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| 4/3/2005 12:00:00 AM

Un polaco singular

Nacer en un país profundamente católico, unido al sino trágico de la muerte de su familia, marcaron la vida política y espiritual de Juan Pablo II.

Mayo de 1920 es un mes para recordar en la historia reciente de Polonia. El día 7 el mariscal Jozef Pilsudski logró la mayor victoria militar en dos siglos al tomarse la ciudad de Kiev en los fragores de la guerra contra Rusia. Aunque el Ejército Rojo recuperó la zona en poco tiempo, el fugaz triunfo fue suficiente para que el pueblo polaco mantuviera firme su idea nacionalista frente a la ocupación extranjera.

Motivado quizá por el fervor patriótico que se respiraba en el ambiente, el 18 de ese mismo mes Karol Wojtyla, un oficial retirado del ejército y sastre de profesión, decidió bautizar a su segundo hijo recién nacido con el nombre del célebre mariscal. El 20 de mayo un chorro de agua bendita mojó la cabeza del pequeño Karol Jozef Wojtyla, mejor conocido como Juan Pablo II, dándole la bienvenida al mundo católico. Al igual que su tocayo, el mariscal Pilsudski, este niño estaba llamado a cambiar el destino de su país, pero no lo haría desde el campo de batalla militar sino desde el trono de la Iglesia de Cristo.

El futuro Papa vino al mundo en Wadowice, una pequeña ciudad a 56 kilómetros al suroeste de Cracovia, en el seno de una fervorosa familia católica que se regía bajo unas estrictas normas morales. Su padre había logrado reproducir en el hogar la austeridad y disciplina del cuartel y su madre, Emilia Kaczorowska, se había encargado de inculcar en sus dos hijos la templanza ante el sufrimiento y el temor a Dios. Dos cualidades aprendidas en carne propia pues había perdido a su madre cuando apenas era una adolescente, había visto fallecer a cuatro de sus hermanos y, ya casada, había sufrido la muerte de Olga, su única hija.

Pero el destino se ensañó con Emilia y las fuerzas la fueron abandonando a medida que una grave enfermedad le carcomía el corazón y los riñones. Su malestar la obligaba a pasar horas enteras en cama, pero aún así se preocupaba por estar cerca del pequeño Lolek, del que se sentía muy orgullosa. Según dicen los vecinos de Wadowice, Emilia tenía la convicción de que su hijo se convertiría en un venerable sacerdote.

El 13 de abril de 1929, antes de que Karol cumpliera 8 años, Emilia murió sin ver su sueño hecho realidad. Perturbado por la pérdida de su madre, el niño buscó refugio en la figura mística de la Virgen María, que no tardó en convertirse en su ideal femenino. El despertar de la devoción ocurrió a los pocos días del duelo, cuando el teniente Wojtyla lo llevó a orar en el santuario mariano de Kalwaria. A partir de entonces la relación entre padre e hijo se haría cada vez más estrecha, y la del niño con la Virgen María.

Karol encontró en su padre al mejor maestro para entender el significado de la entrega espiritual. Todas la noches se quedaba absorto viendo a su padre rezar de rodillas durante horas sin que nada ni nadie pudiera apartarlo de su comunión con Dios. Décadas más tarde el Pontífice recordaría esos años como su primer seminario.

El teniente dedicó su viudez al cuidado físico y emocional de Karol, y el niño en retribución, regresaba temprano al pequeño apartamento de una habitación que compartía con su padre para comer con él y acompañarlo en sus paseos nocturnos. En su tiempo libre, el joven se dedicaba a jugar fútbol, nadar, esquiar y escalar montañas.

La calma, sin embargo, duraría poco. En 1932 la muerte golpeó nuevamente a la familia Wojtyla cuando Edmund, el primogénito que se había graduado de médico en Cracovia, cayó enfermo de fiebre escarlatina y falleció sin que los doctores pudieran hacer algo para salvarlo.

Karol tenía 12 años y, según recuerdan sus compañeros de clase, no pudo contener el llanto durante el funeral. La desaparición de su amado hermano, con el que compartía su pasión por el teatro y el deporte, parecía significar que su destino estaría marcado por la tragedia, tragedia que, guardadas las proporciones, era similar a la agonía histórica de su patria, Polonia.

Todo un pueblo

En el siglo XVI Polonia vivió su época de mayor esplendor, y sus dominios se extendían desde el mar Báltico hasta el mar Negro. Abarcaba una superficie de 940.000 kilómetros cuadrados y su población superaba los 35 millones de habitantes. La prosperidad generada por la alianza con Lituania, además de asegurar los bordes orientales contra el poder de los zares rusos, había ayudado a difundir la ilustración entre las clases superiores y la burguesía, lo que permitía el desarrollo de las artes. La economía se había favorecido con la caída del imperio bizantino, y esto convertía a Polonia en la principal ruta de comercio entre Europa occidental y Asia.

