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| 7/17/2005 12:00:00 AM

RETRATO DEL MAL

La controvertida película sobre los últimos días de Hitler llega a Colombia.

La conmemoración de los 60 años del final de la Segunda Guerra Mundial fue uno de los hechos más significativos del semestre que acaba de terminar. Como cada año, los países victoriosos celebraron la efemérides con gran pompa. Pero esta vez uno de los protagonistas del desfile multitudinario celebrado en Moscú llamó la atención: era Gerhard Schroeder, el canciller de Alemania, el país responsable de desencadenar la mayor conflagración bélica de la historia de la humanidad.

Hace sólo algunos años habría sido impensable que el gobernante del país derrotado tomara parte en esas celebraciones. La Alemania nazi desató la guerra, y cuando la perdió, cinco años más tarde, quedó destruida, humillada, repartida entre sus enemigos y señalada como el país que asesinó a seis millones de judíos. Schroeder marcó con su presencia en Moscú (y en enero, en la conmemoración de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz), un viraje histórico. Sesenta años más tarde, los alemanes quieren mirar de frente su pasado, asumir sus graves culpas y recuperar su derecho al sufrimiento y a su historia. Una ola de películas, libros y artículos sobre el tema testimonia esta tendencia, que produce inquietud dentro y fuera de Alemania. Aunque se trata de una corriente legítima que no pretende borrar las culpas o glorificar el pasado nazi, muchos temen que sea aprovechada por extremistas interesados en hacer precisamente eso.

La Caída, una película alemana estrenada la semana pasada en Colombia, hace parte de la nueva ola de la historiografía germana. Eso explica, en parte, el inusitado interés y la controversia que ha suscitado en el mundo entero, porque no es fácil entender que una cinta en alemán, que narra hechos ocurridos hace más de 60 años, hecha con un presupuesto insignificante para los estándares de Hollywood, sin actores conocidos a nivel mundial y con una temática dura e impactante, haya sido capaz de producir semejante fascinación.

El filme

La cinta, dirigida por el alemán Oliver Hirschbiegel, narra en dos horas y media los últimos días de vida de Adolfo Hitler en el búnker de la Cancillería en Berlín, entre abril y mayo de 1945. El espectador se encuentra, de manos a boca, con la recreación minuciosamente histórica de los últimos días del III Reich, que iba a durar 1.000 años pero sólo sobrevivió 12. El guión de Bernd Eichinger está basado en dos libros que a su vez forman parte de la nueva tendencia alemana: El Hundimiento, del investigador Joachim Fest, y las memorias de Traudl Jonge, la secretaria personal de los últimos años de Hitler.

La película ha sido objeto de las críticas más duras porque supuestamente 'humaniza' al monstruo y a su entorno de seguidores más cercanos. Pero lo cierto es que, al menos en cuanto al Führer, el mundo jamás había visto un Hitler así. Lejos de producir simpatía hacia el personaje, verlo como un ser humano en su cotidianidad más prosaica causa una enorme angustia. Ya no se trata del caudillo lejano que mueve multitudes inmensas con su vibrato alucinante, sino de un hombre envejecido y débil que, sin embargo, no deja de ser la personificación del mal. Ello hace que, igual, nunca antes en el cine Hitler haya aparecido como un personaje más detestable: no hay un hombre carismático detrás del mito. Se trata, en realidad, de un auténtico charlatán avejentado, incompetente y rabioso que ha causado la muerte de 50 millones de personas, que grita con facilidad y que sigue defendiendo sus atrocidades mientras come el último plato de ravioli con queso.

La película le entrega al espectador la realidad de que la maldad de Hitler, que llevó a la humanidad a su peor hora, es tan banal y barata como la de cualquiera. Mejor dicho, que cualquiera puede llegar a ser un Hitler y que la lealtad patológica que le demuestran sus esbirros podría existir en cualquier lugar y en cualquier época, por cuenta de la fe ciega en un caudillo. El dictador aparece acariciando a su perro Blondi, mientras trata con cortesía a su secretaria. Le da a su novia, Eva Braun, un beso prolongado, húmedo y patético, pero ciertamente humano. Los seis hijos angelicales de su ministro de la propaganda, Joseph Goebbels, cantan al tío Hitler como si fueran una familia von Trapp nazi, sin saber que ellos mismos serán víctimas de la locura colectiva que se apodera de todos a su alrededor. Casi todos quieren morir por Hitler, y el espectador no puede evitar que el mal se le cuele hasta en los diálogos más insignificantes, pues sabe que quienes los pronuncian son los responsables de una de las mayores tragedias que la humanidad haya presenciado. Sabe que, palabras más, palabras menos, todos los horrores que ve en la pantalla sucedieron en la realidad.

