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| 10/15/2001 12:00:00 AM

Voz del pueblo

La antioqueña Eulalia Yagarí lucha por la autonomía de su comunidad embera.

La familia de los emberas se creó cuando el viento escupió el tiempo y nació el primer hombre. Y ese hombre creó a Caragabí, su dios tutelar. En medio de este dios de sus ancestros, poético y cosmogónico, y el Dios católico heredado de las hermanas Lauras, misioneras que cumplían su labor en Cristianía, al suroeste de Antioquia, nació Eulalia Yagarí, una mujer de 1,40 metros de estatura pero con unas agallas inmensas para enfrentarse al medio de los blancos y asumir la defensa de su raza.

En 1983 comenzó su lucha como profesora en la escuela de Cristianía. Por seis años se dedicó a sembrar en los niños el orgullo de su origen, los cantos ancestrales, la cultura de la madre tierra y el respeto por sus gobernadores y cabildos, incluso en contra de la opinión de algunos padres, que estimaban que estaba devolviendo a sus hijos a la época del descubrimiento. Trabajó con el mismo empeño en lograr que sus alumnos fueran sabios y en hacer que los atendieran para mejorar su salud.

Un día esta actividad se volvió casi imposible. Encontraba demasiada resistencia. Así que decidió metérsele a la política. Esta decisión coincidió con que en 1991 la nueva Constitución abrió una ventana para los pueblos indígenas. Les reconoció lo que se les había negado durante cinco siglos: el respeto por su cultura, su lengua, porque ella también es fundamento de la nacionalidad.

Esta apertura y su potencial entusiasmaron a Eulalia y la instaron a hacer valer en la práctica lo que ya constaba en la Carta Magna. Y es así como sin más campaña que su esfuerzo y el de quienes creen en su liderazgo, ha sido elegida por tres períodos consecutivos diputada en la Asamblea de Antioquia. En la última elección, hace casi tres años, obtuvo 45.000 votos.

“Nosotros los indios no somos de nadie. Somos de nosotros mismos y de nuestra propia historia. Queremos defender nuestro pensamiento, nuestra tierra, nuestra autonomía de gobierno. Ya no queremos ser más ratones de laboratorio o utilizados por uno u otro bando violento. Queremos estar unidos y respetarnos y ser respetados como la tercera población étnica de este país”, afirma Yagarí ahora que se siente fortalecida. Habla de su pueblo de los emberas, unas 70.000 personas, que viven en 10 departamentos.

Cada día esta diputada se reúne con los indígenas de los resguardos o se entrevista con los alcaldes, gestiona recursos ante el gobierno o una organización civil, pide seguridad para su gente perseguida o en riesgo. También le dedica tiempo a sus dos hijas, Patricia, de 20 años, que estudia derecho, y Marcela, de 17 años. Ellas dicen que apoyan a su mamá para darle fuerza pero que no se meten en su política. Y fuerza necesita para afrontar las malas noticias, secuestros, desapariciones y muertes de tantos líderes embera. Está el caso más dramático, el del querido y respetado jefe Kimi Pernía Domicó, secuestrado al parecer por las autodefensas y de quien no se sabe nada hasta ahora pese a las marchas y a la presión internacional para encontrarlo.

Ahora Yagarí quiere llegar más lejos, quiere llevar la vocería de un pueblo digno a la Cámara de Representantes. Y, si lo logra, no será sólo un triunfo suyo sino uno de su pueblo y de ese nuevo país que quiere hacerles campo a todos con mayor tolerancia por las diferencias.
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