Sin embargo, las luchas internas por el poder, sumadas al constante acecho de los pueblos vecinos, hicieron que Polonia fuera perdiendo su poderío. La caída del imperio fue tan aparatosa, que para finales del siglo XVIII Polonia ni siquiera figuraba en los mapas de Europa como país y sus territorios pasaron a manos de Rusia, Alemania y Austria.

Cinco generaciones tuvieron que vivir esclavizadas a raíz de la partición y el pueblo fue desarrollando un complejo patriotismo, evocando constantemente su pasado glorioso. Polonia no existía geográficamente pero vivía en el corazón y en la mente de los polacos que habitaban las zonas ocupadas. Finalmente, en 1918, la Rusia comunista renunció a cualquier pretensión sobre Polonia y ese mismo año, luego de la derrota de Alemania, Polonia se proclamó República independiente.

Una vez concluida la Primera Guerra Mundial se redefinieron las fronteras de Europa, y Polonia volvió a figurar en el mapa como nación, aunque sus límites debieron decidirse a través de plebiscitos. Durante esta difícil etapa se llevó a cabo la guerra con Rusia, que determinó las fronteras entre los dos países y abrió el camino para la reconstrucción. En un panorama así de agitado transcurrió la infancia de Karol Jozef Wojtyla. Miembro de una generación que nació en la libertad pero creció oyendo los relatos de las barbaries de la opresión contadas a través de sus padres y abuelos.

El drama polaco tuvo eco en el pequeño gracias a las historias que le narraba su padre acerca de batallas perdidas y sobre héroes vencidos, como San Estanislao, un obispo asesinado en 1079 por un rey tirano. La influencia se haría palpable años más tarde, cuando Wojtyla llegó al solio cardenalicio de Cracovia e invocó el nombre de San Estanislao en sus sermones, para desagrado de los comunistas, que no querían que se enalteciera a un hombre que se había hecho célebre por su rebeldía ante los invasores.

El Papa también encontró consuelo en la poesía polaca del siglo XIX, representada en Slowacki y Mickiewicz, cuya obra plasmaba por igual la belleza y el sufrimiento de la nación. Una nación que decía obedecer un destino mesiánico. Un pueblo que, al igual que Jesucristo, había sido crucificado para traer la salvación de todas las naciones.

En el teatro

Aunque la poesía marcó el inicio de Lolek en el arte, el teatro sería el lugar en el que el joven encontraría la mejor manera de expresar sus sentimientos sobre Polonia. A comienzos de la década de los 30 el director Mieczyslaw Kotlarcyzk lo instruyó en los principios de 'la palabra viviente', un método de interpretación con énfasis en el lenguaje, los monólogos y la simplicidad de la puesta en escena. Wojtyla desarrolló así una gran habilidad para hablar en público y emplear metáforas y simbolismos en su discurso.

Estas habilidades serían de gran ayuda a partir de 1938, año en el que terminó el bachillerato y se mudó con su padre a Cracovia para estudiar literatura y filosofía en la Universidad Jagellónica y continuar su preparación actoral en una academia.

A Polonia no le esperaba un futuro tan prometedor. El primero de septiembre de 1939 los alemanes invadieron el país, dando inició a la Segunda Guerra Mundial. Los hombres de Hitler organizaron el territorio ocupado en un gobierno general, mientras la antigua administración se refugiaba en Francia bajo el mando del general Sikorski y luchaba desde el exilio por la liberación del país. Los nazis respondieron a las acciones de la Resistencia con represalias, deportaciones, ejecuciones e instalando campos de concentración como Auschwitz y Maidanek.

Cracovia estaba sometida y en sus cartas al maestro Kotlarcyzk el joven Wojtyla describía cómo tenía que luchar diariamente por conseguir alimento y expresaba su dolor ante el cierre de la universidad por los nazis. Los invasores también clausuraron las librerías, los centros culturales, y si un polaco asistía a una obra de teatro o era sorprendido hablando en su idioma en el lugar equivocado, podía ser ejecutado.

Wadowice tampoco escapó a la barbarie, y gracias a la correspondencia con su profesor de teatro Wojtyla se enteró de que algunos de sus amigos judíos de infancia habían sido trasladados al gueto de Varsovia o a los campos de Auschwitz.

En 1940, sin posibilidades de seguir estudiando, el futuro Papa buscó la manera de ganarse la vida y encontró trabajo como obrero, cortando piedra en una cantera, lo que evitó su deportación a Alemania luego de que lo capturaron en una redada masiva. Su resistencia a la ocupación era firme y halló la manera de expresar su indignación a través de un grupo de teatro clandestino dirigido por Tadeusz Kudlinsky. Para ese entonces su vocación religiosa iba creciendo, orientada en parte por las enseñanzas de Jan Tyranowski, un hombre de gran espiritualidad que indujo a Wojtyla en el estudio de la obra de San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila.

