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| 10/4/1982 12:00:00 AM

EL HOMBRE Y EL PERIODICO

Casi medio siglo de vida de "El Espectador" le pertenece

Son las tres de la tarde en la redacción de "El Espectador". Exacto como un reloj de péndulo, abrochándose el botón superior de la chaqueta, entra José Salgar, siempre puntual, siempre por el corredor que da a la armada y no por la puerta de enfrente. No habría que mirar el reloj para saber qué hora es. Basta con alzar la cabeza y si él está allí, sentándose en su estritorio metálico del centro de la redacción, son las tres de la tarde. Ni un minuto más.
Poco tiempo después, cuando las gafas ya van por la punta de la nariz y él se las sube rápidamente con un golpe de dedos, la vieja Olivetti 82 corre velozmente su carro, de un lado a otro. Indiferentes, pasan por su lado los demás periodistas. Alguno se acoda sobre la barandilla de la división y le hace una pregunta. Salgar detiene su teclear y responde con alguna frase corta, que zanja el asunto. Repentinamente, saca la hoja del rodillo con un ruido seco. Nadie sabe exactamente qué escribe, porque su columna "El Hombre de la Calle" siempre está misteriosamente terminada.
Pero escribe, escribe, escribe. Escribe las notas que anuncian los artículos especiales en la primera página. Escribe y tacha sucesivamente títulos y títulos, a dos líneas, a dos coles, a tres coles. Los ensaya como si fueran versos, hasta hacerlos encajar en el justo espacio tipográfico que se les ha asignado.
También toma --siempre-- una cuartilla de letras y cifras verdes, especial para medir tipográficamente el largo de cada escrito. La dobla cuidadosamente y empieza a escribir por el revés, a mano. Traza varias líneas, las retiñe durante la tarde; a medida que va pensando, escribe un título, lo retiñe también, tiene una idea, la anota; alguien que pasa le sugiere un tema, o un reportero que llega de la calle echando humo porque tiene la noticia, le hace cambiar su idea de la primera página.
En un rincón de la hoja, reteñido, casi como un dibujo de los que uno hace mientras habla por teléfono, va naciendo el diagrama de esa primera plana. Salgar ya perdió la cuenta de las primeras páginas que ha titulado, diagramado y armado. Ahora, muchas veces, le reemplaza en esa labor el jefe de redacción. Pero él, que no pierde el gusto de diseñar mentalmente esa primera página que a la mañana siguiente saltará ante los ojos de casi un millón de lectores, coge muchas veces un "bote" o planilla de diagramación, y repite en dos golpes de lápiz la idea que ha madurado toda la tarde antes de pasarla, como sugerencia, al jefe de redacción. Pero si la noticia es gorda, Salgar recoge el comando que tuvo durante treinta años y que nunca abandonó por completo: dos rápidos trazos de diagramación le dan la dimensión exacta a la noticia. Las cabezas grises de los Cano rondan por la redacción, conferencian brevemente con Salgar, de pie; se consultan los títulos, se sugieren cambios. Los redactores zumban: los puños blancos de Murcia, la seriedad de Garzón, la locura de González, la tranquilidad de De Castro, según el campo que abarque la noticia, se hacen presentes.
Hacia las seis de la tarde --en un día normal, cuando el cierre no está adelantado-- el periódico entra en efervescencia. Hay unos cuantos viajes --en mangas de camisa-- hasta la sección de armada, donde, cuchilla en mano, se montan los textos y los títulos. Y finalmente, a las siete de la noche, no es necesario mirar el reloj para saber qué hora es. Basta mirar a Salgar, que se abotona su chaqueta y, exacto como un metrónomo, desaparece por la puerta de atrás, silenciosamente.
Tal vez no fue así durante los últimos cincuenta años. Tal vez Salgar trasnochó y vivió y sufrió y sudó cada noticia desde 1934 hasta hoy. Tiene tantas cosas que contar, que se le atropellan en la conversación; porque de los 95 años de "El Espectador", hay casi medio siglo que le pertenece a él.
Medio siglo durante el cual fue el eje del periódico. Aunque él no lo crea así.
Aunque repita, convencido, que fue un trabajo de equipo, en el que intervinieron por igual Guillermo Cano, Darío Bautista, Alberto Galindo, Gabriel Cano. Un trabajo de equipo cuyo eje fue Salgar, un trabajo de equipo que le dio un perfil al periódico.
Todo empezó en 1934, cuando José Salgar tenía trece años y debió salir a batirse con la vida porque su familia tuvo una aguda crisis. Un amigo lo llevó a trabajar en los turnos de madrugada de la rotativa que en ese entonces compartían "El Tiempo" y "El Espectador". Poco tiempo permaneció en tal posición. Estudiaba simultáneamente y conoció a Alberto Galindo, entonces jefe de redacción: "Con él hice toda la carrera". José Salgar salió de la rotativa y pasó a la armada del periódico, entre vapores de plomo y rumores de linotipo. Ese lugar era entonces la verdadera escuela.
Incluso hubo un académico de la lengua que se ganaba la vida como linotipista. Salgar aprendió el difícil arte de leer al revés, de hacer que cada escrito se ajustara mágicamente al espacio previsto, de cambiar la disposición de las páginas como si se tratara de un rompecabezas de plomo. Y no dejó de estudiar.
