Sábado, 21 de enero de 2017

| 2005/07/30 00:00

Las vueltas que da la vida

Pastrana está pensando la embajada en Washington. Si acepta, cambiaría el ajedrez político del país.

Las vueltas que da la vida

La capacidad del presidente Álvaro Uribe para sorprender con sus nombramientos no se agota. El viernes pasado generó un verdadero terremoto político con la revelación de que le había ofrecido la embajada en Washington, como sucesor de Luis Alberto Moreno, al ex presidente Andrés Pastrana.

La jugada es audaz. En los últimos meses, Uribe y Pastrana se habían distanciado y su relación cada vez era más pugnaz. El ex presidente se apartó incluso de la línea oficial de su partido, cuya dirección oficial, en cabeza de Carlos Holguín, mantiene un sólido respaldo al Presidente, participa en la coalición de gobierno y apoya la reelección. Las críticas del ex mandatario se habían intensificado en dos temas puntuales: la reelección y la política hacia el paramilitarismo. Y el lenguaje había subido de tono. Uribe había hablado de que su antecesor le tenía "animadversión personal", en varias ocasiones había hecho alusiones críticas al proceso de paz del Caguán, y en otras se había preguntado "qué se había hecho en el pasado contra el paramilitarismo". Pastrana llegó a hablar de "compra de conciencias" por parte del gobierno durante la aprobación de la reelección y de una creciente paramilitarización del país.

Pero, el lunes pasado, incluso antes de concretarse la elección de Moreno en el BID, el ex presidente Julio César Turbay, estrecho aliado de Uribe, llamó a Pastrana a Madrid y le habló de la posibilidad de su nombramiento en Washington. Días antes, en uno de los encuentros periódicos que Turbay sostiene con Uribe, le había preguntado por los candidatos para suceder a Luis Alberto Moreno y le había sugerido el nombre de Pastrana. Al Presidente le pareció una excelente idea y lo autorizó para que lo sondeara el jueves pasado, en reunión de dos horas que tuvo lugar en Bogotá, en la que se reiteraron los términos de la conversación telefónica inicial. El posible sucesor de Luis Alberto Moreno dijo que postergaría cualquier anuncio sobre su decisión hasta después de reunirse con el Presidente de la República.

Sin embargo, en la balanza pesan más los beneficios que los costos. Para empezar, aunque las relaciones se habían deteriorado, también se habían producido algunas señales de acercamiento. En concreto, Pastrana había registrado con beneplácito las declaraciones de Uribe durante la reciente visita de Bill Clinton a Bogotá, en las que señaló que la buena relación entre Colombia y Estados Unidos y el origen del Plan Colombia se habían producido en su gobierno. El Presidente repitió esta idea en algunas entrevistas que Pastrana valoró porque considera que su gobierno ha sido injustamente tratado por una opinión pública que no le reconoce que dos de los grandes logros de la actual administración, la seguridad democrática y la alianza con Estados Unidos, tienen sus orígenes en el cuatrienio anterior. Al fin y al cabo, la columna vertebral del Plan Colombia es la ayuda financiera de Washington para fortalecer al Ejército.

Uribe había hecho otros gestos con Pastrana. Durante el empalme entre los dos gobiernos, hace tres años, elogió la tarea que se había llevado a cabo en el último cuatrienio en el campo diplomático. Posteriormente le ofreció a Pastrana la embajada en España, la cual declinó. Y dos años después, para su primera gira en Europa, difícil y de resultados polémicos y cuestionados, le había solicitado hacer parte de la comitiva. Al final, los vínculos del actual Presidente con Pastrana se parecen a los que ha tenido son todos sus antecesores. Son de amor y odio a la vez. Pasan por etapas de duras fustigaciones públicas a las que siguen propuestas de cooperación en varios campos.

La posibilidad de que Pastrana ocupe el cargo que deja Luis Alberto Moreno es muy positiva para Uribe. Aunque le implica renunciar a los aplausos que siempre cosecha cuando ataca el pasado, la opinión pública lo vería como un gesto de magnanimidad y un esfuerzo por mantener la unidad nacional en el campo de las relaciones internacionales. No hay que olvidar que en su momento también vinculó al servicio diplomático a sus dos principales rivales en las elecciones, Horacio Serpa, en la OEA, y Noemí Sanín en España, y que incluso le extendió un ofrecimiento al ex alcalde de Bogotá Antanas Mockus.

Más allá del significado para la diplomacia, esta práctica tiene efectos en la política interna. Sería absurdo afirmar que líderes políticos de la talla de Serpa, Sanín y Pastrana se dejan comprar por un plato de lentejas, pero sus vinculaciones al gobierno sin duda les bajan el tono a las críticas y generan confusión en una oposición que no ha logrado orden ni coherencia en los últimos tres años. Si Pastrana viaja a Washington, se consolidaría de hecho la unidad del Partido Conservador en torno al uribismo. Y no faltan quienes creen que el ex mandatario tiene influencia sobre algunos magistrados de la Corte Constitucional que fueron elegidos durante su período y que ahora verán con mejores ojos el tema de la reelección. Esto último puede ser una exageración de los enemigos de Uribe, pero lo que es un hecho es que con Andrés en Washington, la posición del Presidente-candidato para la próxima campaña electoral será aun más sólida.

