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| 6/27/2004 12:00:00 AM

La corte de Palacio

Cómo se manejan los hilos del poder en el Palacio de Nariño y quiénes son sus protagonistas. Capítulo del libro de María Jimena Duzán, editado por Planeta.

Nosotros tenemos la pretensión de ser los asesores de Uribe, pero en realidad somos sólo sus secretarios", me admite uno de los hombres más cercanos a Uribe que además es miembro de su primer anillo de poder. Para nadie es un secreto que el presidente Uribe no es un hombre 'de equipo'. Por su forma de ser, de concebir la política -es obvio que le gusta ejercerla con un sello muy personal- y por la forma piramidal como concibe su gestión, es evidente que a Uribe tampoco le desvela el hecho de no ser un hombre esclavo de los sanedrines, como sí lo fue Samper de su "gabinete de crisis", como lo fue Pastrana de su cerrado círculo de amigos o Barco de su sanedrín de sabios.

Uribe es de otra estirpe; de aquella que concibe la política como un ejercicio personal que requiere su entera dedicación y que debe ejercerse como si se tratara de una misión, de una cruzada. Sus gestos, sus rictus, su voz y su mirada intensa lo muestran cada vez más como un presidente misionero que habla como lo hacen los predicadores, con esa energía propia de los que se sienten escogidos, ungidos por las altas instancias para llevar a cuestas la difícil tarea de salvar a Colombia del caos. Cuando a Malcolm Deas, el colombianólogo, profesor de Oxford y amigo cercano de Uribe, le preguntan cómo definiría a Uribe, esta es su respuesta: "Es un hombre con destino".

Sin embargo, a la hora de gobernar, este Uribe misionero, que se mueve entre el poder como si fuese un hombre predestinado, lo hace de una manera abiertamente jerárquica, de arriba abajo, atravesando con su personalidad avasalladora todos los estadios de decisión en virtud de esa meticulosa obsesión por el detalle que hace de la microgerencia el camino necesario que Uribe debe recorrer para llegar a la verdad absoluta. El resultado de esta forma de gobernar se resume en una frase irrefutable que se escucha siempre cuando se habla de Álvaro Uribe en los corrillos del poder: "Aquí el único que manda de verdad es el Presidente".

A lo mejor por eso el perfil de quienes integran su círculo cerrado es más bien parco. Algunos de ellos provienen del mundo empresarial antioqueño, sin mucha experiencia en las políticas públicas o en el arte de Maquiavelo, pero con un palmarés exitoso como gerentes de sus empresas. José Roberto Arango, su más cercano consejero, es amigo de Álvaro Uribe desde el colegio en Medellín y socio en la cafetería El Gran Banano. Los dos se casarían muy jóvenes. Uribe con Lina Moreno, hija de un patriarca de Medellín, Darío Moreno, y él con Maggie Londoño White, hermana de Diego Londoño White, todo un 'enfant terrible' del notablato paisa.

José Roberto Arango

Josefo, como se le llama familiarmente, conoce a Uribe como la palma de su mano, e insiste, cuando se lo preguntan, que desde que tenían ese negocio sabía que Uribe estaba predestinado para llegar a la Presidencia en razón de que era un hombre de cualidades excepcionales. "Yo no sirvo para hablar de Uribe porque confieso que no soy muy objetivo", dice siempre a quienes le preguntan por su amistad y admiración por el jefe de Estado.

De todas maneras, es curioso ver a este próspero empresario paisa, de 52 años -tiene la misma edad del presidente-, inexperto en el manejo del Estado y en el complejo mundo de la política, despachando desde el curubito y encargándose de los nombramientos, los cuales no siempre se escogen por la vía de la meritocracia, como lo prueban los 41 impedimentos que fueron presentados por los congresistas uribistas horas antes de que la plenaria del Senado aprobara, en un acalorado debate, el acto legislativo que proponía la reelección inmediata del presidente Uribe.

Aunque no tiene computador, como sí lo tenía Juan Hernández, célebre por ser el dueño del computador de Palacio en el que la administración Pastrana guardaba sus ofertas burocráticas, entre los políticos ya comienza a ser bastante reconocida "la 'palm' de José Roberto". En ella reposan todos los secretos burocráticos de este gobierno, los cuales, a pesar de que existen, se han acostumbrado a hibernar de lo más bueno, a prudente distancia de una opinión que sigue convencida de que Uribe, haga lo que haga, entregue lo que entregue, sigue siendo para la tribuna un Presidente que no intercambia votos por puestos.

