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| 3/30/2003 12:00:00 AM

¡Cachacazo!

Detrás del sicorrígido ingeniero Antonio Andrade está Jorge Enrique Abello, un hombre de televisión que ve en 'La costeña y el cachaco' un instrumento para promover la tolerancia.

Odia el calor, sufre lo indecible con los mosquitos y los vallenatos, no disfruta ni un segundo del mar, de la playa, de la vida. El deber ser le dice que tiene que casarse con una mujer perfecta, que debe ser el mejor del mundo en su trabajo. Es Antonio Andrade, el protagonista de La costeña y el cachaco, una telenovela que puso a pensar al país acerca de todo lo que une y separa a los costeños de los cachacos y, de paso, una gran metáfora de la diversidad cultural de Colombia.

Este personaje aburrido, prepotente y poco amable con sus subalternos y que a ratos parece extraído de las entrañas mismas de la Universidad de los Andes, el Banco de la República y el Ministerio de Minas y Energía, lo encarna Jorge Enrique Abello, quien nació el 28 de febrero de 1968, alumno del Gimnasio Moderno y que desde el mismo día que obtuvo su título de comunicador social siempre ha estado metido en la televisión como actor, por supuesto, pero también como director, fotógrafo y productor. "Quiero mucho a la televisión, dice. Muchos actores la desdeñan pero yo no. En Colombia cumple el papel que desempeña el cine en otros países".

Después de participar en seminarios y de haber asistido a diversos talleres de teatro, decidió lanzarse a las tormentosas aguas de la actuación: fue en 1992, como actor de reparto de la serie Espérame al final. En su siguiente empeño, la serie Caballos de fuego, fue protagonista y luego lo hizo en Las ejecutivas (1995). Entre 1996 y 1998 participó en La viuda de Blanco, Un mundo para Julius y La mujer en el espejo. Ese mismo año recibió dos nominaciones como mejor actor de reparto por su trabajo en Perro amor y casi inmediatamente fue escogido para protagonizar la telenovela Yo soy Betty, la fea, con la que su nombre le ha dado la vuelta al mundo. De su trabajo tras las cámaras se destaca su etapa como director del musical Persiana americana.

En La costeña y el cachaco se encuentra muy a gusto. "Es una historia muy linda, como la de Colombia. Aquí todo el mundo hace lo que no quiere, hasta matar, siempre fundamentados en la razón. En el siglo XX la razón fue el único camino para acceder a la verdad. Nos llevó a creer que otros tipos de conocimiento igual de válidos no existen. A nombre de la razón se formaron ideologías y partidos, y la razón se volvió la justificación de la muerte, dice. Andrade es un tipo que ni siquiera pudo escoger qué quería hacer de su vida. Hizo lo que pudo, no lo que quiso".

Abello considera que ha tenido la suerte de trabajar en tres proyectos seguidos de muy alto nivel (Perro amor, Betty y La costeña) pero no quiere quedarse allí. Su otra pasión es la escritura, que renació gracias a una relectura de El Quijote. Está casado con la comunicadora social Marcela Salazar y tiene una hija, Candelaria, de un año y dos meses edad. Sus pasatiempos son la equitación, el cine (su colección de DVD es de medio millar), la lectura y varios deportes que aún practica, como esgrima, baloncesto, golf y squash.

Abello no se cree el cuento de su fama y ahora, como Antonio Andrade, tiene la oportunidad de mostrar su manera de ver el mundo. "El problema no es de culturas, es de aprender a mirar desde la óptica del corazón".
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