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| 5/27/1985 12:00:00 AM

TRES EN UNO

Artista bohemio, jet setter y financista: el verdadero Botero

TRES EN UNO, Sección Perfil, edición 156, May 27 1985 TRES EN UNO
A los 53 años, Fernando Botero da más la impresión de ser un hombre de éxito que un artista. La imagen del bohemio de bluejeans tomando café y con un cigarrillo en la boca no es la de él. Parece ser más bien uno de los pocos que ha seguido el precepto de Thomas Mann de que los artistas deben vestirse como banqueros. Botero no sólo se viste de banquero, sino que vive como banquero o, mejor, como si fuera dueño de banco. Su vida transcurre entre un lujoso apartamento en Park Avenue de Nueva York, con Rolls Royce blanco a la puerta y cuadros de Vouillard, Rouault, Bonnard y Picasso en las paredes. O en su ateliel de la rive gauche en París, donde tiene obras de Rodin, Matisse, Balthus y Léger. O en su lujosa villa en la costa italiana, cerca de Carrara, donde trabaja sus esculturas. O en su hacienda sabanera de Cajicá a donde acude reverente y entusiasmada la élite de sus amigos. En Europa y Estados Unidos, fiestas con condesas, celebridades del jet-set, millonarios y artistas de cine. Pero la imagen que podría desprenderse de este estilo de vida sólo tiene una cierta validez, porque en realidad existen dos Fernandos Boteros: el hombre de mundo, frívolo y vividor, y el artista dedicado a su trabajo, obsesionado y perfeccionista. Aun cuando sale a flote la primera de estas facetas, se puede afirmar que en él prima la segunda. Sin importar en qué lugar del mundo esté Botero, trabaja casi doce horas diarias, sin excepciones: afirma nunca haber descansado un domingo, lo que lo ha convertido en uno de los pintores más prolíficos de la actualidad en el mundo. Su obra se acerca a 2 mil cuadros, y miles de dibujos, acuarelas y esculturas, cifras que muy pocos artistas, un Picasso por ejemplo, han superado, y no tanto porque pintara más, si no por su longevidad. Tiene a su haber 80 exposiciones individuales, cifra también récord para cualquier artista contemporáneo.
A esas dos personalidades atrayentes y contradictorias --la de personaje del jet-set y la de artista consumado--, podría sumarse una tercera, que lo diferencia de la mayoría de sus colegas: la de ser un habilísimo hombre de negocios. Frío y calculador como cualquier magnate, Botero no da paso en falso en materia financiera. Pinta un cuadro en un promedio de tres días. Pero su extraordinario talento artístico, según sus allegados, sólo es comparable a su talento en marketing y administración, con la particularidad de que lo que administra y promueve es a Fernándo Botero. Esta "autogerencia" es, en parte, el origen de la dimensión estratosférica a que ha llegado su prestigio y que tantos dividendos le ha producido, no sólo a él, sino a todos sus coleccionistas.
Los primeros $7 mil
Nada parecía augurarle esto a ese escuálido adolescente de Medellín, de familia distinguida pero paupérrima, que desafió las normas tomando la determinación de dedicarse de tiempo completo a la pintura. Esto, en el Medellín de los años 40, equivaldría a que un colombiano de hoy tomara la decisión de volverse astronauta. A los 20 años, con 7 mil pesos que ha ganado con los cuadros de su famosa exposición pintada en Tolú, decide irse a Europa, a seguir la vocación de bohemio en una buhardilla de París el ideal de todo pintor joven. Y, para ir llegando por etapas, pasa primero a Madrid, donde puede aclimatarse gradualmente. Allí, en una vitrina, ve un libro de Lionello Venturi, el gran crítico italiano. Y en él, una lámina con una obra de Piero Della Francesa "La visita de la reina de Saba a Salomón". Esa imagen cambia su vida y su carrera. Después descubre que el señor Della Francesca está influido por otro pintor que se llama Paola Ucello. Y que este, a su vez, ha sufrido la influencia de Domenico Veneziano... Así que decide no ir a París a cumplir la etapa de bohemio coma había soñado, sino a Italia, donde efectivamente encontrará su inspiración. El arte, que hasta ese momento era empirismo, se transforma ahora en una ciencia. Allí encuentra a Masaccio, y a Giotto, y en general, toda la pintura italiana que ama, desde los primitivos en adelante... De allí, consecuentemente, proceden sus gordas.
La afinidad lo lleva a estudiar esta pintura sistemáticamente. En eso pasa dos años y medio, antes de regresar a Colombia. La etapa siguiente será México, el México de Rivera y Orozco. Y después su exposición en la Unión Panamericana de Washington. A los 25 años se casa con Gloria Zea. Tendrán tres hijos: Fernando, que hoy es un hombre de negocios y tiene 28 años; Lina, de 26, actriz y presentadora de radio y televisión; y Juan Carlos, de 24, que escribe ahora su primer libro. Se van a vivir a Nueva York, donde el pintor vive paupérrimo y tratando de vender cualquier dibujo por 10 dólares. El matrimonio con Gloria durara siete años.
Un día, en Nueva York, un crítico alemán lo descubre, le gusta su obra. "Déme tres cuadros --le dice--; los llevo a mi pais y allí se los vendo". Luego le pide otros tres: se están vendiendo fácil. Ahora ya es una exposición, en Baden-Baden: su primera individual importante e internacional es un éxito. En Alemania, inesperadamente, las revistas le dan carátula. Pero en el Nueva York del arte abstracto nadie se fija en él. En cambio un marchand inglés decide, promoverlo en Londres. Y después de Londres sigue París. Entonces, sólo entonces, después de triunfar en Alemania, Francia e Inglaterra, los norteamericanos se interesan por su obra. Botero entra por la puerta grande: nada menos que Frank Lloyd Wright, el arquitecto número uno, lo defiende y elogia. Así comienza su vinculación con la galeria Marlborough, regentada por un pariente de Lloyd Wright. Allí, Botero tiene lugar especial entre la crema y nata del arte mundial: Bacon, Tamayo, Henry Moore... La relación se mantiene en un gentlemen's agreement, del que no se conocen los términos, pero se sabe que usualmente esta galería trabaja sobre comisiones del 50%.
Un año después de la separación de Gloria Zea, Botero se casa con Cecilia Zambrano. Nace Pedrito Botero. Alguien escribió: "Botero se proyecta en su pintura y felizmente entró en ella un juego infantil. El paso fue fugaz y dejó escrito su nombre en el agua: Pedrito". Alegria también fugaz, que termina en tragedia: en España, en un accidente automovilístico, Pedrito muere a los 4 años de edad. Botero y Cecilia se separan un año más tarde... En el 73, Botero se va a vivir a la Cité, en París. Tres años más tarde conoce a Sophie Vari sobrina de Karamanlis, quien fuera Primer Ministro de Grecia. Con ella ha mantenido una armoniosa y afable relación durante los últimos diez años. Hoy, Botero es a Colombia en pintura, lo que Gabo es en literatura y Puyana en música: ellos son los tres colombianos que en su campo le han dado brillo internacional al país. Sus 25 cuadros de la exhibición en Marlborough se vendieron en su totalidad, a precios que van desde los 100 a los 200 mil dólares. Y pensar que todo comenzó cuando el aprendiz de torero convertido en pintor vendió su primera acuarela en el almacén de Rafael Arango, en Junín con la Playa, en Medellín, por dos pesos... que su primer cuadro lo vendió a un señor que se llamaba Jorge Rodríguez, a través de la galería de los Rubio, en Bogotá, por sólo $120.--

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