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| 8/25/1986 12:00:00 AM

EL DIA DE TODOS LOS SANTOS

Premio Simón Bolívar para dos de los más veteranos y controvertidos periodistas del país.

Han sido durante muchos años dos de los personajes más controvertidos del escenario nacional. Un par de cachacos a quienes el destino colocó en una de las posiciones más poderosas del país si no la más poderosa: la dirección del diario El Tiempo.
Esta última afirmación podría parecer hiperbólica. Sin embargo, por más poderoso que sea el Presidente de la República, dura cuatro años. El Tiempo, como su propio slogan lo dice, nunca se detiene. Para muchos en Colombia uno no nace, no se casa y no se muere si no aparece en El Tiempo. De ser esto cierto, Hernando y Enrique Santos Castillo son las dos personas que en los últimos años han determinado quién nace, quién se casa y quién muere en este país.
Semejante poder, como es de esperarse, no podía estar exento de envidias, de celos, de críticas, y hasta de odios. La imagen de dos hermanos siameses con vidas prácticamente paralelas ha contribuido en gran parte a la negativa percepción que se ha tenido de los Santos Castillo. Englobados en la categoría de sobrinos herederos de un hombre muy poderoso, recién fallecido el doctor Santos fueron vistos por sus detractores no más que como una generación en transición entre dos generaciones brillantes, que habían llegado a sus posiciones por un simple golpe del destino: la muerte de Clarita Santos Villegas, hija única del ex presidente Eduardo Santos Montejo. Esta murió de tifo a la edad de cuatro años, dejando al fundador del imperio sin herederos directos. Un conglomerado de parientes, amigos, socios y empleados habrían de ser sus herederos, pero el control real del periódico terminaría en manos de sus dos sobrinos, los hijos de su hermano Enrique Santos Montejo, mejor conocido como Calibán.
Pero las disposiciones testamentarias del viejo Santos no fueron del todo equitativas. El tenía sus preferencias. A Hernando, que era el menor, le dejó 15 acciones. Y a su hermano Enrique, cinco años mayor, no le dejó ninguna. (Las que tiene las heredó de su padre). Pero en cambio a los hijos de este, Luis Fernando y Enrique Santos Calderón, les dejó seis y cuatro acciones, respectivamente. A sus otros dos nietos Juan Manuel y Felipe no les dejó nada.
El tío, en medio de su imagen de infinita serenidad, era hombre de grandes pasiones. Y en sus veleidades de juventud, los dos sobrinos se habían ido por caminos políticamente opuestos. Mientras Hernando llegó a estar afiliado al Partido Comunista y fue firme simpatizante del Ejército republicano en la guerra civil española, Enrique echó sus dados por la contraparte: el franquismo. El doctor Santos, quien no solamente era hispanófilo sino un republicano convencido, tomó la cosa muy a pecho y paradójico como pueda sonar a la luz de la imagen del periódico en la actualidad, prefirió al comunista sobre el reaccionario de la época en sus disposiciones testamentarias. Y habría de conservar su preferencia con el transcurso de los años, aun después de que los dos hermanos se encontraran en la misma ubicación ideológica, bastante cercana a la que le costó a Enrique su herencia.
La semana pasada a los Santos Castillo les fue otorgado el Premio Simón Bolívar a la vida y obra de un periodista. Algunos consideran que este se ha convertido en un premio institucional en el que simplemente se alternan los próceres con dinastías de periodistas, con el consenso de que cuando se acabe la fila india le tocará a José Salgar. Sin embargo, dígase lo que se diga, detrás de esta distinción aparentemente protocolaria, hay 40 años de vida y obra periodística que han tenido mayor impacto que cualesquiera otras en la vida del país.

VIDAS PARALELAS
Fuera de la polarización política que tuvieron durante su juventud, cuando cada cual golpeó en una puerta distinta y contraria a la de su hermano, los Santos Castillo han tenido lo que podrían denominarse unas vidas paralelas.
Ambos fueron inicialmente matriculados en el Gimnasio Moderno. Pero mientras Hernando se retiró, según sus propias palabras, "horrorizado por el estiramiento y el elitismo que allí imperaba" para matricularse posteriormente en el colegio de monseñor Bermúdez, Enrique siguió en el Moderno hasta que sus padres descubrieron que estaba a punto de casarse con una copletista, y de inmediato lo exportaron a un colegio en el Canadá.
