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| 8/9/1999 12:00:00 AM

EL NUEVO TIMONEL

El recién nombrado gobernador del Valle, Juan Fernando Bonilla, tiene el reto nada fácil de sacar <BR>a su departamento de una de las mayores crisis de su historia.

No se necesita ser un experto para darse cuenta de que el Valle del Cauca atraviesa por
una de las situaciones económicas más difíciles de los últimos 70 años. Con un desempleo galopante y un
aparato industrial prácticamente paralizado que afecta por igual a todos los sectores de la producción, el
departamento pide a gritos desde hace rato una intervención estatal seria que encuentre los mecanismos
necesarios para la reactivación económica.
Pero si en el plano económico la crisis ha entrado a cuidados intensivos, en el plano político estaba
sucediendo algo parecido. Desde que asumió su cargo como gobernador, Gustavo Alvarez Gardeazábal no
había hecho otra cosa que cuidarse la espalda ante la eventualidad de ir a la cárcel acusado de
enriquecimiento ilícito. Y cuando, en efecto, su detención se llevó a cabo, la gobernación entró en una
interinidad que _como suele suceder en estos casos_ dejó maniatado al gobernador encargado, Humberto
Alzate.
Por eso el nombramiento oficial de Juan Fernando Bonilla Otoya como sucesor de Alvarez Gardeazábal es un
paso decisivo en la tarea de devolverle al Valle la prosperidad de otras épocas. Por su trayectoria en el
sector privado, pero sobre todo por tener fama de ser un hombre competente y honorable a quien le gusta
vivir apartado de la politiquería, el nuevo gobernador reúne requisitos sólidos para cumplir la meta. Bonilla se
caracteriza por ser más técnico que político, una cualidad que, sin duda, será fundamental en un reto nada
fácil de sacar adelante.
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