Cauto, callado, pero agradable a la hora de hablar, José Roberto cumple también la función de superministro; es el enlace entre el Presidente y el gabinete, cosa nada fácil dada la manía que tiene Uribe de meterse en las órbitas de los ministros, como si estas no fuesen de ellos sino de él. Por tanto, no es extraño ver a los ministros haciendo antesala en la oficina de José Roberto. Su relación estrecha con los miembros del gabinete, agregado al hecho de que no hay concesión importante ni negociación de la cual él no esté al tanto, lo hacen el consejero más poderoso en Palacio.

Con Uribe, José Roberto Arango mantiene un trato curioso, por decir lo menos: en varias ocasiones el Presidente le suele hablar duro, con una rudeza que no se le advierte cuando se trata de abordar a un Fabio Echeverri. Hasta el momento la situación no ha pasado a mayores, aunque sí se han dado episodios como el del 7 de mayo de 2004, cuando a las 11 de la noche los dos se trenzaron en una discusión acalorada sobre el metro de Medellín. En un momento dado, José Roberto se levantó molesto de la reunión. Cuando ya se iba a ir, el Presidente le increpó: "No hemos terminado la reunión". "Para mí sí se terminó", le respondió, bastante molesto, José Roberto.

Cuentan que después de este agrio intercambio de palabras, el consejero-amigo salió del despacho presidencial y redactó su carta de renuncia. El agarrón se filtró a los medios y al otro día era la comidilla de las crónicas políticas. El rumor era que José Roberto ya no aguantaba más a Uribe y andaba pensando en irse a pasar unas vacaciones donde su amigo Guillermo Vélez, recientemente nombrado embajador en la China. Sin embargo, a los pocos días se vio almorzando a los dos en Palacio, como si nada hubiera sucedido. "Lo malo no fue la pelea que tuvieron, sino la rapidez con que se filtró", me advirtió, a manera de colofón, una voz palaciega.

Su gran ventaja es que José Roberto no tiene agenda propia como sí la tienen otros asesores cercanos al presidente Uribe. Él es un simple soldado del uribismo, presto a cumplir todas las tareas que le asigne su comandante; por ello suele resolver problemas puntuales allí donde su Presidente lo requiera. Quienes le conocen en estas labores específicas dicen que hace bien la tarea cuando se mete en el detalle, pero que no le sucede lo mismo a la hora de tratar de solucionar problemas relacionados con el manejo del Estado. "Su gran vacío, admite una voz palaciega, es que no es un hombre que sepa cómo funciona este monstruo y su inexperiencia en política lo hace un hombre ingenuo en esa materia", a pesar de que fue secretario de Hacienda cuando Uribe resultó nombrado alcalde de Medellín en el gobierno de Belisario Betancur.

José Roberto Arango conoció a Alicia Arango, la secretaria privada de Palacio, en la campaña de Uribe. Cartagenera de pura cepa, a Alicia la vena política le viene por su padre, el político liberal Juancho Arango. De todo el entourage de Uribe, esta mujer separada, madre de tres hijos, es la que más relación tiene con los anillos de poder que mueven la política. Antes de ser peñalosista fue samperista; en ese gobierno fue nombrada vicedirectora del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en los tiempos de Adelina Covo. Allí habría conocido a Uribe; al parecer lo escuchó en una presentación cuando era gobernador de Antioquia y le habría impactado tanto que al finalizar la intervención se fue adonde él estaba y le dijo de frente:

-¿Sabe qué?... Si usted algún día se lanza a la Presidencia yo quisiera trabajar con usted.

Al saber que la administración Peñalosa llegaba a su fin -ella ocupó durante los tres años la dirección del Idrd- y que Uribe lanzaba su candidatura, lo llamó y se le plantó en la campaña. Cuando llegó ya estaban allí Sandra Ceballos, Alberto Velásquez y, desde luego, José Roberto.

