Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

Ventana Modal

Este contenido se reemplaza via ajax por el del html externo.

×

×

| 9/17/1990 12:00:00 AM

DE MUERTE NATURAL

La muerte pacífica del guerrillero de las Farc Jacobo Arenas, puede significar el principio del fin de la guerra.


Más de una vez dijo Jacobo Arenas que le gustaría morir en combate, abrazado al cañón caliente de una subametralladora. Y es comprensible que, ya viejo como estaba (72 años; aunque a veces, con coquetería, se echaba diez o más años para presumir de que a la edad de Carlos Lleras todavía podía montar a caballo), es comprensible que quisiera redondear su vida alargando la guerra hasta su propia muerte. Pero murió de infarto. De muerte natural, como se decía en Colombia antes de que lo natural fuera morir a tiros -tanto en la guerra como en la paz. No sólo es Jacobo Arenas el primer jefe guerrillero que muere de muerte natural en los años de fragor que hemos padecido: casi se puede decir que es uno de los pocos colombianos que han tenido la fortuna de pasar por ese trance. Y, en todo caso, el único dirigente político de primera línea que en los últimos tiempos no ha tenido un fin violento.

Pues era, sin ninguna duda, un dirigente de primera línea. El hombre que, en 25 años, se sacó de la cabeza un ejército guerrillero de más de cuarenta frentes a partir de los cuarenta y dos campesinos armados con escopeta que en torno a él y a Manuel Marulanda, Tirofijo, resistieron en la selva de Marquetalia la embestida del ejército enviado por el presidente Guillermo León Valencia a aniquilar las llamadas "repúblicas independientes". La hazaña no fue sólo suya, por supuesto. Para ella contó con el talento militar y guerrillero del propio Tirofijo, y con el respaldo ideológico, político y, durante años,también económico del Partido Comunista. Y sobre todo con la torpeza de sus adversarios, que a fuerza de magnificar el "peligro comunista" representado por un puñado de campesinos que luchaban por no dejarse robar sus tierras desataron una represión generalizada que convirtió a medio país en un semillero de guerrilleros dispuestos a empuñar las armas. En veinticinco años de guerra (o, si se prefiere, veinte de guerra y cinco de tregua armada) el casi anónimo dirigente sindical que era Jacobo Arenas, conspirador de cafetín, lector de poesía y de textos de divulgación marxista, nostálgico del liberalismo bucólico de las guerras civiles, se transformó en una de las fuerzas políticas más importantes del país. Una fuerza tan seria que a su campamento de tregua de La Uribe iban a visitarlo la prensa y los enviados del gobierno, los obispos y los ex-presidentes, mientras media Colombia seguía estremecida por la acción o la amenaza de los cuarenta frentes guerrilleros de las FARC: los hombres de Jacobo.

Veinticinco años de vida dura. En el monte, entre tiros y zancudos, recorriendo a pie las montañas y las selvas tremendas de Colombia, durmiendo al raso y al acecho. Esa vida que tantos millares de colombianos acosados han tenido que llevar a la fuerza, para que desde las redacciones de los periódicos de Bogotá les reprochen al final haber venido a morir de infarto, "como cualquier burgués". Pero una vida, sin embargo, que Jacobo alguna vez describió como una vida feliz, entre guerrilleros y guerrilleras jóvenes que cantaban canciones revolucionarias compuestas por él, o escuchaban en posición de firmes proclamas políticas redactadas por él, o atravesaban una cordillera siguiendo trochas vertiginosas para transmitir sus instrucciones, traerle botellas de coñac Rémy Martin o llevar (en vano) al Instituto Geográfico Agustín Codazzi mapas hidrográficos corregidos por él mismo. Una vida, también, de combates y de discusiones ideológicas, de ataques y de huidas: de "combinación de todas las formas de lucha ", para usar la fórmula ritual que, en fin de cuentas, resume la actividad política de Jacobo Arenas.

