Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/03/26 00:00

Habemus príncipe

Pedro Rubiano Sáenz, el sencillo hijo de Cartago, Valle, es el nuevo cardenal colombiano.

Habemus príncipe

A las 4:20 de la mañana del 21 de febrero, mientras la mayoría de los colombianos dormía, muchos habitantes de Cartago no se despegaron del televisor. A esa hora el papa Juan Pablo II nombraba a Pedro Rubiano Pedrito, como lo han llamado desde siempre familiares y amigos cercanos como nuevo príncipe de la Iglesia.

El rumor que desde algún tiempo se escuchaba en esa ciudad del Valle del Cauca, se había convertido en una certeza el viernes 19 de enero cuando el Sumo Pontífice informó oficialmente que el arzobispo de Bogotá sería investido como cardenal. Ese mismo día sus hermanos Leopoldo, Lucía y Jorge y sus demás familiares llamaron para felicitarlo. No faltó quien, con el ánimo de bromear un poco, le preguntara: “¿De ahora en adelante cómo tendremos que llamarte?”. Pero él, con la sencillez de siempre, respondió: “Pedrito, como siempre me han dicho”.

El nuevo cardenal es el cuarto de los seis hijos de Pedro Rubiano y Tulia Sáenz, a quien le aprendió su devoción por Dios. Y no es para menos pues en la familia siempre consideraron a Tulia una santa, especialmente por su labor en la Casa del Pobre de Cartago.

Como suele pasarles a todos los niños, a Pedrito siempre le preguntaban qué quería ser cuando grande. Muy pequeño, en una media lengua que pocos entendían, siempre respondía: “Cu’a”. Años más tarde su vocación de monaguillo y el pequeño oratorio con el que adornó su cuarto confirmarían su respuesta. A los 12 años decidió que quería irse al seminario de San Pedro en Cali, de donde se ordenó sacerdote el 8 de julio de 1956.

De ahí en adelante se disparó su carrera. Además de estudiar filosofía en Popayán y teología en la Universidad de Laval en Quebec, Canadá, se especializó en catequesis en la Universidad Católica de Washington y doctrina social de la Iglesia en Santiago de Chile. Fue presidente de la Conferencia Episcopal en dos períodos consecutivos (1990-1993, 1993-1996) y arzobispo de Bogotá. Seis años transcurrieron desde su nombramiento como arzobispo de Bogotá, el 11 de febrero de 1995, hasta ser investido como cardenal, período en el cual se dedicó a realizar obras que contribuyeran a la paz. Por esta razón propuso la creación de la Comisión de Conciliación Nacional.

A pesar de sus ocupaciones y su investidura, siempre se las ha arreglado para poder dedicarle tiempo a su familia, especialmente en la finca de Santa Rosa de Cabal, Risaralda, donde desde niño siempre le gustó hacer excursiones con sus primos, montar a caballo y recoger guayabas. Aún hoy a sus 68 años, cuando viaja a Cali o a Cartago en busca de privacidad saca tiempo para hacer lo que más le gusta: montar en bicicleta, trotar, jugar fútbol con sus sobrinos, leer y escuchar música clásica.

Aunque en Colombia ante todo se le conoce por sus fuertes críticas desde el púlpito contra la guerrilla y la corrupción, en familia prefiere las anécdotas de infancia a los controvertidos temas políticos. Allí, en ese ambiente en el que se le conoce por su carácter reservado y callado, cuesta creer que Pedrito sea el mismo monseñor Pedro Rubiano que, para referirse a la entrada de dineros del narcotráfico a la campaña de Ernesto Samper, se hizo célebre por la frase “si a uno se le mete a la casa un elefante, tiene que verlo”.

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