Los dos, Alicia y José Roberto, sufrieron un coup de foudre intenso y arrollador: se enamoraron perdidamente durante la campaña y hoy, aunque tratan de que sus pasiones no se adivinen en esos lúgubres pasillos de Palacio, siguen viviendo una apasionante historia de amor. Parcos en su forma de vida, no asisten a casi ningún ágape en Bogotá.

Alicia Arango

Ejecutiva y dueña de un muy buen sentido del humor, recurso que no parece ser muy abundante en este gobierno, es una mujer echada pa'lante, con carácter fuerte. No es la primera mujer en ocupar la secretaría privada del Presidente. Antes, en el gobierno de Virgilio Barco, ya había estado Eunice Santos, hoy directora del IDU. No obstante, sí es la primera vez que una secretaria privada tiene tanto realce.

A diferencia de sus antecesores, quienes más bien se caracterizaron por ejercer esa función adoptando siempre un perfil bajo -hablo de Gabriel Mesa con Pastrana, de Juan Mesa con Samper, de Ricardo Ávila y de Miguel Silva en la época de Gaviria, y de la misma Eunice con Barco-, Alicia Arango es una secretaria privada de alto perfil, el suficiente como para que en el programa de humor La Luciérnaga, de Caracol, se le considere un personaje relevante y se le tome del pelo.

No solamente interviene en la elaboración de la agenda privada del Presidente, en la planeación de los viajes y de los eventos, sino que además habla en los consejos de ministros con una propiedad inusitada para su cargo. Pero además cumple la labor de representar al Presidente en los consejos paralelos que todos los lunes se organizan en las regiones con las autoridades locales y departamentales y que van de la mano de los consejos de seguridad que el Presidente hace ese mismo día. Ella es la persona encargada de fiscalizar el estado de la gestión de estos funcionarios, en compañía, imagino, de Annie Vásquez, otra de las mujeres influyentes en el escuadrón de uribistas.

Probablemente su alto perfil haya contribuido a mantener in crescendo la disputa interna que mantiene con el secretario general, el opaco Alberto Velásquez, un funcionario de bajo perfil, poco locuaz que, según algunos miembros de la corte uribista, no ha sido el más audaz en su tarea de lidiar con el Congreso. Alicia Arango ejerce la secretaría privada como si tuviera en la cabeza un par de antenas puestas, listas a detectar lagartos o visitas inesperadas que puedan incomodar al Presidente. A pesar de ser una uribista de nuevo cuño, ha aprendido a manejarlo, hecho que le ha permitido escalar escaños. Hoy, Alicia está más cerca del Presidente que varios de los uribistas veteranos.

Quienes han ocupado su puesto coinciden en afirmar que los secretarios privados, por andar tanto al lado del Presidente, llegan a ejercer sobre el mandatario "un poder de envenenamiento" importante que bien puede, en algún momento, hacer cambiar el rumbo de una opinión presidencial. Es bastante probable que Alicia Arango ejerza en alguna medida esta facultad, pero es posible también que el Presidente no le haga caso, como no le para bolas a casi nadie.

Lo que sí es evidente es que ella mantiene una relación maternal y sobreprotectora con el Presidente, de quien sostiene es un hombre providencial y único. Siempre está pendiente de que esté bien puesto, de que la camisa no esté sucia, de que no salga desarreglado, de que cuando están fuera de Bogotá y al Presidente le da por salir a trotar salga bien vestidito y no siempre con los mismos tenis. Es sin duda una mujer apasionada, directa, que sobresale por su carácter y que ciertamente despierta las más diversas envidias entre la corte.

José Obdulio Gaviria

Otro nombre que siempre está en el primer anillo de poder es el de José Obdulio Gaviria, un amigo paisa que ha llegado al uribismo proveniente de la izquierda y quien desde los tiempos de la Gobernación acompaña a Álvaro Uribe. Militante de Firmes y proveniente de una familia de clase media paisa, José Obdulio representa esa franja de izquierda que apoyó a Álvaro Uribe desde los años 90, cuando lanzó su candidatura al Senado, la cual contó con la presencia de Gerardo Molina. A partir de ahí, Uribe gestó una relación muy cercana con algunos miembros de la izquierda antioqueña, en especial militantes del EPL perseguidos por las Farc.