Al mandatario de teflón, además, no le faltan argumentos para justificar el nombramiento. Además de la unidad frente al resto del mundo, Andrés Pastrana tiene sólidas credenciales para manejar las relaciones con Estados Unidos en un período tan crucial. Una coyuntura que necesita un peso pesado que conozca el medio, el idioma y que comparta la política de alineación irrestricta con George W. Bush. En las próximas semanas, el Congreso tendrá que conciliar versiones diferentes que han hecho tránsito en el Senado y en la Cámara sobre la ayuda a Colombia, las cuales contienen severas condiciones en materia de derechos humanos. El TLC se encuentra en una fase definitiva y después se iniciará el difícil proceso de estudio en el Capitolio para su ratificación, el cual implica la apertura de un descarnado análisis sobre la situación de Colombia.

Luis Alberto Moreno, después de una exitosa gestión, deja unos zapatos grandes que no son fáciles de calzar. Y Pastrana fue precisamente quien lo nombró. Además, es un símbolo del antisamperismo y del Plan Colombia. Lo que el ex mandatario representa, más que su capacidad de gestión frente a la Casa Blanca y el Capitolio, es suficiente presentación frente a la opinión pública colombiana y genera evidentes simpatías en las diversas audiencias de Washington.

Para Pastrana, por su parte, la aceptación de la embajada tiene costos y beneficios. Los primeros tienen que ver con la incoherencia que representa entrar en un gobierno que viene criticando cada vez con más vehemencia. Desde el viernes pasado, los medios de comunicación han publicado los textos, entrevistas y videos de las broncas con Uribe. Sobre todo las que tienen que ver con las críticas a la negociación con los paramilitares y a la ley de Justicia y Paz. Una norma que Pastrana y sus más cercanos colaboradores han criticado y que ahora, como embajador, tendría que defender ante sectores del Congreso, la prensa y ONG que la han rechazado con afirmaciones tan duras como la de ser "una claudicación frente a la mafia". Que fue la expresión utilizada recientemente en el controvertido editorial de The New York Times.

Los puntos de discordia entre Uribe y Pastrana son básicamente tres: la reelección, el tratamiento al Partido Conservador y la política hacia los paramilitares. El primero es superable: una vez consolidada la reforma constitucional, la norma hace parte de la Carta que todos los ciudadanos tienen que cumplir. Una vez se produzca el fallo de la Corte, para sus opositores deja de ser un tema. En el caso de Pastrana, además, la posición no ha sido de cuestionamiento a la figura de la reelección en sí, sino a la inconveniencia de cambiar las reglas de juego con las que fue elegido Uribe.

En cuanto al Partido Conservador, Pastrana considera que ha habido un tratamiento displicente y al detal. Pero hay argumentos para suavizar esta molestia. Uribe cumplió con presentar una terna de conservadores para la Fiscalía y nombró a otro miembro de ese partido como nuevo Ministro de Defensa. Es de presumir que si se consolida la designación de Pastrana en Washington, esta sea presentada como un gran acuerdo político que incluiría puntos como las relaciones exteriores y el orden público.

Y está, finalmente, el proceso con los paras. La única forma de saldar las diferencias sería con compromisos hacia el futuro. La ley de Justicia y Paz ya es un hecho. Lo que falta ver es la manera como se utilizará y como se diseñarán otras normas complementarias. El ex presidente Pastrana seguramente ha visto con simpatía las alusiones del gobierno al hecho de que esta ley también está diseñada para dialogar con la guerrilla. Más aun con las recientes señales, aunque ambiguas y por el momento fallidas, en el sentido de que el presidente Uribe está dispuesto a buscar acercamientos con el ELN para una negociación de paz y con las Farc para un intercambio humanitario. Estas iniciativas reivindican la criticada política de diálogo con la insurgencia adelantada durante el cuatrienio anterior.

Sus seguidores están divididos frente a la conveniencia de que su jefe se vaya para Washington. Los pragmáticos consideran que vale la pena pasarse el sapo de las contradicciones para unirse a la corriente mayoritaria de opinión. Un escenario importante, sobre todo si Uribe es reelegido. Otros que se han jugado a fondo por la oposición, y que estaban diseñando una lista pastranista para el Senado, son más escépticos y cuidadosos. ¿Qué papel asumiría, por ejemplo, el Nuevo Siglo, que bajo la orientación de Juan Gabriel Uribe, ex funcionario de Pastrana, se ha radicalizado en la oposición al gobierno?

Si bien la voltereta, para Pastrana, es de compleja presentación, tendría mucho que ganar desde el punto de vista político con un ingreso a un cargo de la importancia de la embajada en Washington. Sería un retorno a Colombia por la puerta grande y un acercamiento al sol que más alumbra en materia de popularidad: Uribe. Un logro nada despreciable para quien, según las encuestas, tiene la imagen más negativa entre los principales líderes políticos y hasta el momento estaba abocado a la tarea ingrata y poco promisoria de unificar la bancada y las listas del partido conservador. Además, la embajada le permitiría un acceso a un escenario que ha buscado con insistencia para buscar que los colombianos miren de una manera más constructiva su gobierno.

¿Aceptará? ¿Encontrará un discurso presentable? ¿Está dispuesto Uribe a darle al nombramiento el alcance de una coalición? Las respuestas se conocerán en los próximos días. En todo caso, más allá de la química y de las disputas personales, en el ajedrez político ambos jugadores se beneficiarían con este inusitado enroque entre el ex presidente Andrés Pastrana y su pupilo de toda la vida, Luis Alberto Moreno, a quien las impredecibles vueltas que da la vida lo llevarían a reemplazar.

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