Sábado, 21 de enero de 2017

| 2005/02/28 00:00

El fin de una era

Aunque Juan Pablo II sobreviva no podrá ejercer su pontificado y el tema de la sucesión ya está sobre el tapete

El fin de una era

La angustia se propagó el jueves por el mundo católico como un viento helado. El papa Juan Pablo II había sido llevado de vuelta a la clínica Gemelli, por una recaída en su afección gripal. Dos semanas antes había sido dado de alta tras una permanencia de 10 días en cuidados intensivos, y ahora estaba de regreso, de nuevo con graves problemas para respirar, provenientes de la combinación de sus problemas virales con el avanzado mal de Parkinson que lo aqueja desde hace varios años.

Como de costumbre, alejar al Sumo Pontífice del cumplimiento de sus deberes fue una odisea. El martes el Santo Padre había recibido al primer ministro de Croacia, pero afectado por espasmos en la laringe no logró hablar en su aparición ante los fotógrafos. Y el miércoles, inhabilitado para recibir personalmente a sus fieles, realizó la primera audiencia papal virtual mediante un circuito cerrado de televisión y una pantalla gigante instalada en una sala del Vaticano. Aunque habló en siete idiomas, el acto tuvo una duración mucho más corta de lo habitual.

El jueves el Papa, de 84 años, estaba empeñado en presidir una ceremonia en la que aprobaría varios decretos de santificación, pero el secretario de Estado de la Santa Sede, el cardenal Ángelo Sodano, consiguió reemplazarle. Pocos minutos después su condición se agravó y fue conducido por orden de sus médicos en una ambulancia hasta el centro asistencial. La preocupación de millones de fieles alrededor del mundo alcanzó su nivel más alto cuando se supo que el Papa estaba siendo sometido a una operación para practicarle una traqueotomía. El procedimiento era necesario para que el Santo Padre, afectado por una inflamación en la parte alta de las vías respiratorias, pudiera volver a respirar sin dificultad.

El viernes el vocero del Papa, Joaquín Navarro Valls, anunció a los millones de católicos en el mundo que el Sumo Pontífice estaba en recuperación. Entonces un detalle pasó inadvertido para la gran mayoría de medios en el mundo. Entre las pruebas para mostrar el estado de conciencia y recuperación de Juan Pablo II, Navarro Valls dijo que escribió una nota que decía: "Yo estoy siempre 'totus tuus", una frase simple de un profundo significado.

Cuando fue elegido, Juan Pablo II puso en su escudo papal la cruz, como símbolo del sufrimiento de Cristo, y en uno de los extremos, una M, para demostrar su profunda devoción y entrega a la Virgen María, y que el suyo sería un papado mariano. Y agregó a un lado del escudo: "totus tuus": todo tuyo. Por eso, con la frase que aparentemente escribió el Papa quiso demostrar que, a pesar de su estado de salud, sigue estando lúcido y racional, y que no renunciará ni dejará a un lado su misión como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.

Al comienzo de su reinado, Juan Pablo II afirmó que comprendía que el verdadero camino de un Papa era el sufrimiento. Y es que, por encima de todo, como dijo a SEMANA el prestigioso vaticanista italiano Gian Carlo Zizola, "Juan Pablo II es un místico que entiende el sufrimiento como parte fundamental de su misión". De ahí que considere que su estado de salud es menos importante que el cumplimiento de su deber. Como narró recientemente Pilar Urbano en El Mundo, el Papa rechaza cualquier insinuación de que descanse. "La Iglesia no necesita un Papa que se reserve y dure. La Iglesia necesita un Papa que se consuma y se gaste en su misión. Sépalo, yo no tengo derecho a cansarme", le dijo a un ayudante bienintencionado. Por eso Juan Pablo II no acepta tomar drogas que le quiten conciencia, aunque puedan disminuir los síntomas del Parkinson. Para quienes han seguido de cerca el misticismo de Juan Pablo II, este podrá estar muy enfermo, pero seguirá a cargo del gobierno de la Iglesia hasta su último suspiro.

Sin embargo, los hechos de las últimas semanas hacen inevitable pensar que el papado de Juan Pablo II ha llegado, en la realidad, a su fin. Ya nadie piensa que pueda ser posible su viaje previsto a Canadá, México y Guatemala entre el 23 de julio y el 2 de agosto. El Papa tiene además de su problema de Parkinson, una traqueotomía que le resta esperanzas de volver a hablar algún día. Muchos sostienen que desde hace meses el poder de los prelados de la Iglesia ha crecido en la misma medida en que disminuyen las capacidades del Sumo Pontífice.

De ahí que las miradas se hayan centrado en sus colaboradores más intimos, los amanuenses que han asumido un papel muy cercano al poder en la Santa Sede. Muchos han reclamado de ellos mayor transparencia y sostienen que el verdadero estado de salud del Santo Padre es un misterio y que de ellos depende que el Papa siga empeñado en continuar al frente de la Iglesia, aunque ello sea evidentemente imposible.

El primero de esos hombres es el más desconocido. Se trata del arzobispo Stanislav Dziwisz, su secretario personal desde 1966, el hombre que desde entonces es su compañero más fiel y quien lo sujetó en sus brazos tras el atentado de Alí Agca el 13 de mayo de 1981. Duerme en una habitación contigua, en tiempos normales concelebra la misa en las mañanas con el Papa, y es el intérprete no cuestionado de sus deseos. Con frecuencia es él quien termina las homilías, con la fórmula "Su santidad lo quiere". Aunque no se trata de un personaje con gran vuelo intelectual ni doctrinario, Dziwisz se ha convertido en el intermediario entre la poderosa curia romana y el Sumo Pontífice. Y durante su enfermedad, sólo él ha tenido acceso ilimitado a su compañía.