Hasta hace poco, el Presidente mantuvo una relación muy cercana con Carlos Gaviria, el ex magistrado y actual senador por el Frente Social y Político, quien fue su profesor de derecho en la Universidad de Antioquia. Eran tan cercanos que Uribe llamó a Gaviria para que fuera testigo en su ceremonia de posesión en la Gobernación de Antioquia.

Hoy es evidente que la relación entre los dos es cada vez más lejana. La última vez que se vieron fue a raíz de una invitación a Palacio hecha por el mismo Uribe para que discutieran frente a frente con Fernando Londoño, entonces fulgurante ministro del Interior y de Justicia. La reunión transcurrió sin inconvenientes, sin que nadie, ni Gaviria ni Londoño, se moviera de su posición. El senador de izquierda lo había increpado públicamente porque consideraba inapropiado que todo un ministro de Justicia tuviera la ligereza de atreverse a denunciar a un juez de la República sin pruebas, acusándolo de proferir sentencias en beneficio del narcotráfico. El ministro escuchó la diatriba sin inmutarse. La reunión no pasó de ser un ejercicio inoficioso de poca monta.

A lo mejor perdura más la amistad entre Uribe y Jaime Jaramillo Panesso, otro hombre de Firmes en Antioquia y quien durante la Gobernación fue miembro de la Comisión de Paz, propiciada por el propio Uribe.

Hoy José Obdulio mantiene con el Presidente un diálogo intelectual bastante fluido y junto con Fabio Echeverri han sido los impulsores de la tesis de la reelección, aunque sin duda este último tiene una oficina más pispa que la lúgubre y gris de José Obdulio. Desde su escritorio se ha escrito la justificación del proyecto del polémico acto legislativo que propone la reelección del presidente Uribe. Desde su escritorio también se han escrito muchos discursos que el Presidente generalmente no lee, pero que le sirven para fundamentar sus mensajes, sus sound bites.

De todos sus asesores, es quien tiene los pies mejor puestos sobre la tierra, motivo por el cual es probable que sea el más perjudicado en el momento en que las encuestas, en lugar de subir, empiecen a bajar. José Obdulio fue el mayor crítico que tuvo Fernando Londoño en Palacio. Su enfrentamiento llevó a que en un momento dado el propio ministro pidiera su cabeza, pero Uribe no se la concedió. Mantiene un buen contacto con los medios, con los columnistas y con el 'afuera', lo que le permite tener una visión menos cerrada y más tolerante frente a las ocasionales críticas que se le hacen al Presidente, las cuales no siempre son bien recibidas por todos los miembros de Palacio. Muy pocos le dicen al presidente "Álvaro". José Obdulio es uno de ellos.

Jaime Bermúdez

Inevitable no preguntarse qué puede hacer Jaime Bermúdez, su callado y reservado asesor de comunicaciones, en un gobierno presidido por un Presidente que, además de ser un trabajador incansable, actúa como si fuera su propio asesor de comunicaciones. Su trabajo no debe ser fácil, porque Uribe es un político con un gran sentido mediático que sabe moverse como pez en el agua entre el mundo de las cámaras, de los flashes y que además ha aprendido a hablar a punta de lo que los gringos denominan bullets o sound bites, es decir, de frases contundentes que resumen en pocas palabras sus mensajes. Bermúdez es callado, atento, pero amante del sigilo y de las estrategias a puerta cerrada, las mismas que Uribe pocas veces endosa; ha estado más cerca del mundo académico que del poder y esta es la primera vez que lo conoce por dentro.

No le gustan las filtraciones, las cuales ha tratado de impedir sin mucho éxito por aquello de que estas son tan inherentes al poder como la codicia a Rico McPato. Sin embargo -lo que es el espejismo del poder-, Bermúdez goza de una reputación mucho más atrevida entre los políticos ávidos de buscar responsables cada vez que una filtración de Palacio llega a las páginas de los periódicos y de las revistas, sobre todo si se trata de una filtración de esas que los deja mal parados.

En los mentideros políticos casi todo el mundo le atribuye a Bermúdez una habilidad felina para subirse a los tejados en las noches oscuras y filtrar informaciones a los medios desde la cornisa de la Casa de Nariño. A lo mejor esa sea realmente su labor: la de servir de señuelo para que los políticos crean que el que filtra, que el que hace spinning es él, mientras que los verdaderos protagonistas deslizan las informaciones hacia los medios desde la trastienda. Bermúdez es un asesor demasiado cauto para la audacia mediática que ha demostrado tener un presidente como Uribe.

