Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2002/03/18 00:00

La dama del humedal

Ignacia de la Rosa Pérez es la Mujer Cafam 2002. Su amor por la ecología logró que se salvaran 200 hectáreas de manglares en Córdoba.

La dama del humedal

La vida de Ignacia Rosa Pérez siempre ha estado rodeada de manglares. Su padre era manglero en Los Secos, un pequeño corregimiento cercano a San Bernardo del Viento en Córdoba y ella creció en la casa paterna viendo volar los pisingos y las garzas que abundaban en la región. “En aquel entonces el manglero era considerado como un simple negro de los humedales y no se tenía ningún respeto por su trabajo”, recuerda. Después de estudiar en una escuela de Lorica encontró a su regreso que los estragos del cambio de desembocadura del río Sinú a comienzos de los 40 ya comenzaban a sentirse en toda la región. El mar se estaba metiendo a los cultivos y había devastado gran parte de la riqueza vegetal en varios municipios de la zona. No había más pisingos ni cultivos de yuca. Y la actividad del corte y aprovechamiento del manglar se vio seriamente restringida por las autoridades que esperaban frenar el desastre ecológico.

Fue en ese momento cuando Ignacia se convenció de que su lugar estaba al frente de la causa ecológica y comenzó a tocar puertas. Entonces, como ella misma recuerda, “me convertí en la loca del pueblo”. Pero esa locura hizo que la Corporación Autónoma de los Valles Sinú y San Jorge y el Inderena la escucharan. Y gracias a ello se entendió que los manglares tenían una muy buena regeneración si se les suministraba agua dulce a través de un sistema natural de caños. Eso significaba que la actividad de los mangleros no estaba condenada a desaparecer y que lo que había era trabajo por emprender. Con el apoyo de estas entidades y posteriormente del Ministerio del Medio Ambiente, Ignacia montó un programa de resiembra en la zona manglárica de la bahía de Cispatá que ha permitido la recuperación de 200 hectáreas arrasadas por la excesiva salinización de las aguas.

En esa empresa embarcó a más de 400 familias que además de contribuir a la construcción de los caños, encontraron una fuente de sustento en el aprovechamiento controlado del manglar. “Mi gran triunfo ha sido dignificar este oficio y darle al manglero un lugar en la sociedad. Mi terquedad y mi locura, finalmente, surtieron efecto”, dice.

Su espíritu ecológico le valió el premio Cafam a la Mujer de este año, pero ella dice que nada ha cambiado. Vive metida en los manglares y sigue buscando apoyo para su causa. Como buena costeña, le gustan la comida de su región y los vallenatos de Diomedes Díaz. A sus cinco hijos también les ha inculcado el amor por la naturaleza y se los lleva con frecuencia a trabajar en San Antero. Para relajarse, suele grabar y escuchar el sonido de la brisa y el mar que la devuelven a su infancia. “Soy como los manglares, confiesa. Dura como sus troncos, pero frágil si se descuidan”. Y ha pasado los últimos 30 años de su vida defendiéndolos.

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