Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/08/06 00:00

El testigo

El escritor Alonso Salazar cerró su ciclo de textos sobre el mundo del narcotráfico con ‘La parábola de Pablo’.

El testigo

En una epoca de ortodoxias y radicalismos el joven Alonso Salazar Jaramillo, nacido en el muy caldense municipio de Pensilvania pero criado en Medellín, descubrió que no tenía vocación ni de poeta maldito ni de militante de izquierda recalcitrante. Mientras estudiaba comunicación social en la Universidad de Antioquia se dio cuenta de que ninguno de estos extremos, en los que la vida siempre pendía de un hilo muy delgado, eran para él. Su rollo, su carreta, la encontró en las comunas de la zona noroccidental de la capital antioqueña. “Esos barrios tenían una energía muy poderosa”, recuerda hoy a los 41 años. En esos lugares descubrió, acompañado por sacerdotes embebidos de la teología de la liberación y de voluntarios de organizaciones no gubernamentales, su militancia social. Allí surgió su necesidad de construir ciudadanía y equidad.

A ella estaba dedicado cuando fue testigo involuntario del estallido de la violencia en las comunas. Quedar atrapado en una casa en medio de una balacera y, sobre todo, ver cómo mataron a un joven, verlo quebrarse, fueron imágenes que lo marcaron. Para Salazar también fue muy doloroso ver cómo los barrios en los que trabajaba se desocupaban mientras los cementerios se llenaban. Para sobrevivir a esta realidad tuvo que revestirse con capas protectoras de algo que no sabe bien cómo definir. No fue de fe en un sentido religioso porque, dice parafraseando a los abuelos, “soy más bien impío”. Luego, para exorcizarla, escribió No nacimos pa’semilla, una obra en la que se presentaba sin juicios ni ambages el fenómeno del sicariato entre los jóvenes.

Con este libro inició un ciclo de investigaciones y de relatos sobre el mundo del narcotráfico que cerró con La parábola de Pablo, su texto más reciente, en el que cuenta el ascenso, el auge y la caída de Pablo Escobar. Hace cinco años comenzó a organizar su base de datos sobre este personaje y al final lo que tuvo fue “un volumen tremendo de tragedias”. Luego se dedicó a buscar y a convencer de que hablaran a más de 60 personas, con sus testimonios reconstruyó la historia del narcotraficante más famoso del mundo. “Los temas de mis libros son fuertes y uno se pregunta por la utilidad de hacerlos. Aquí a veces ensayamos a olvidar las cosas y eso no nos ha funcionado. A mí me interesa la verdad histórica y sociológica, hacer una memoria útil para el país”, dice el comunicador desde su oficina en la Corporación Región, una organización que fundó a comienzos de los 90.

Salazar se resiste a olvidar todo. La fuerza de la memoria, la persistencia de los recuerdos, fue la que lo hizo abandonar su autoexilio de tres años en Bogotá y regresar a Medellín, donde “uno sigue caminando la calle como si fuera un pequeño pueblo”. El mismo donde encontró su vocación, donde se condenó a ser un optimista, donde descubrió la alegría de la música salsa y donde seguirá luchando porque, y recuerda la letra de una canción salsera, “este mundo no es para quedarse, pero no hay otro a donde mudarse”.

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