aprecien qué clase de héroe de carne y hueso vivió en esa morada.

Este humanista hace 20 años era un estudiante de bellas artes de la Universidad Jorge Tadeo Lozano que soñaba con ser pintor. Y tenía el don. "De haber persistido hubiera logrado destacarse con su talento", afirma Beatriz González, pintora y curadora del Museo Nacional. La música también ejercía una poderosa atracción, al punto que en 1990 cantó con el coro Musikverein de Viena, con el cual estuvo en los más importantes escenarios de Europa. Los amigos músicos le decían que debía dejar el arte y los artistas le aconsejaban que abandonara el canto. "El es como un personaje renacentista, de los que ya muy pocos hay, porque tiene talento para todo", afirma Marta Kovalsics, profesora de lenguas de la Universidad de los Andes. Pero, para sorpresa de todos, renunció a ambas aptitudes para dedicarse a la pedagogía. "Como educador podía tener un espacio de acción más amplio y una responsabilidad mayor". Quizá Colombia perdió un gran pintor y un gran barítono, pero de esos hay muchos. Con el pedagogo ganaron miles de niños y niñas que hoy acceden sin dificultad al gusto por los valores más enaltecedores de la humanidad.
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