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| 2/26/2010 12:00:00 AM

Las nuevas encrucijadas de Álvaro Uribe

¿A quién le hará el guiño para que recoja sus banderas? ¿Se retirará de la política, o al contrario, estará tras bambalinas de un nuevo Gobierno? ¿Recuperará el tiempo perdido y terminará su Gobierno arriba en las encuestas?

La decisión de la Corte Constitucional de declarar inexequible el proyecto de referendo reeleccionista no sólo le puso fin por vía legal a la encrucijada del alma del presidente Álvaro Uribe, sino que saca al país de uno de los limbos más grandes de su historia, en que se sumió a lo largo de casi dos años, no sólo en materia política, sino en muchos más ámbitos de la vida nacional.

Para el mandatario, el no de la Corte a la única posibilidad que le quedaba a Uribe de aspirar a un tercer período significa el fin de una aspiración que si bien nunca reconoció en público, tampoco parecía disgustarle. De hecho, jamás desautorizó las iniciativas puestas en marcha para pretender la reelección. Incluso, a pesar de que algunas de ellas estuvieron viciadas hasta el punto de terminar en los tribunales, como sucedió con el financiamiento de la principal de ellas.

Ahora, sin otra alternativa que aceptar el mandato de otra de las ramas del poder público, Uribe deberá tomar, sin pausa, una serie de decisiones que pondrán a prueba, más allá de su reconocida capacidad de trabajo, el grado de asertividad para marcharse del poder con altos índices de popularidad y, a la vez, tratar de garantizar la vigencia de las dos principales banderas de sus ocho años de gobierno: la seguridad democrática y la confianza inversionista.

Aparte, deberá ingeniarse alguna fórmula para mantener el blindaje de subalternos y aliados que ha conseguido para ellos a lo largo de sus años de gobierno. Ellos – ministros, altos funcionarios y compañeros de tarea política - han podido salir increíblemente bien librados de escándalos, errores y fracasos, amparados en el efecto teflón de Uribe.

En ese sentido, la primera de esas decisiones trae consigo una nueva encrucijada, no menos difícil que la que llevaba entre pecho y espalda hasta este martes: dar con un sucesor que siga esas tareas, pero que, antes que nada, gane las elecciones presidenciales, para las que faltan menos de 100 días.

Para eso, deberá esperar al menos hasta que se cumpla la consulta conservadora del próximo 14. No es un secreto la simpatía y el respaldo de Uribe con la aspiración de Andrés Felipe Arias y la distancia que ha tomado frente a Noemí Sanín. Si Arias gana (los sondeos dicen otra cosa), deberá entrar en otra encrucijada: ¿Andrés Felipe Arias o Juan Manuel Santos? Y en el caso de una eventual fórmula conformada por los dos, a nadie le queda duda que el guiño presidencial inclinaría la balanza.

Pero mientras la intensa agenda política lo apurará (falta ver si el no al referendo significa también un golpe anímico en las huestes uribistas en las elecciones del 14), el Presidente deberá aprovechar al máximo los cinco meses de gobierno para poner al día temas que, en muchos casos, se postergaron o sufrieron notables retrasos en su marcha por lo que sus opositores llamaron “el embeleco del referendo”.

Algunos de ellos no sólo son urgentes sino muy importantes. Por ejemplo, el TLC con Estados Unidos. Pese a la intención de su homólogo Barack Obama de que se apruebe, el Tratado sigue enredado por un tema que por encima de la convicción del Gobierno nacional y de sectores de la economía nacional sobre la urgencia del mismo, parece tener demasiado peso para atravesarse en el camino: la violación de los derechos humanos. Uribe no querrá irse sin TLC, pero…

En el vecindario, lo peor que podría pasar es que los problemas con Hugo Chávez y las relaciones, aún si restablecer, con Ecuador, se mantengan iguales. Pese a que es más fácil concretar los atisbos de solución con Rafael Correa, el Presidente sabe, como lo sabe Chávez, que el tema de los enfrentamientos está costando caro en todos los aspectos. Y no sería tampoco prudente dejarle a su sucesor el que muchos llaman un auténtico ‘chicharrón’.

En el campo nacional, el tema de la emergencia social exige, más ahora, soluciones prontas y efectivas. Como lo reconocieron allegados al Gobierno, el daño causado por la improvisación, o “chambonadas” de la ley, a la imagen presidencial y al balance de su administración de ochos años, está aún por evaluarse. Uribe tampoco quiere marcharse dándoles la razón a sus críticos sobre el fracaso de su política social, pero parece tener poco tiempo para enmendar.

Hay otros asuntos como resultados a la exigencia hecha a la Fuerza Pública de nuevos golpes a la guerrilla, el creciente problema de las bandas armadas y los altos índices de inseguridad en las grandes ciudades, la liberación de los secuestrados por parte de las Farc sin ceder un centímetro, la disminución del desempleo y otros más, que significarían saldos en rojo a la hora de su partida.

¿Consecuencias, algunos de ellos, de la excesiva atención prestada a una causa perdida como lo fue la del referendo? Quizás no del todo, pero sí afectados, de un lado, por el tiempo perdido en debates, a todas luces hoy, estériles. Y del otro, por recursos que se destinaron a la búsqueda de la solución de problemas, a la vez que pretendían ganar audiencia para la nueva reelección.

Pero quedan otras preguntas de cara a esta nueva era: ¿cómo asumirá Álvaro Uribe su condición de presidente en camino a ser ex presidente? Él, que es un ganador nato, ¿lo contempla como una derrota y se convierte ella en un aguijonazo para buscar la revancha en 2014? ¿Se convertirá en el poder detrás del trono en los cuatro años a venir, siempre y cuando, claro está, su sucesor sea uribista? ¿O encabezará la oposición si las mayorías deciden confirmar la teoría del péndulo? Esas son otras encrucijadas que llegarán a medida que se cumplan los términos personales de un hombre que, todos lo saben, no se irá fácil del escenario político nacional.


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