La película comienza tres años antes, en 1942, cuando Traudl Junge, una tímida muchacha de 22 años, es contratada como secretaria de Hitler. Pero tras esa breve referencia, transcurre en su mayor parte cuando las tropas rusas entran a Berlín en medio de una sanguinaria batalla. Hitler está rodeado de su círculo más cercano que trata de vivir, en una atmósfera que recuerda al Titanic, como si lo que ocurre a su alrededor fueran una circunstancia pasajera. Pero todos saben que enfrentarán muy pronto a la muerte, y discuten entre ellos cuál es la mejor forma de suicidarse. Acuden con desesperación a la fiesta que la amante del Führer, Eva Braun, organiza en un salón de la cancillería. Allí beben y bailan hasta cuando cae una bomba en las cercanías y les recuerda que sólo en la profundidad deprimente del búnker podrán sobrevivir unos días más. Todos los personajes resultan tan humanos, que el drama parece más verosímil que nunca.

La actuación del suizo Bruno Ganz en el papel de Hitler es el centro de la mayoría de los comentarios. El actor, de 64 años, tiene ocho más que la edad que tenía su personaje a la hora de su muerte, y ello contribuye a su autenticidad, pues todos los recuentos hablan de un final envejecido, casi decrépito. Ganz estudió con mucho cuidado el personaje, y la verdad es que construye un Hitler que ha sobrecogido a la población alemana. Los germanos escuchan de sus labios hablar a un Hitler de voz grave, como jamás lo habían hecho. Ganz se apoyó para ello en la única grabación existente de la voz del dictador en una conversación normal, hecha en secreto por la inteligencia finlandesa en una reunión que sostuvo con un general de esa nacionalidad en 1942, y descubierta 50 años más tarde. Ganz logró extraer de esa cinta, de unos 12 minutos, su "lenguaje de clase obrera", y sus giros que reflejan su escasa educación. El veterano actor estudió tanto su personaje, que pasó muchas horas en un hospital para aprender a la perfección la forma como los enfermos de parkinson mueven las manos. Aun así, a muchos espectadores les parece exagerado su temblor de la mano izquierda, y las explosiones de ira que despliega cada vez que oye una de las constantes malas noticias suenan algo caricaturescas.

La descomposición

La película transcurre en medio de la atmósfera deprimente del desastre final, y para ello contribuye el extraordinario cuidado dedicado a los detalles. Muchas escenas conocidas fueron recreadas con precisión. Así, es posible ver el episodio en el que Hitler, en medio de los bombardeos, sale de su búnker para condecorar a un niño de 12 años que acaba de destruir dos tanques rusos. Se trata de una de las últimas fotografías del dictador, en la que aparece la imagen de unos infantes que ni siquiera han cambiado de voz, pero han sido incorporados a unas tropas condenadas a morir en un esfuerzo tan fanático como inútil.

También muestra detalles poco conocidos, como que Hitler, a tres días del final, cuando ya sabía que no había nada que hacer, ordenó el arresto y el fusilamiento de su concuñado, el esposo de la hermana de Eva Braun, a quien acusa de haber desertado. El detalle de que la hermana de Eva estuviera embarazada es apenas una trivialidad, pues para el dictador la disciplina es lo primero, así ya no tenga sentido alguno. También presenta la patética boda de Hitler, en las últimas horas de su vida, mientras retumban los cañonazos a su alrededor. En un detalle irónico, el notario le pide identificación al Führer, quien no puede demostrar que en su ascendencia no hay judíos.

El tono del comienzo es sombrío, y la película se hace más deprimente con el paso de los minutos, a medida que el espectador comienza a involucrarse con esa atmósfera de desintegración. Hitler discute con sus generales la mejor manera de lanzar un contraataque decisivo y fulminante, pero todos, menos él, saben que los ejércitos que dirigen en los mapas o ya no existen o están derrotados más allá de toda esperanza. Los oficiales oscilan en sus conversaciones entre la mejor manera de escapar, o el método más eficiente de quitarse la vida sin dolor. Algunos le piden que piense en la población, que muere por miles en las calles, pero él, con tono frío y distante, dice que los alemanes lo tienen bien merecido, por no haber sido suficientemente fuertes. "Para eso eligieron su destino", dice.