Su primer encuentro con el Presidente ocurrió durante su estadía en la Universidad de Oxford. Allí cayó seducido por Uribe, por sus planteamientos, por su forma de ser. Cuando volvió a Bogotá, después de hacer su PHD en opinión pública, supo que Uribe pensaba lanzarse. Se buscaron mutuamente hasta que se encontraron. Es el más nuevo de la cuadrilla, junto con el periodista Ricardo Galán, jefe de prensa de Palacio y un veterano periodista curtido en varias lides.

Ricardo Galán

Galán ha sido el artífice de toda la parafernalia que le ha permitido a ese Uribe mediático mantenerse vigente en las pantallas de los colombianos, en los noticieros, en el canal institucional durante los interminables consejos comunales, en las paradas militares, en los foros ante los empresarios o en sus rocambolescas aventuras mediáticas; esas de las que suele salir bien parado en las encuestas a pesar de que en realidad se trate de estruendosos fracasos, como sucedió con el fallido intento de rescate del gobernador de Antioquia y de Gilberto Echeverry, secuestrados ambos por las Farc, o como sucedió en la masacre de Cajamarca, cuando una familia de campesinos resultó baleada por el Ejército en una confusa operación de contraguerrilla.

A diferencia de Bermúdez, Galán prefiere esas salidas aventuradas que convierten al Presidente en entrevistador, mezcla de inspector Gadget y de jefe pluma blanca.

Alberto Velásquez

Aunque mantiene un perfil demasiado bajo para ser secretario general, Alberto Velásquez tiene a su cargo el manejo de la administración de cerca de 100 empleados que trabajan en Palacio. También es la vía de enganche con los congresistas y el encargado de ponerle orden a la bancada uribista. De los miembros de la corte, Alberto Velásquez, mejor conocido como 'El Mariachi', es el que menos influencia tiene. Sin embargo, hay que reconocerle que ha logrado sobrevivir hasta ahora a las intrigas de la corte.

Fabio Echeverri

No podría cerrar este círculo una persona distinta a la figura patriarcal y controvertida de Fabio Echeverri. Sobre este asesor se han tejido varias fábulas, muchas de ellas ciertas. Para unos, él es un "auténtico virrey", dueño de una mano poderosa que bien habría podido estar detrás de la salida de varios ministros y viceministros como Rafael Nieto, quien cayó en desgracia desde que se opuso fervientemente al tema de la ley de alternatividad. Fernando Londoño todavía le guarda inquina a este toro de lidia que es sin duda Fabio Echeverri, lo mismo que Pedro Juan Moreno, otro toro de lidia. Esas mismas voces sostienen, sin que hasta ahora haya podido probarse, que a diferencia de otros colaboradores Fabio Echeverri tiene agenda propia porque mantiene vigentes sus intereses como empresario, desde su cómoda oficina de Palacio, la que ha venido cambiando hasta hacerse a la más grande y luminosa.

Él sostiene en cambio que su influencia no es tan grande como aseguran sus enemigos y que él no es más que un contratista de Palacio, traído por el Pnud por una cifra irrisoria de dos millones de pesos. Insiste en decir que no va mucho a Palacio -eso es cierto- y que cuando lo hace suele dejarle al Presidente unos papelitos con sus opiniones sobre temas específicos. De hecho, muchos de estos memos pasan sin merecer la atención del Presidente, aunque no falta siempre uno que le haga prender el bombillo. El Presidente lo llama "doctor Fabio" y mantiene con él una relación patriarcal como si Fabio Echeverri fuera el páter familias de su cuadrilla, estatus que lo hace, a ojos de muchos uribistas, uno de los personajes intocables de la corte.

Sin duda es un hombre con vuelo propio y al que Uribe le permite ciertos excesos. "Hubiera podido decir lo mismo pero no de esa forma", dicen que fue la reacción que tuvo el Presidente cuando leyó la explosiva entrevista que le dio a Yamid Amat; aquella en que se fue lanza en ristre contra todos los próceres de la Independencia y contra los últimos ex presidentes, llevando a cuestas la tesis de que la historia de Colombia se dividía en dos: antes y después de Uribe.

