Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/10/02 00:00

El deber cumplido

El general Darío Castro, experto en seguridad, fue el responsable de garantizar la ranquilidad del presidente Bill Clinton durante su visita a Cartagena.

El deber cumplido

Cuando el Air Force One despegó del aeropuerto de Cartagena rumbo a Washington con el presidente Bill Clinton a bordo el general Darío Castro miró al cielo y se echó la bendición: “Misión cumplida, gracias a Dios”. Sobre sus hombros tuvo buena parte de la responsabilidad de la seguridad del mandatario estadounidense. Trabajó en llave con el servicio secreto de Estados Unidos, el Ejército y la Marina colombianos. Cerca de 2.000 hombres estuvieron bajo su mando. Y durante tres semanas diseñó un operativo que le garantizara la seguridad al presidente estadounidense.

No fue una tarea fácil. En el camino se encontró con muchos retos, especialmente cuando el propio jefe de seguridad del presidente Clinton le dijo que para nada le gustaba esa montaña que estaba localizada a un lado de la pista. El funcionario se estaba refiriendo al cerro de La Popa, una de las insignias de los cartageneros y que él pretendía que el general Castro la borrara del mapa. O al menos que la vigilara día y noche. Esa fue apenas una de las solicitudes del cuerpo de seguridad. El otro dolor de cabeza era con las gaviotas que habitan la ciénaga de La Virgen. Los hombres de Clinton consideraban que las aves amenazaban las turbinas del avión presidencial. También pretendían que el general Castro se las llevara para la casa o las metiera dentro de una jaula por los menos durante 24 horas.

Son las historias de la visita del presidente Clinton, una más que se agrega a la hoja de vida del general Castro. Hombre curtido en materia de vigilar cumbres y reuniones de mandatarios en La Heroica. Con la de Clinton van cuatro grandes eventos que ha tenido que manejar: Cumbre de los No Alineados, Cumbre Iberoamericana de Presidentes y la Cumbre de los países de Rio y del Caribe.

Castro, hoy comandante de la Policía de Atlántico, dice que conoce este trabajo como la palma de su mano. Ha sido alumno modelo de cursos de seguridad de protección de dignatarios en Europa y Estados Unidos. En esos cursos ha alcanzado las mejores calificaciones. Es experto en explosivos y seguridad electrónica. En más de una oportunidad se ha pasado la noche en vela tratando de ubicar, como en el tablero de un ajedrez, a sus hombres para lograr una cobertura de seguridad perfecta.

Pero el trabajo del general, por absorbente que parezca, no es su vida. Este opita, que ronda los 50 años, es un aficionado a la música y al buen vino. Los fines de semana, cuando le queda algún tiempo, se vuela con su familia en busca del campo, donde encuentra la tranquilidad. Es devoto de la Virgen del Carmen y un voraz lector de novelas de espías.

Antes de que Clinton partiera su jefe de seguridad descendió del avión presidencial y le entregó a Castro un sobre sellado. Adentro había una pequeña placa con las iniciales del cuerpo de protección firmada por el propio presidente de Estados Unidos en agradecimiento por su labor durante las 10 horas que duró la visita. El presidente Pastrana también le agradeció en persona. Después de esos dos pequeños honores, el general volvió a Barranquilla con apenas tres escoltas. Sus demás hombres regresaron a sus bases con la convicción del deber cumplido.

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