De ahí ambos viajaron a Europa, donde la guerra civil española los sedujo políticamente pero los matriculó en ejércitos distintos. Así, mientras la admiración de Hernando por la causa republicana era inmensa, Enrique tenía una novia española que influyó profundamente para ubicarlo del lado del franquismo.
En cierta oportunidad Eduardo Santos invitó a almorzar a su sobrino Enrique en París. Fue ahí cuando el joven estudiante le comunicó su intención de "colaborar en la causa de la guerra civil española, e ir a morir a Madrid". Su tío encontró muy loable su intención, pero se creyó en la obligación de advertirle que los ejércitos republicanos estaban en retirada. Cuando Enrique le explicó que sus buenas intenciones estaban era del lado de Franco, Eduardo Santos sufrió un profundo estremecimiento. "Dicen que envejeció 10 años", recuerda Juan Manuel Santos, subdirector de El Tiempo e hijo de Enrique. Y su padre añade: "No pasó mucho tiempo antes de que me diera cuenta de que mejor que vivir en Madrid, era vivir en Bogotá, y entonces me regresé".
Sin embargo, Enrique Santos Castillo trajo consigo desde Madrid su obsesión por la guerra civil española. En la actualidad posee la biblioteca más completa de que se tenga noticia sobre el tema. Y lo domina a la perfección: en alguna oportunidad visitaba, en compañía de su hijo Juan Manuel, el Alcázar de Toledo, y mientras el guía señalaba el lugar desde el cual el general Moscardó había hablado por teléfono con su hijo Enrique le corrigió: "No fue en ese cuarto. Fue en este otro".
Las simpatías republicanas de Hernando, por el contrario, desembocaron en su ingreso al Partido Comunista, a su regreso a Colombia. Se hizo muy amigo de Alfonso Romero Buj, quien lo nombró padrino de su matrimonio con Nidia Tobón, la que después resultó novia del Chacal. En compañía de un grupo de estudiantes, eran miembros de la célula "Alborada Roja". Hernando se robaba el plomo del periódico de su tío para que los comunistas pudieran sacar su propio periódico, Voz Proletaria. También les suministraba fotografías, y en especial de la guerra del Vietnam, para poder publicar en Voz el titular favorito de la época: "Fuera manos de Vietnam". Pero Hernando Santos relata que un día "me di cuenta de que estaba jugando el papel de idiota útil. Me sacaban la plata, y me explotaban intelectual y políticamente. Entonces me reintegré el Partido Liberal".
Ambos hermanos estudiaron cinco años de derecho en la Universidad del Rosario, pero ninguno llegó a ejercer un solo día su profesión. Durante estas épocas universitarias, los Santos colaboraban ocasionalmente en El Tiempo en la página universitaria y de espectáculos, y les pagaban 100 pesos por su trabajo. Luego, terminados los estudios de derecho, se vincularon de planta a El Tiempo, donde a ambos los nombraron jefes de redacción en reemplazo de Oliverio Perry, quien a su vez había sucedido en este cargo a Alberto Lleras.
No sólo compartían los Santos Castillo el mismo escritorio, sino que se turnaban los días en los que ejercían la jefatura de redacción. Uno venía un día, y el otro venía el siguiente. Y quienes recuerdan estas épocas aseguran que se notaba quién era el que había estado ese día, por la forma de titular.
Como si esta "hermandad laboral" fuera poca, los Santos Castillo contrajeron matrimonio con dos hermanas, las Calderón Nieto. Y se pasaron a vivir en casas contiguas. Luego, a la muerte de Calibán, Hernando fue ascendido a subdirector y Enrique a editor, bajo la dirección de Roberto García-Peña, quien había sido nombrado en este cargo por el mismo Eduardo Santos en los últimos años de su vida. Hace cinco años, después del retiro de García-Peña, Hernando fue elegido director de El Tiempo.
En la práctica, el poder que ambos hermanos tienen en el periódico, es comparable, pero no es igual. Aunque el uno es director y el otro editor el primero se comporta como dueño y el segundo como director.
Por lo que a Hernando respecta, está desempeñando en la actualidad el mismo papel que llegó a jugar Eduardo Santos en un momento dado de su vida: su preocupación primordial es la orientación política del periódico, y la página editorial. Toda la carpintería noticiosa se la deja a Enrique.
