Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1982/12/20 00:00

EL JUSTICIERO

Su elección como Procurador fué un palo político. Abogado de barandilla durante 30 años enfrenta ahora los más serios problemas de la administración pública.

EL JUSTICIERO

Su elección fue considerada como un palo político. "Tú eres la persona" le dijo el presidente Betancur antes de cualquier saludo formal. Era el 31 de agosto y el reloj no marcaba aún las doce del día. En la Casa de Nariño había el movimiento de rutina, apenas alterado por rápidas posesiones de nuevos funcionarios. Carlos Jiménez Gómez había concurrido allí para asistir a la posesión de Javier Ramírez Soto. Hacía mucho tiempo no veía a su viejo amigo Betancur. Las agotadoras jornadas de la campaña del uno y las actividades particulares del otro los habían mantenido un poco alejados. En pocos minutos, el presidente le explicó la necesidad urgente, ante la negativa de Fernando Hinestrosa de formar parte de la terna para elegir procurador, de reintegrarla en la tarde. La Cámara de Representantes debería realizar la elección al día siguiente.
Franco y abierto como es, Carlos Jiménez no lo dudó un minuto y aceptó la propuesta. Ausente de la vida política, le sonaba la idea de ser procurador y mientras transcurría el sencillo acto de posesión, empezó a buscar la forma de conquistar votos. Lo veía difícil, remota la posibilidad, porque no era muy conocido en los pasillos del Congreso. Sin embargo, en una sola jornada ordinaria y sin horas extras, el primero de septiembre a las ocho de la noche se produjo la elección: 152 votos sobre un total de 170. El país político no entendía lo que había sucedido, mientras el país nacional ni se daba por enterado. Esa mañana había hecho contacto, por teléfono y personalmente, con la mayoría de los parlamentarios que finalmente le dieron el triunfo. A la una de la tarde tenía ya 110 votos, cuando 86 hubieran sido suficientes. "Aunque yo no era un nombre totalmente desconocido, porque no he estado ausente de la vida nacional, mi capacidad de comunicarme con la gente y una serie de condiciones personales, indicativas de una veta humana, me dieron el puntaje. Además, la Cámara quería reivindicar sus fueros y su autonomía; la gente deseaba ver una cara nueva", afirma seguro de sí mismo, y con ese aire de camaradería que le imprime a todas sus conversaciones. Parece que estuviera retomando el hilo de un diálogo de vieja amistad.

LA BOCA DEL LOBO
Abogado de barandilla durante cerca de 30 años, Carlos jiménez ha pasado ahora del ambiente de los juzgados, de los "ires y venires" de los litigios, al despacho de la Procuraduría. Se ha metido en lo que muchos consideran "la boca del lobo", allí donde llegan los reclamos más serios, los problemas más graves de la administración. Pero es una boca de lobo que, para muchos está petrificada, una institución que ha perdido credibilidad, que se ha quedado atrás, enfrascada en largas investigaciones que apenas sí terminan en sanciones legales que caen en el vacío. Por estas razones, el nuevo procurador quiere introducir modificaciones, reorganizar la actividad de su despacho que, "como un barco varado en el siglo XIX, no consulta el ritmo de los tiempos, apegado a dispendiosas fórmulas procedimentales".
Con el ritmo paisa que no sólo ha tomado de la administración Betancur, sino que le viene a torrentes por su sangre antioqueña, Carlos Jiménez está empeñado en agilizar los trámites de la Procuraduría y en cambiar "la resolución legal por el contacto con la opinión ciudadana a través de los medios de comunicación. Para que la opinión pública se entere. La sanción social es mi programa. Si el procurador se para ante el país y denuncia, la sanción social tiene repercusiones inmediatas", dice convencido del papel que ha asumido y que le ha valido de algunos el apodo de "el justiciero".
Sentado en su despacho, al frente de una sencilla máquina de escribir que maneja diestramente con los hábiles dedos del "chuzografo", recuerda su origen modesto, las veleidades religiosas que lo tuvieron a punto de convertirse en cura y a sus compañeros de estudios y de farras juveniles de tango y aguardiente: Gonzalo Arango, el poeta nadaísta; Jaime Piedrahíta, el político anapista; Fernando Botero, el pintor. Con él ha conservado estrecho contacto y de él tiene en su oficina del centro de Bogotá uno de esos primeros bodegones donde ya se perfilaban las voluminosas formas y un extraño óleo del año 52, un Cristo que revela una fuerte influencia del muralismo mexicano. También ha traído de su propia casa, para decorar el discreto despacho de cortinas vinotinto, obras de Villegas y de Saturnino Ramírez. En medio de ellas, algunas aún en el suelo, y dentro de un ligero desorden, Carlos Jiménez habla de un doble plano vital, de su profesión de los códigos que son la realidad de la cual vive y de sus inclinaciones íntimas, la literatura, la poesía. Y súbitamente entusiasmado recita la estrofa de uno de sus poemas:
Anoche fué la fiesta de las copas,
me emborraché hasta el alba,
Filé y filé canastas de cerveza,
me di al amor con todos sus excesos.
Poesía de la realidad como él mismo llama, "estoy atento siempre a mantener bien mi equipo de vuelo como mi tren de aterrizaje. Se necesita estar en tierra para sobrevivir, porque ciertas responsabilidades no se pueden afrontar viviendo del cuento".
Sin embargo, ha ido haciendo, paso a paso, sus libros, un poco clandestinamente, robándole tiempo a su profesión, sin dejarse "colonizar nunca por los códigos" Así se han publicado "Colombia en el proceso del cambio", "Viejo y nuevo país", "Retrato de familia" y "Pedro Nel Gómez", mientras en un cajón espera aún para ser editado un libro de poemas, "Campesino en la ciudad".

EL PESO DE UNA CORDILLERA
De nuevo con el "tren de aterrizaje" sobre la inmediatez de los problemas nacionales, interrogado sobre el papel de la Procuraduría frente al MAS, afirma sin que le tiemble la voz: "estamos poniendo en marcha una serie completa de medidas para investigar al MAS. Pero al MAS lo veo yo dentro del contexto de la justicia privada. Es la corrupción de la vida nacional que resulta de una mentalidad que se vuelve cada día más de horda, desinstitucionalizada. Es toda justicia tentacular, calcada sobre un modelo que inicialmente se conoció así, bajo ese mote. MAS. Yo asumí tal investigación, porque veo que esa pesadilla del país necesita un veredicto confiable. Iré al terreno a buscar la realidad para decírsela al país, clara y sinceramente. Juré cumplir y hacer cumplir la Constitución y la ley". Y lo dice con energía, ratificando ese carácter de justiciero que muchos descubren detrás de sus palabras y de sus actitudes.
Carlos Jiménez Gómez, el abogado incisivo, el hombre cordial y abierto, el humanista con inquietudes de poeta, tiene hoy por hoy una de las tareas más difíciles de la administración pública.
La crisis que vive el país, que origina cada día más violaciones legales, ha puesto en sus manos no sólo la tarea de desenmascarar al MAS, sino también la obligación de adelantar investigaciones para identificar a los autores de delitos contra la economía nacional, y determinar si hay o no irregularidades en contratos de tanta magnitud como los de la TV por cable y el de concesión de explotación de carbón a la compañía norteamericana Marathon, además de asuntos tan delicados como los relacionados con la Armada Nacional y miles más que la opinión pública desconoce. Esa tarea fiscalizadora constituye su gran responsabilidad. "Esa responsabilidad, cuando me siento aquí en este despacho, me pesa como la cordillera de los Andes".

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