También se menciona con insistencia a tres personajes. Son el cardenal italiano Ángelo Sodano, el secretario de Estado de la Santa Sede, quien está reemplazando a Juan Pablo al frente de los asuntos cotidianos del Vaticano aunque no puede nombrar cargos ni emitir documentos del magisterio; el cardenal alemán Joseph Ratzinger, el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (antiguamente la Inquisición) y un seglar: el vocero Joaquín Navarro Valls.

Los historiadores han siempre afirmado que Juan Pablo II no se ha ocupado mucho del gobierno cotidiano de la Iglesia (los innumerables viajes no le han dejado tiempo) y dicen que de ello proviene el poder de Sodano, el misterioso secretario de Estado del Vaticano que fue nuncio apostólico en Chile durante la dictadura de Augusto Pinochet y cercano amigo de éste.

Ratzinger, desde su poderosa posición, ha controlado la doctrina de la Iglesia durante los últimos 23 años. Como guardián de la fe, escribe documentos que se supone reflejan la posición del Santo Padre. El 6 de agosto de 2000, con Dominus Iesus, documento en el que proclamaba que sólo en Dios estaba la salvación, despertó una tormenta de críticas de altos prelados que esperaban que Juan Pablo II suavizara el tono del documento. Pero el Papa dijo que el texto había sido "querido por él y aprobado de forma especial". Ratzinger, a quien muchos incluyen entre los papabili (ver siguiente artículo), representa con frecuencia al Santo Padre en actos oficiales.

Y Navarro Valls es un personaje insólito por cuanto es un seglar, periodista para más señas, en la cúpula de la Iglesia. Fue durante años corresponsal en el Vaticano del diario conservador ABC, y se dice que es el representante clave del Opus Dei, institución a la que pertenece desde hace más de 40 años, en el papado de Karol Wotjyla. Junto a ellos se menciona mucho a los cardenales Dionigi Tettamanzi y Giovanni Battista Re.

Lo cierto es que, sobreviva o no a sus últimas crisis de salud, el reinado de Juan Pablo II ya terminó para todos los efectos prácticos. Al cierre de esta edición Sodano anunció que no se descartaba la posibilidad de una renuncia, pero que ello correspondía a la "conciencia del Santo Padre". Mientras ello no ocurra, esos hombres manejarán los destinos de la Iglesia Católica.

Mientras tanto el Vaticano, sin reconocerlo, se prepara para comenzar el tortuoso proceso de elección del nuevo Papa, que se iniciará 15 días después de la muerte del Pontífice. El Cónclave, la hermética reunión de cardenales electores, deberá decidir el rumbo de la Iglesia. Y, por supuesto, ya se habla de los principales papábili (posibles papas) que conducirán al catolicismo por la senda del siglo XXI. n

Un libro oportuno

Mientras su autor se debatía contra la enfermedad y la vejez, fue presentado en Roma el libro Memoria e identidad, conversación entre milenios, que bien podría convertirse en el testamento ideológico de Juan Pablo II. En su presentación estaban, cómo no, Ratzinger y Navarro Valls. Allí contaron que la obra surgió en el verano de 1993 siguiendo los pasos de las conversaciones humanísticas que cada dos años se realizaban en la residencia de verano del Papa en Castel Gandolfo, y a las cuales Karol Wojtyla invitaba unos 20 estudiosos de diferentes partes del mundo.

Según la historia, ese verano el Papa se tomó el tiempo para "dedicar tres o cuatro días" a una conversación privada y excepcional con dos filósofos polacos: Josef Tischner e Krzysztof Michalski. El propósito era obtener "consideraciones globales de la historia del siglo XX".

El resultado original era en realidad de 400 paginas que Tischner quería que fueran publicadas integralmente en ese momento, pero el Pontífice insistió para conservarlas en el armario porque no quería que salieran impregnadas de la emoción del momento. Estos 10 años, efectivamente, le sirvieron a Wojtyla para corregir "la carpetica amarilla", como la bautizó.

En el primer capítulo, 'El límite impuesto al mal', el Vicario de Cristo afirma que en el transcurso de los años se ha convencido de que "las ideologías del mal están profundamente ancladas en la historia del pensamiento filosófico europeo". Según el Papa, antes de la revolución de René Descartes (1596-1650), la filosofía, en particular la de Santo Tomas de Aquino, ponía el ser (esse) al centro. Con el famoso enunciado Cogitos, ergo sum (pienso, luego esisto) se redujo la filosofía a una ciencia de puro pensamiento. Dios dejó de estar al centro de todas las cosas.

Como consecuencia, "si el hombre puede decidir por su cuenta, sin Dios, lo que está bien y lo que está mal, él puede también disponer que un grupo de hombres deba ser destruido. Decisiones de este tipo fueron tomadas durante el Tercer Reich por personas elegidas democráticamente", subraya .

En el capítulo 'La enseñanza de la historia reciente' se lee que "si de un lado Europa da muestras de un proceso de evangelización, de otro lado son también muy fuertes las corrientes de antievangelización". Estas, insiste Juan Pablo II, "desestabilizan las bases de la moral humana, involucrando la familia y propagando el permisivismo moral : los divorcios, el amor libre, el aborto, la anticoncepción": por supuesto no deja de mencionar la manipulación genética.

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