Hernando, de temperamento más bohemio que el de su hermano, va en la actualidad apenas medio día al periódico. Supervisa en tres o cuatro horas los aspectos que le importan, incluyendo la elaboración del editorial, y luego va invariablemente a matiné, en compañía de su conductor, que lleva treinta años con la familia.
Si algo lo distingue de su hermano Enrique es, en palabras de su hijo Rafael, "la manera de percibir el compromiso social". Porque Hernando, al contrario de su hermano guarda su privacidad como nadie, y no hace sino lo que le gusta.
Es generoso, hasta el punto de que a él recurren los empleados para que les preste plata. Iracundo, a tal punto que cuando le da una "rabieta" se pone rojo, como una remolacha, y parece que fuera a llegar al infarto. Y tan obsesivo, que cuando por algún motivo coge entre ceja y ceja a un empleado, lo regaña todos los días por la redacción, durante semanas y a veces durante meses, hasta cuando "se le monta a otro" y sigue el ciclo. Pero jamás despide a un empleado.

Aunque vehemente y apasionado, en el fondo es un escéptico de tiempo completo. Salvo sus dos aficiones favoritas, los toros y el matiné, su vida y más aún después de la muerte de su esposa, transcurre entre El Tiempo y su casa, a donde procura llegar temprano para acostarse a veces a horas tan tempranas como las cuatro de la tarde.
Su posición como director del periódico más poderoso del país le permite no hacer las concesiones que personas menos poderosas están obligadas a hacer. Por este motivo su vida social es poco intensa, y tiene pocos amigos, a los que quiere y quienes lo quieren mucho: Manuel Piquero, Roseta, el torero Luis Miguel Dominguín (de quien humorísticamente afirma que son todos sus hijos) y últimamente doña Bertha Hernández de Ospina, con quien no hace mucho tiempo se encontró y le dijo: "Doña Bertha, estoy aburrido de odiarla". Ella se rio con ganas, y ahora hablan casi a diario por teléfono.
Contrariamente a lo que uno se imagina que debe ser el director de El Tiempo, los vestidos ingleses, los aviones privados, los yates, las fiestas del jet-set no forman parte de su vida. Ni siquiera tiene automóvil particular. Se desplaza en un campero del periódico, el mismo que todas las tardes lo lleva a matiné. Por eso quienes lo conocen creen que a pesar de haberle correspondido la monumental responsabilidad de dirigir el periódico más grande del país, Hernando Santos logró conservar su personalidad auténtica, de principio a fin.
Nada más diferente es su hermano Enrique, una de las figuras más populares de la sociedad bogotana. De él se dice que es capaz de aceptar un almuerzo en Anapoima y una comida en Cota, el mismo día.
Su comportamiento social es el de un auténtico clubman, pero en el periódico es un periodista integral, del tipo del que aparecería protagonizando una película norteamericana en blanco y negro de los años cuarenta, con mangas remangadas y calzonarias. Lo controla todo. Desde la titulación de la primera página hasta la forma de publicar los resultados del British Open, pasando por las fotos de la crónica social y hasta los sueldos y horarios de los choferes de las camionetas.
Déspota en apariencia, se le reconocen sin embargo grandes arranques de generosidad. Es lo que se llama en el gremio "un tropero": desconfía de todos los intelectuales y no cree sino en el periodismo raso y en la noticia pura.
Por eso quienes lo conocen dicen que, independientemente de las circunstancias del destino que lo llevaron a ser editor de El Tiempo, difícilmente se habría podido encontrar un candidato mejor para ese oficio. Su alma de periodista innato habría determinado de todas maneras que Enrique Santos Castillo terminara haciendo lo que hace en la actualidad: periodismo, las 24 horas del día.
Porque eso sí, duerme poco. Cuando no está trabajando en el periódico está atendiendo fiestas, reuniones, compromisos sociales, en los que como buen periodista, vive colgado del teléfono.