Al inicio de la campaña por la reelección, por ejemplo, motu proprio se fue a donde los congresistas a convencerlos de que votaran la reelección inmediata, llevando como argumento una encuesta hecha en Palacio. De los resultados de esta medición se deducía que los congresistas que no estuvieran a favor de la reelección de Uribe podrían ser castigados por su electorado. Nadie le recriminó a Fabio Echeverri el que ese tipo de visitas pudieran ser vistas como una presión indebida del gobierno a los congresistas titubeantes. "Que venga el asesor más influyente de Palacio a decirle que si no vota por Uribe puede perder la curul deja pensando a cualquiera", me admitió uno de esos congresistas.

Aunque no lo acepta, es suya también la teoría de que la mejor manera de adelantar la campaña por la reelección ante la opinión pública es poniendo de sparring a los dos ex presidentes más débiles en las encuestas de opinión: el ex presidente Samper y el ex presidente Pastrana. Del segundo, Echeverri no es muy cercano porque en el fondo el ex presidente de la Andi ha sido un liberal oficialista muy cercano a Serpa y a Samper. Tanto, que en los momentos más difíciles de ese gobierno Echeverri fue uno de los defensores más acérrimos del ex presidente bogotano, cuando el proceso 8.000 y el escándalo de los narcocasetes estaba en su pico más álgido. Muchas fueron las noches en que llegaba a Palacio a tomarse unos whiskies con el Presidente y sus asesores. Por eso no deja de ser un tanto sorprendente que ahora que funge de uribista se haya convertido en el crítico más tenaz de Samper y de su gobierno.

Santiago Montenegro

No trabaja en Palacio, pero es evidente que ejerce una influencia importante sobre Uribe. Se trata de Santiago Montenegro, su jefe nacional de Planeación, un inmenso pastuso de 48 años que llegó al uribismo procedente de las toldas de Noemí Sanín. No se conocían, pero el Presidente había oído hablar de él desde que estaba en la campaña. Hoy entre los dos ha florecido una relación de respeto que los ha vuelto muy cercanos. "Montenegro es la única persona allegada al Presidente que conoce de políticas públicas", me advirtió una voz que lo que me quería decir era que los demás, si bien son uribistas a toda prueba, no son personas lo suficientemente preparadas en los temas que tienen que ver con el manejo del Estado.

Resulta curioso que Uribe, a pesar de ser un presidente que se ocupa por mandar, por liderar, no sea de los que se metan a dirimir disputas entre sus subalternos. Prefiere dejar que las rencillas se vayan lubricando con el día a día, como si las dinámicas entre contrarios fueran el mejor desafío para aumentar la capacidad de gestión de sus subalternos. En el Ministerio de Defensa nunca entró a mediar entre la ministra de Defensa, Marta Lucía Ramírez, y el general Mora, dos agrios antagonistas que nunca terminaron aviniéndose. Y cuando le pidió la renuncia a la ministra, por temor a dar la impresión de que uno de los dos bandos había triunfado, decidió sacar al poco tiempo al general Mora del Ministerio. "Uribe no daría ese mensaje a sus subalternos", me dice alguien, como para que quede claro que a él no le gusta tomar partido en estas disputas cortesanas.

Algo parecido sucede con sus colaboradores más cercanos en Palacio.

No dirime las disputas palaciegas que hay entre los diversos individuos o entre los diferentes grupos. Bien es sabido que entre Alicia Arango y Alberto Velásquez existe una relación tirante, pero el Presidente prefiere no meterse en ese asunto para no inclinar la balanza más hacia un lado que al otro. Varias veces Alberto Velásquez ha estado "renunciado", pero siempre el Presidente llega a última hora y lo salva.

Es cierto que en el poder las miradas pendencieras y las intrigas son tan corrientes como el pan de cada día. Lo grave es cuando estas rencillas afectan el desarrollo de las políticas o de los proyectos. "Yo te aseguro

-me dijo una voz interna de Palacio- que si hubiéramos estado más sintonizados, menos divididos en la campaña para el referendo, esa la habríamos ganado. Ojalá con la reelección no nos pase lo mismo".
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