Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2004/11/08 00:00

Ganó el Sheriff

"Pasó lo del caballo de Atila. Porque no ganó el jinete, ganó el caballo". Por Antonio Caballero.

Ganó el Sheriff

El muy despreciado George W. Bush no se limitó a ganar su reelección presidencial en los Estados Unidos: arrasó. Venció a su contrincante en casi todos los estados de la Unión, le cogió una ventaja de más de tres millones de votos y obtuvo la votación más alta que haya tenido nadie en la historia de los Estados Unidos. Consiguió por añadidura aumentar las mayorías que ya tenía su partido, el Republicano, en la Cámara y en el Senado. Y con eso no tendrá ningún problema para que sean aprobados sus propios candidatos a la Corte Suprema, donde unos cuantos magistrados octogenarios están a punto de morir.

Así que Bush, el despreciado y denostado George W. Bush, es dueño ahora de los tres poderes contrapuestos soñados por Montesquieu: el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial. Y han quedado vueltos ciscos los controles y equilibrios -checks and balances- diseñados por los Padres Fundadores de la Constitución norteamericana para impedir el advenimiento de una dictadura electiva. Bush, que lleva tres años comportándose como un dictador, ha recibido ahora la legitimación de su dictadura.

Porque, como es de sobra sabido, hace cuatro años no ganó las elecciones, sino que las perdió. Con la ayuda de su hermano Jeb Bush, gobernador de la Florida, y de la mayoría conservadora de la Corte Suprema, fue sin embargo proclamado presidente. Y al cabo de un año, al socaire de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington, perdió todo recato y empezó a gobernar los Estados Unidos, y el mundo, tal y como le daba la gana. Poco importa que ahora las elecciones norteamericanas hayan sido otra vez, como lo son desde hace muchos años, una farsa televisiva y comercial en la que sólo cuentan la publicidad y el dinero: su rival demócrata tenía los mismos recursos y usaba los mismos métodos. Lo que cuenta es el resultado, que consiste en que Bush ganó de sobra. Y en consecuencia puede seguir gobernando tal y como le da la gana. Puesto que una considerable mayoría de los votantes norteamericanos, en unas elecciones con una participación ciudadana considerablemente más alta que la habitual (60 por ciento), acaba de mostrar que le gusta que Bush gobierne tal y como le da la gana: tal y como lo ha hecho estos últimos tres años.

Con pésimos resultados, objetivamente hablando. Su guerra contra el terrorismo ha multiplicado el terrorismo. Su guerra de Afganistán aniquiló Afganistán, y lo entregó a los 'señores de la guerra' que en sólo dos años volvieron a convertir el país en el principal productor de heroína del mundo. El emir Osama Ben Laden, que era un personaje algo ridículo, se volvió el hombre más importante del planeta. La guerra de Irak, que iba a ser ganada en quince días, destruyó Irak, sí: pero se ha convertido en un tremedal sangriento que cuesta cada día más en vidas y en dinero (sin hablar de que los pretextos que adujo
Bush para emprenderla han resultado falsos). El petróleo, que iba a bajar de precio gracias a esa guerra, ha saltado al doble: casi sesenta dólares por barril. Como consecuencia de la declaración unilateral de esta guerra, los Estados Unidos se quedaron prácticamente sin aliados en su ámbito natural, que es Occidente. Rompieron con la ONU, y con lo que el desdeñoso secretario de Defensa norteamericano llamó "la vieja Europa"; Francia y Alemania. Por otra parte, se enfrentaron con el mundo entero por su negativa a firmar el protocolo de Kyoto para evitar el calentamiento global, y por su negativa a participar en el Tribunal Penal Internacional, y por su negativa al acuerdo contra las minas antipersonales, y por su negativa a los pactos de no proliferación nuclear.

En lo interior, los logros de Bush han sido todavía más catastróficos. Ha hecho que se alcance el déficit fiscal más alto de la historia de los Estados Unidos (después de haber recibido de su predecesor el más alto superávit). Ha conseguido ser el primer presidente, desde la Gran Depresión del año treinta, que destruye empleo en vez de crearlo. Ha logrado que hasta los propios ricos protesten por los exagerados recortes de impuestos a los ricos: hace dos años firmaron una carta encabezada por Bill Gates, el hombre más rico de los Estados Unidos, pidiéndole que reconsiderara una política que estaba generando una oligarquía hereditaria contraria a la tradición norteamericana de la igualdad de oportunidades.

Y en cuanto a las libertades individuales y los derechos humanos, piedra angular de las instituciones de los Estados Unidos y su principal contribución a la civilización universal, Bush los ha destruido casi sin encontrar oposición, en nombre del patriotismo. La Ley Patriota (Patriot Act) y la decisión unilateral de declarar por fuera de las convenciones internacionales de Ginebra a los sospechosos de terrorismo (con las consiguientes torturas en las cárceles militares de Irak, de Afganistán y de la base de Guantánamo) han puesto a los Estados Unidos al margen de las naciones civilizadas que, con la notable excepción del Estado de Israel), habían renunciado (verbalmente al menos) a la tortura desde los tiempos de la Revolución Francesa, hace más de dos siglos.