Que terminó en el campamento del Secretariado de las Farc, entre prados y matas de selva, oloroso a finca, a bosta de caballo y a grasa de fusil. Ahí Arenas pasaba sus días recibiendo y enviando mensajes en papeles diminutos, hablando por radioteléfono con los distintos frentes de la guerrilla o con el Palacio presidencial de Bogotá, rodeado de libros: no los siete mil volúmenes empastados en cuero de la legendaria biblioteca del ex-presidente Turbay, pero sí, para ser en el monte, una considerable biblioteca. Porque como explicaba una vez el "turco" Fayad del M-19, otro guerrillero lector, en el monte hay que escoger entre llevar en la mochila un libro o una panela. De cachucha y bufanda y gafas negras, enfundado en unos espeluznantes uniformes de imitación de piel de tigre que según él le escogían las compañeras, Jacobo Arenas vivió sus últimos años de dirigente político.

Porque aunque lo llamaban "el ideólogo de las FARC", en ese desconcierto sobre el significado de las palabras en que anda sumida la prensa nacional desde la muerte del gazapólogo Argos, Arenas no era un ideólogo, sino un político.
Para decirlo con más exactitud, un comisario político, que es el término clásico del vocabulario comunista. Un comisario político originalmente enviado por el Partido para poner orden en la confusión ideológica de los campesinos de Marquetalia, en 1964, y que acabó creciendo hasta convertirse en una fuerza autónoma que no rendía cuentas a nadie -salvo, por cuestiones casi hogareñas, de viejo matrimonio que ha cumplido ya bodas de plata, a su compañero de luchas Manuel Marulanda, Tirofijo. La autoridad de Arenas sobre las FARC era total, e implacable. A su capacidad de organización unía un dogmatismo sectario, muchas veces cruel, y sin muchos escrúpulos en lo tocante a los medios. En cuanto a los fines, eran, naturalmente, la toma del poder por parte de su organización. Y más que sus métodos despiadados o que sus obsesiones a veces paranoides, es esa convicción de que la toma del poder por la guerrilla era de verdad posible en Colombia la que hacía pensar a muchos que Jacobo Arenas estaba loco.

Pero no lo bastante loco como para excluir de su estrategia la solución política para resolver "las contradicciones con el sistema". Entendía con Clausewitz, a quien le gustaba citar, que la guerra es sólo "la continuación de la política por otros medios". Por eso entró, pese a todas sus reservas y a sus constantes ventajismos (que por otra parte no fueron sólo suyos) en la estrategia de paz mediante el diálogo iniciada en 1983 por el presidente Belisario Betancur. Esa estrategia contó, desde el principio, con trampas y mentiras y sabotajes de parte y parte y en los que vinieron de la parte guerrillera tuvo Jacobo Arenas mucha responsabilidad, y la seguía teniendo hasta el día de su muerte. Sus zancadillas, sus dilaciones, sus astucias, fueron sin duda una de las causas eficientes de los tropiezos y demoras que sufrió la política de paz en los años de gobierno del presidente Virgilio Barco: una causa tal vez tan decisiva como las dilaciones y vacilaciones del propio Barco. Sus enfrentadas terqueras de santandereanos y de santanderistas ( a su manera bolchevique, Jacobo Arenas era un leguleyo) contribuyeron mucho a prolongar innecesariamente la ambigua y sangrienta situación de guerra en la tregua que el ejército y las FARC han vivido en los últimos cuatro años.

Tal vez la muerte pacífica de Jacobo Arenas, al cabo de una larga vida de combate, sirva para apartar ese estorbo para la paz en que él mismo se había convertido y despejar de nuevo el camino del diálogo. Si así sucede, habrá que considerarla como una muerte simbólicamente natural: la que indica que ha pasado el tiempo del enfrentamiento y por fin se aproxima el de la reconciliación. Es natural, entonces, que se mueran en paz los hombres de la guerra para que dejen de ser exterminados en la guerra los hombres de la paz.--
¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.

EDICIÓN 1855

PORTADA

Exclusivo: la verdadera historia de la colombiana capturada en Suiza por ser de Isis

La joven de 23 años es hoy acusada de ser parte de una célula que del Estado Islámico, la organización terrorista que ha perpetrado los peores y más sangrientos ataques en territorio europeo. Su novio la habría metido en ese mundo.