Alguna inquietud periodística se le había manifestado. Por las tardes, camino de la escuela hacia los talleres del periódico, pasaba por la prensa de "Mundo al día", vespertino dirigido por el famoso "Tío Kiosco", Arturo Manrique, cuyo mayor éxito fue establecer la sección "Lo ví con mis propios ojos", para que el público enviara quejas sobre la ciudad. Si la carta era publicada, el autor recibía dos pesos. Salgar mandó muchas, pero jamás le publicaron una sola. Ahí, en ese antecedente de 1934, está el origen de "El Hombre de la Calle".
Demasiado pronto, tal vez, el joven armador pasó a la redacción como mensajero. Inevitablemente, terminó redactando notas de última hora, información dictada por los corresponsales, sueltos policíacos. Al mismo tiempo, Alberto Galindo se dedicó a la tarea de prepararlo; ninguna facultad enseñaba periodismo --aún no lo enseñan-- pero varios cursos sumados podían darle al nuevo periodista, que aún no tenía 19 años, las habilidades técnicás necesarias para manejar su oficio. Lo demás dependía de él. La escuela era el endiablado ritmo del jefe, "ritmo galindiano", que todavía aplica Salgar a sus redactores.
DEL TABLERO A LA "LUDLOW"
A partir de entonces, Salgar vio el mundo a través del balcón de "El Espectador". Fue redactor deportivo político, taurino, (bajo el seudónimo de Cachi-to) y estuvo encargado del legendario tablero de noticias, que colgaba, emborronado de tiza, de una ventana del periódico. Al atardecer poco antes de la salida de cada número --era vespertino entonces-- se anotaban, de puño y letra, breves resúmenes de las noticias que minutos más tarde saldrían, todavía húmedas de tinta. La gente --un mar de sombreros-- se arremolinaba en la séptima con catorce para leer los avances: "Se cayó avión en Medellín" Y minutos más tarde: "Se mató Gardel" Salgar, en ese entonces, tenía que ir hasta "Hola América", estación de radio y de télex, recoger el cable, leerlo al vuelo, cortarlo y editarlo... y pintar la noticia en grandes caracteres, en compañía de Miguel Soler, en el tablero. El viaje de un aviador de apellido Concha Venegas, de Lima a Bogotá, fue registrado hora a hora en el tablero. Y la guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay.
Su oficio era de armador-editor. Podía redactar una noticia, titularla, levantar el título en la indómita "Ludlow", maquinita que hacía el título en plomo, corregir las galeras y armar la página en plomo, casi hasta entregarla a la rotativa. Tal trabajo (el "curso completo") lo hacían otros periodistas también como el mismo Alberto Galindo, Jaime Posada en "El Tiempo" y el poeta Rogelio Echavarría, que ha hecho bastantes cosas además de versos.
También fue fotógrafo, de flash de magnesio y sombrero. Pero era imposible preguntar, tomar notas y fotos al tiempo, de forma que tan económica práctica fue prontamente dejada de lado por el periódico. Sin embargo Salgar tuvo tiempo para "autochiviarse" con una de las noticias más gordas del siglo: la estrellada del avión de Santa Ana, durante una exhibición de acrobacia aérea frente a una tribuna donde estaban Eduardo Santos y Alfonso López, en 1938. Salgar estaba bajo la gradería, cámara en mano. Y cuando el avión cayó sobre la gente, la cámara se abrió y el rollo se veló. Salgar, ileso, tuvo que ver a los presidentes asustados y la gasolina ardiendo y los heridos y los cadáveres, sin poder tomar una sola foto.
En 1942, Alberto Galindo dejó su cargo. Darío Bautista y Salgar ascendieron a las jefaturas de información y redacción, puestos que ya no abandonarían. Bautista se retiró en 1977. Y Salgar hizo tránsito desde su doble condición de director del desaparecido "Vespertino" y jefe de redacción, a la subdirección de "El Espectador", hace cuatro años. Ahora, con 62 años y un infarto encima, se siente más vital y más lejos del retiro que nunca. Desde que cumplió el período de jubilación y llegó a la directiva del periódico, trabaja con más intensidad que antes.
Tuvo que ver desde el segundo piso del edificio Monserrate, y posteriormente desde la planta nueva de la avenida 68 la historia del país y del mundo. La caída del partido liberal, el nueve de abril, el incendio del 6 de septiembre del 52, el cierre durante la dictadura, la fundación de "El Independiente", los primeros pinos de García Márquez, la revolución de los setenta y en los últimos diez años, los cambios del mismo periódico, que es radicalmente distinto del que se hacía en aquella época feliz de la visita del Papa y las alocuciones de Lleras.
Pero, detrás de ese Salgar que se ha ganado el premio Merghentaler, que fundó y cerró "El Vespertino", que estuvo el mismo día en la llegada de la reina Isabel a Washington y en una fiesta monumental de Liz Taylor en Nueva York, está un apasible abuelo de ocho nietos y un viajero incansable, que ha alternado la entrega total al periodismo con varias vueltas al mundo, con viajes al Africa y al Asia, y, de vez en cuando, a Zipaquirá, en busca de unas buenas almojábanas.
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