A diferencia de su hermano Hernando, que fue hasta la izquierda y regresó, podría decirse que Enrique conservó intactas sus inclinaciones políticas hacia la derecha. Y admite que una de las cosas de las que más se ha arrepentido en la vida es de haber pronunciado discursos en Miami a favor de Fidel Castro. Hizo sus pinitos en la política, primero como diputado en la Asamblea de Boyacá y después como concejal de Bogotá, en 1945. Pero se retiró cuando "me di cuenta de que no estaba prestando ningún servicio, y resolví que prefería la política desde afuera".
Ultimamente escribe poco -el último artículo lo escribió para el suplemento dominical del periódico sobre su tema favorito, la guerra civil española. Pero humorísticamente se afirma que mientras Hernando escribe sus editoriales en la página cuarta, Enrique lo hace en la primera.
Mientras la familia de Hernando es numerosa -tiene siete hijos-, la de Enrique es más bien pequeña: tiene sólo cuatro. La del primero está llena de técnicos: hay hijos ingenieros, médicos, pilotos, administrador de empresas, productores de televisión y un solo periodista, entre siete hijos Rafael, quien actualmente es jefe de redacción. La familia de Enrique, en cambio, es más política. Se habla, por ejemplo, de que su hijo Juan Manuel subdirector de El Tiempo, podría llegar a formar parte del actual gobierno. Inquietudes políticas parecidas tiene su hermano Enrique, sólo que este prefiere la política para escribir sobre ella desde su columna Contraescape, en lugar de protagonizarla.
Pero aun cuando los Santos Castillo afirman que se sienten satisfechos y tranquilos de que la nueva generación ya esté interviniendo tan activamente en los destinos del periódico, sus hijos, los Santos Calderón, se quejan de que jamás delegan mientras ellos mismos puedan hacerse cargo de las cosas.
Pudiera pensarse que en vidas tan paralelas deben pisarse callos con frecuencia. Pero la verdad es que los hermanos Santos Castillo proyectan la imagen de un auténtico clan familiar con un gran común denominador: el periódico El Tiempo. Y aunque ha llegado a rumorarse que internamente existirían los conflictos de intereses naturales cuando se trata de heredar el poder, pocos pueden afirmar que han sido testigos de algún enfrentamiento entre ellos. Cuando se encuentran en el mismo compromiso social, prefieren "hacerse" en corrillos separados, porque a ambos les gusta ser el centro de atracción. Pero en las políticas del manejo del periódico, jamás se enfrentan. Cuando surge cualquier desacuerdo, uno de ellos cede de inmediato, para que no venga el choque.

EL SISTEMA SI TIENE QUIEN LE ESCRIBA
Pero la vida y obra de los hermanos Santos no puede ser interpretada simplemente en términos anecdóticos. Dada la enorme influencia de El Tiempo en el país, las personas que lo han dirigido en este siglo son en gran parte responsables de lo que es la Colombia de hoy. El final de la hegemonía conservadora, la República liberal, la caída de la dictadura, el Frente Nacional, y más recientemente la elección de Virgilio Barco, son todos hechos en los que el periódico El Tiempo ha jugado un papel determinante.
En lo que se refiere a la última etapa, la que le ha correspondido a los Santos Castillo. existe un consenso sobre cuál ha sido este papel: la defensa y mantenimiento del sistema.
Esta es sin duda alguna una de las tareas más ingratas de una sociedad volátil e inconforme como la colombiana. Que ello sea bueno o malo, es una discusión interminable. Pero lo que si no es debatible es que el sistema no sería el mismo si El Tiempo no lo hubiera sostenido. Y defenderlo es igual o más difícil y en todo caso no se requiere menos valor que para atacarlo.
El Tiempo, como la Embajada norteamericana, se ha convertido en uno de esos símbolos del sistema donde a la gente le dan ganas de echar piedra cuando está brava. El sistema se asocia con la derecha y los Santos han sido tildados de serlo. Ellos lo niegan, y consideran su posición ideológica de centro. Si alguna definición les gusta es la de liberales, no en el sentido partidista sino doctrinario. Como los buenos liberales doctrinarios, son anticomunistas. Según Rafael Santos, hijo de Hernando, y jefe de redacción del periódico, "en esto son obsesivos. Mi padre y mi tío ven la izquierda como un complot contra el sistema, y en todas partes ven asomos de este complot. Y consideran su función hacerle contrapeso con el periódico". Lo que es innegable es que esta función la han cumplido con singular coherencia y eficacia: si el complot existe, El Tiempo ha ayudado bastante para mantenerlo a raya.
