Sábado, 21 de enero de 2017

| 2001/02/12 00:00

Una vida, mil colores

En el Museo Reina Sofía, de Madrid, se exalta la obra de Débora Arango, destacada pintora antioqueña.

Una vida, mil colores

Cuando estudia- ba en el colegio de las salesianas Débora Arango pintaba tan bonito que algunas compañeras le pidieron que les diera clases. Una hermana italiana que enseñaba allí le dijo a su mamá que debía estar con los adultos porque con los niños de su edad estaba desperdiciando el tiempo. Entonces la mandó a Bellas Artes donde, en 1933, inició sus estudios con Pedro Nel Gómez y Eladio Vélez. En 1946 se obsesionó por profundizar sobre la técnica del mural y viajó a México. “Cuando iba para Colombia con tres de mis cuadros enrollados en la mano no me querían dejar salir porque creían que eran de Orozco. Unos amigos tuvieron que ayudarme para que me permitiera viajar”. Una serie de escándalos han llenado de sobresaltos su vida artística. Alguna vez las señoras de la Liga de la Decencia llegaron donde el arzobispo para ponerle la queja de que sus cuadros escandalizaban a la opinión pública. Era una época en la que las señoritas pintaban paisajes y bodegones pero Débora se inclinaba por los desnudos y por recrear un lenguaje existencialista con palabras duras contra la violencia y las injusticias sociales. Animales monstruosos que se pelean la bandera nacional, perros, cerdos y seres insólitos desfilan en sus cuadros como símbolos de la ambición de poder. Ha pintado monjas, presidentes, prostitutas, ricos y pobres. El maltrato de la mujer y su sufrimiento la impresionaron hondamente. Muy joven viajó con su mamá a Puerto Berrío y vio una cantidad de hombres encerrados en condiciones infrahumanas en una casona. No aguantó las ganas de acercarse y preguntar qué les sucedía. “Estaba apareciendo la guerrilla y los tenían encerrados con hambre y sed. Los subieron al tren y yo los dibujé como los vi, como si fueran ganado. Estaban tan débiles que no podían sostenerse en pie y se regaron en el suelo”. En esta obra de los años 40, titulada ‘El Tren de la muerte’, plasmó los comienzos de la violencia. Cuando Jorge Eliécer Gaitán era ministro de Educación del gobierno de Eduardo Santos la invitó a exponer en el Teatro Colón de Bogotá. Un amigo de la artista le contó que había una agria discusión en el gobierno por la exposición y que Gaitán la había defendido diciendo que apostaba a que en el país no había una pintora que la igualara. Pero no siempre contó con el respaldo de los poderosos. A mediados de los 50 el general Francisco Franco le hizo bajar de súbito una exposición que estaba siendo muy visitada en Madrid. La muestra que montó en la Casa Mariana, en Medellín, coincidió con el ascenso al poder del general Gustavo Rojas Pinilla. “Cuando vimos que el dictador tomaba el poder corrimos a bajar los cuadros por el temor de que les pasara algo”. Vive con su hermana Elvira en Casablanca, una acogedora estancia a la entrada de Envigado, que ha sido de su familia por más de 130 años. Hoy día su nombre ya no es polémico puesto que es reconocida como una figura de primer orden en la historia del arte colombiano. Ahora, cuando el franquismo y la dictadura de Rojas son cosa del pasado, ha sido invitada a participar con varias de sus obras en la exposición de arte latinoamericano Visiones del Sur, en el Museo Reina Sofía de Madrid. Un presente feliz para una mujer que no llegó allí como resultado del azar sino de una vida de lucha dedicada a defender sus convicciones.

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