Y los horrores en Berlín crecen con cada minuto que pasa. Un funcionario le pide a Hitler autorización para escapar con su familia. Cuando no la consigue, se va para su casa, y se sienta a comer con su esposa y sus tres pequeños hijos. La escena familiar se ve interrumpida por la explosión de dos granadas que el atribulado padre ha activado bajo la mesa. Por las escasas calles que aún no han tomado los rusos patrullan grupos de fanáticos de la SS, en busca de hombres adultos que no hayan tomado las armas para defender la patria, y los cuelgan de los faroles como escarmiento, mientras gritan que hay que recuperar la disciplina. Entre tanto, en los puestos defensivos, unidades antitanques compuestas por niños y ancianos se preparan para dar una batalla que tienen perdida de antemano. Cuando se ven superados por los rusos, una adolescente de casco y botas le pide a su compañero, igualmente joven, que le quite la vida. El muchacho le dispara y se suicida.

Muchos de los oficiales en el búnker ya no pueden tenerse en pie de la borrachera, y algunos se entregan a orgías decadentes en las que parejas ebrias y desesperadas tienen relaciones sexuales al lado de las mesas, desplomados todos los principios que tienen algún valor cuando existe la expectativa de seguir viviendo. A medida que se acercan las tropas rusas, la moral va desapareciendo y dando paso a la descomposición total. Hitler recibe un último anuncio de que su esperado ejército de Steiner ya no existe. Monta, como tantas veces, en cólera, y decide que sus días han terminado. Los contertulios que quedan sobrios le ruegan que escape, pero él entra en una especie de paroxismo. En algunos instantes planea fríamente su suicidio, y en otros grita desesperadamente que fusilará a sus generales, a quienes califica de ineptos, estúpidos y traidores.

Cuando ya la suerte está echada y Hitler se encamina a su muerte, sobreviene la escena más conmovedora, que se desarrolla en uno de los cuartos del búnker. Magda Goebbels, la esposa del ministro de propaganda, demuestra una forma patológica de la lealtad. Luego de rogarle sin éxito a su ídolo que no deje solo a su pueblo, administra cianuro a sus propios hijos para evitarles la desgracia de "vivir en un mundo sin nacionalsocialismo". La actuación de Corinna Harfouch en ese papel resulta de una autenticidad casi insoportable.

Consumada la muerte del Führer, la secretaria protagonista entra a la habitación, de la que ya han sido removidos los cuerpos. Una mancha roja ensucia el tapete y provoca la que tal vez es la frase clave de toda la película: "Iba a dominar el mundo y ahora sólo queda un charco de sangre".

Pero, en medio de esta situación caótica, sólo algunos de los protagonistas del drama, como Goebbels y Himmler, muestran una maldad irredimible. Otros personajes secundarios, que de todos modos formaron parte del horror histórico, no parecen ser tan malos como sus antecedentes lo demuestran. El espectador tiende a identificarse, como en todas las películas, con las personas que ve en ellas, sólo que en este caso se trata de hombres y mujeres que han vivido de cerca el sueño sangriento de Hitler y llevan en sus solapas sus insignias de muerte.

Pero es que, al fin y al cabo, esta es una película que forma parte de una tendencia dirigida a devolver a los alemanes su derecho a asumirse, no sólo como victimarios, sino como víctimas de una conflagración que los sumió en la miseria económica y moral. Por eso las calles se llenan de muertos que seguramente años atrás las colmaron con sus vítores por el Führer, a quien veían como el redentor de la madre patria. Para los alemanes, esta es una película dura, como para todo el mundo, pero para ellos tiene un mensaje consolador: los ciudadanos de la calle también fueron, a la larga, víctimas del nazismo.

La tendencia

Hitler y sus excesos dejaron su marca indeleble en la historia del siglo XX. Los desastres que provocó ese monstruo hoy son imposibles de repetir. En unos cuantos años, el oscuro austríaco que quería ser pintor se convirtió en el mayor símbolo del mal de la historia contemporánea. Hoy es imposible que alguien se lance, como Julio César, Alejandro Magno o Napoleón, a conquistar el mundo para crear un imperio que se acomode a sus propósitos personales. Esa época terminó, tal vez para siempre. Y en medio de todo, los alemanes buscan la redención que les permita afrontar su pasado, para nunca repetirlo.