Para los Santos, los otros medios se pueden dar el lujo de tener veleidades izquierdosas, pero ellos no. Miran con una mezcla de benevolencia y desprecio cómo la mayoría de los otros medios, encabezados por su único rival, El Espectador, le coquetean al anti-sistema en busca de una Colombia ideal. Para ellos esta Colombia puede llegar o no llegar algún día. Pero la responsabilidad inmediata es sobre la Colombia actual, con todas sus ventajas y desventajas.
Hernando y Enrique Santos Castillo creen que el sistema aguanta que los otros medios jueguen a ponerle zancadilla. Pero que el sistema se acabaría el día en el que El Tiempo entrara al mismo juego. Y en esto, probablemente, tienen razón. Y lo que es seguro, es que no ocurrirá mientras ellos sigan al mando.

EL DOBLE PREMIO
El premio de los dos hermanos Santos no fue la única distinción que el diario El Tiempo obtuvo en el premio de periodismo Simón Bolívar. Roberto Posada, D'Artagnan, nieto del director emérito del periódico Roberto García-Peña, hijo del ex ministro Jaime Posada y propietario por sesión de su abuelo de 2% de las acciones de El Tiempo, fue premiado como el mejor columnista de opinión del país. Muchos, entre los cuales se cuenta él mismo, pensaron que esta distinción nunca llegaría. Porque si hay algo más impopular que defender el sistema, es hacerlo a los 30 años.
Causó una leve sonrisa entre los presentes a la ceremonia de adjudicación de los premios en la Quinta de Bolívar, cuando el acta del jurado se refirió al columnista en los siguientes términos: "Contiene esta columna la frescura propia de una mente joven que trata con vehemencia, pero con respeto y con el estilo de hoy cuantos temas son objeto de su análisis". El estilo de Roberto Posada había sido descrito con todos los adjetivos, menos el de joven. El mismo, consciente de ello, había llegado inclusive a escribir una columna humorística admitiendo que se sentía más identificado con los viejos que con su propia generación.
En todo caso, sus valores periodísticos no son los de la mayoría de sus contemporáneos. D'Artagnan defiende lo que muy pocos defienden, o si lo hacen es en privado pero nunca en público.
Fue tal vez con la sola excepción de Juan Lozano, turbayista cuando todos eran lleristas, y siguió siéndolo después de su gobierno, cuando era más prudente el silencio que la lealtad. Fue barquista cuando esto todavía no se usaba, y era definitivamente out en círculos periodísticos. Y como si fuera poco, es posiblemente el único colombiano que se ha atrevido a decir públicamente algo que muchos creen pero que nadie escribe, porque desafía la credibilidad del lector promedio: que Jaime Michelsen no es rico.
La columna de D'Artagnan es a la derecha lo que la columna de Antonio Caballero es a la izquierda: una opinión con la cual casi nadie está totalmente de acuerdo, pero que pone a pensar al lector que las cosas no son como parecen a primera vista, y que muchas veces las presunciones generalizadas van acompañadas de enormes injusticias.
Otro mérito que tiene es el de haber convertido en popular una columna esencialmente política y pro sistema. Temas que normalmente sólo se tratan en las comisiones del Congreso o en corrillos políticos muy especializados. adquieren una dimensión nacional en esa columna, ubicada en la parte inferior de la página 4a de El Tiempo con el singularmente poco atractivo nombre de "Torre".
En varias ocasiones sus escritos han llegado a crear tal polémica, que ha sido objeto de reprimendas del ex presidente Carlos Lleras Restrepo. Lo que no deja de constituir un honor, para un mosquetero que apenas entra a su tercera década de vida.
Pero el premio Simón Bolívar no fue la noticia más importante del día para Roberto Posada García-Peña. No acababa de oír el veredicto del jurado, cuando tuvo que salir velozmente a la clínica, ante una de las pocas noticias que podía ser más grata: su esposa, la abogada Marcela Monroy, estaba a punto de dar a luz su primer hijo. El chiste que circulaba en el almuerzo del restaurante Litani ofrecido por los organizadores del premio, es que si era niño seguramente lo iban a llamar Simón, en honor al Libertador. Y si era niña, Ivonne, en honor a la "dueña" de este evento. Pero la verdad es que fue niña y se llamará Carmen.
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