Con todo eso ha arrasado Bush, como arrasó en las elecciones. Las cuales le dan ahora la legitimidad necesaria para seguir arrasando el mundo. Como el caballo de Atila, bajo cuyos cascos, según es fama, no volvía a crecer la hierba.

Bush arrasó en las elecciones, y en consecuencia seguirá arrasando el mundo, por la sencilla razón de que su manera de gobernar coincide con los 'valores morales' (moral values), con los nuevos valores morales que inspiran a la mayoría de sus compatriotas. Que son nuevos en el sentido de que sólo ahora son dominantes, pero se remontan al siglo XIX y a la conquista del salvaje Oeste. Son los valores, exaltados por las películas de Hollywood, de la violencia y del miedo. Violencia contra los otros. Y miedo de los otros. Los valores que predican por una parte los telepredicadores religiosos del fundamentalismo cristiano, en particular evangelista (Pat Roberson, Billy Graham), y por la otra los 'neo-cons', los neoconservadores de la ultraderecha republicana: Huntington, Fukuyama, Krauthammar. Que son exactamente los valores contrarios a los sostenidos por quienes hicieron de los Estados Unidos un faro de esperanza para el mundo. Desde los 'peregrinos' del barco 'Mayflower', que huían de la intolerancia religiosa de Europa para buscar la libertad espiritual, pasando por los 'padres fundadores' de la Declaración de Independencia y de la Constitución (Jefferson, Franklin, Madison), hasta Roosevelt: ese que, en su discurso de posesión como presidente en plena Depresión económica de los años treinta, decía: "Lo único a lo que debemos tenerle miedo es al miedo mismo".

Las consecuencias de la victoria de Bush serán aún peores de lo que hasta ahora hemos visto. Para el mundo y para los propios Estados Unidos.

Para el mundo. La 'doctrina Bush' del ataque preventivo contra cualquier posible enemigo -una variante de esa 'defensa propia' que, según Spengler (creo) le permitió a Roma conquistar el mundo- va a conducir a una espiral creciente de guerras en medio mundo, empezando por Irán y por Siria. Guerras del petróleo y guerras 'antiterroristas' (que inevitablemente fomentarán el terrorismo).

En esto, sin embargo, hay un límite, que es el de la capacidad de los Estados Unidos para mantener varias guerras a la vez. Tecnológicamente no hay problema: desde las bombas 'inteligentes' hasta las termonucleares. Pero las guerras de conquista implican además la ocupación del país destruido, y como lo demuestra el caso de Irak, eso requiere una inmensa reserva de pie de fuerza humano, de la cual hoy los Estados Unidos no disponen, ni dispondrán salvo que recurran de nuevo al servicio militar obligatorio: a la leva, de la cual en los años de la guerra de Vietnam se salvó Bush por las influencias de su padre. Pero no son las guerras el único peligro que lleva Bush en la manga para el resto del mundo. Está también la destrucción del medio ambiente, la proliferación nuclear y, por supuesto, el ya mencionado terrorismo.

No se salvará nadie, desde Australia hasta Escandinavia. Un ejemplo: en la remota Micronesia, en el Pacífico, unas cuantas docenas de islas se hundirán tragadas por el mar como consecuencia del efecto invernadero fomentado por la política energética de Bush.

Para los Estados Unidos mismos la victoria de Bush también es cataclísmica: los destruye. Para empezar, los ha dividido. Nunca, desde la Guerra de Secesión, habían estado tan des-unidos los Estados Unidos, enfrentadas las costas del Este y del Oeste abiertas y liberales con el interior hosco y fundamentalista, enfrentado el campo retrógrado con las ciudades progresistas, enfrentado el integrismo religioso con la tolerancia laica. Es decir: enfrentados los Estados Unidos egoístas y torpes que representa Bush con los otros Estados Unidos creativos y generosos que, pese a su deriva imperial (e incluso a veces gracias a ella), han contribuido considerablemente al desarrollo de la civilización occidental. Los norteamericanos del año 2004 acaban de votar del mismo modo en que votaron los alemanes de 1930: por un Hitler que les prometía que ellos iban a ser los más matones del mundo. Y para parar a Hitler fue necesario que se volcara entonces la mitad del planeta.

¿Quién va a parar a Bush?

Para hacerlo sólo queda otra mitad de los Estados Unidos que en estas elecciones, más que por Kerry, votó contra Bush. No lo puede parar electoralmente, pues esa oportunidad ya pasó y se perdió. Pero es posible hacerlo mediante el recurso constitucional del

impeachment, que por una mentirijilla de origen sexual estuvo a punto de tumbar a Bill Clinton y por otra mentirijilla de espionaje electoral se alzó contra Richard Nixon y lo obligó a renunciar. Las mentiras de Bush han sido bastante más graves que las de Nixon o Clinton: por ellas han muerto ya más de mil soldados norteamericanos y decenas de miles de iraquíes, afganos, etc. Esa mitad de los Estados Unidos de que hablo no está sólo en el Congreso, sino también en la prensa. ¿Se atreverá a intentar parar a Bush?

Creo que no.

Pero si acaso lo intenta, que no se le olvide incluir en la acusación de

impeachment al vicepresidente. Porque no son sólo los Estados Unidos, ni la Tierra entera, sino el sistema solar en su conjunto el que corre peligro si sale el tonto de Bush pero lo sustituye el maquiavélico Dick Cheney.

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