La Caída es apenas una más de las manifestaciones artísticas y hechos políticos que buscan hacer esa catarsis. A lo largo y ancho del país crece el interés por las víctimas alemanas del conflicto, no sólo los cientos de miles de civiles que murieron en el territorio alemán, sino los 13 millones expulsados de sus casas en Europa Oriental. Y también por el papel que los alemanes pudieron haber cumplido en la guerra lejos de las atrocidades cometidas por la dirigencia nazi. Un caso emblemático, por ejemplo, es el de Hein Severloh, quien fue descubierto por un historiador y desde entonces ha sido objeto de entrevistas, artículos periodísticos y ha publicado un libro de memorias. Severloh nunca había hablado de su papel en la guerra, aunque en el desembarco de Normandía, ubicado estratégicamente en un nido de ametralladoras, dio muerte a centenares de soldados norteamericanos que desembarcaban en su área de tiro. Tantos, que se le conoció anónimamente como la "bestia de Omaha Beach". "Yo sabía que uno solo que sobreviviera me habría matado, pero no tenía nada contra ellos",dice. Después de años de guardar su historia en silencio y de no hablar de ella ni con su esposa, el anciano de 83 años afirma que ahora puede dormir tranquilo.

Tras décadas de vergüenza, temor y silencio, muchos comienzan, como Severloh, a contar sus experiencias y poco a poco se ha ido descorriendo para los alemanes el velo de una época de la que nadie, ni siquiera los historiadores locales, quería hablar. Así se ha conocido la historia de soldados que regresaron de los campos de prisioneros, años después, para encontrar un país destruido y poblado por gente que no quería saber nada de ellos, que los miraba con resentimiento y no quería saber nada de sus experiencias

Como declaró recientemente Johannes Tuchel, director del Centro conmemorativo de la resistencia, en Berlín, "tenemos nuevas generaciones con nuevas preguntas y gente interesada en saber lo que ocurrió en la guerra sin prejuzgamientos. Sabemos y reconocemos que Alemania causó la guerra, pero por primera vez queremos saber todos los aspectos de lo que pasó".

Además de las conmemoraciones de 2005, Alemania participó el año pasado en las conmemoraciones del día D y el comienzo del levantamiento de Varsovia, que terminó con la masacre de los polacos a manos de los invasores nazis. Junto a ellos, por primera vez, se conmemoró solemnemente el aniversario del intento de asesinato contra Hitler, realizado por algunos oficiales que fueron sumariamente ejecutados.

Este último hecho es particularmente significativo, pues implica la elevación a la categoría de mártires de esos oficiales, dirigidos por el barón Claus von Schenck Stauffenberg. En los años posteriores a la guerra, los alemanes occidentales veían ese episodio como un acto de traición, mientras el gobierno del sector comunista lo calificaba como una conjura de oficiales reaccionarios interesados sólo en salvar su propio pellejo. Una encuesta reciente de la revista Der Spiegel mostró que el 73 por ciento de los alemanes expresó su admiración por los nuevos mártires. El discurso de Schroeder en esa solemne conmemoración pareció explicarlo todo: mostró esos movimientos antinazis como expresiones en Alemania de los que se dieron en Polonia, Francia y Holanda, y como las primeras semillas de la moderna Europa, aunque aceptó que en su país constituían una minoría poco significativa.

Como dijo Joachim Fest en una reciente entrevista al diario El País, de Madrid, "el sufrimiento de los alemanes es igual o peor que el de las otras víctimas de la guerra. Un francés siempre puede decir que su padre o sus hijos murieron por la gloria de Francia. Un alemán, no. Negarle esa posibilidad es una actitud digna de los nazis".

La Caída es una película que no dejará a nadie indiferente. Nadie espera, tampoco, que la humanidad, y en especial los judíos, extienda un manto de perdón por las atrocidades sufridas bajo la aquiescencia, expresa o tácita, de los electores que llevaron a un genio del mal como Hitler al poder. Pero en una época en que comienzan a desaparecer los últimos protagonistas de ese doloroso período de la historia, las nuevas generaciones de alemanes reclaman su derecho a dejar atrás un pasado que no quieren repetir.
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