Pero lo que la guerra no fue capaz de quitarle el destino se lo arrebató. El 18 de febrero de 1941 el teniente Wojtyla murió a los 61 años, dejando al joven de 20 años completamente solo en el mundo. El futuro Pontífice pasó la noche en vela, rezando por la memoria de su padre, quien falleció sin ver a su hijo convertido en sacerdote.

Este anhelo no se haría realidad sino hasta 18 meses más tarde, cuando Wojtyla comenzó sus estudios en el seminario clandestino de Cracovia, actividad que desempeñó a la par con su trabajo como obrero en la planta química de Solvay hasta agosto de 1944.

La persecución de los nazis se hizo cada vez más brutal y la Iglesia no escapó de los atropellos. Varias iglesias fueron clausuradas y, aunque los sacerdotes tenían autorización para celebrar misa, los feligreses no tenían permiso para asistir al servicio. Wojtyla, preocupado por su seguridad, buscó refugio en la residencia del arzobispo de Cracovia, Adam Stefan Sapieha, y permaneció allí hasta finalizar la guerra.

La nueva Polonia

En enero de 1945 las fuerzas armadas rusas liberaron Cracovia de la ocupación alemana y la pesadilla nazi se desvaneció para dar inicio a una nueva etapa en la historia de Polonia. En la conferencia de Postdam las potencias occidentales acordaron cederle a Rusia una parte de Polonia Oriental, pero dicha pérdida se vería recompensada con territorios de Alemania Oriental, y el pueblo polaco además podría elegir libremente a sus propios gobernantes mediante voto secreto.

Durante la posguerra, la influencia soviética en Polonia fue determinante y el gobierno pasó a manos del Partido Obrero Unificado, un grupo favorable a Rusia que promulgó una Constitución de orientación comunista. La industria y la propiedad privada fueron intervenidas por el Estado, la educación se acomodó a los lineamientos marxistas, se aceptó la presencia de la Iglesia Católica y se comenzó a colectivizar la propiedad agrícola.

Así como Polonia intentaba reconstruirse, Wojtyla siguió labrando su camino. El primero de noviembre de 1946 fue ordenado sacerdote en la capilla privada del arzobispo Sapieha y al día siguiente ofició su primera misa en la cripta de San Leonardo, en Wavel. Por recomendación de su mentor viajó a Roma, en donde se doctoró en teología en 1948 y aprovechó su período de vacaciones para ejercer el ministerio pastoral entre los inmigrantes polacos de Francia, Bélgica y Holanda. A su regreso a Polonia fue vicario en varias parroquias y capellán de los universitarios en la iglesia de San Florián hasta 1951, cuando reanudó sus estudios de teología y filosofía. Después trabajó como profesor de teología moral y ética social en el seminario mayor de Cracovia y en la facultad de teología de la Universidad de Lublin. Para ese entonces Wojtyla ya había comenzado a publicar sus escritos.

Su ascenso en la escala jerárquica de la Iglesia Católica repuntó en julio de 1958, cuando fue designado obispo auxiliar de Cracovia, y dos meses después fue nombrado obispo. Su nuevo cargo le permitió viajar en 1962 a Roma para asistir al Concilio Vaticano II, en donde desempeñó un papel importante en la elaboración de la constitución Gaudium et Spes.

En enero de 1964 fue designado arzobispo de Cracovia y tres años más tarde Pío XII lo consagró cardenal en la Capilla Sixtina. De ahí en adelante se dedicó a ejercer sus funciones pastorales e hizo evidente su interés por los viajes de carácter evangélico y académico, ya que durante este tiempo realizó visitas a Estados Unidos, Italia, Francia, Australia, Filipinas, Nueva Guinea, Bélgica, Italia, Alemania, Canadá, entre otros.

Su nombramiento fue aceptado por las autoridades polacas, pues no en vano Wojtyla había aprendido a manejar bien su desagrado por el comunismo de manera que no afectara el ejercicio de sus actividades. Como cardenal presionó para obtener permisos para construir iglesias, defendió la organización de grupos juveniles y ordenó sacerdotes para que trabajaran clandestinamente en Checoslovaquia.

En 1978 una avalancha de acontecimientos cambiaría para siempre el rumbo de su vida. Tras la muerte de Pablo VI, Wojtyla, junto con el resto de cardenales, fue llamado a Roma para elegir en el cónclave al nuevo sucesor de Pedro. Luego de un día de deliberación el cardenal Albino Luciani fue elegido Papa con el nombre de Juan Pablo I.

Sin embargo la fatalidad se apoderó del Vaticano y el nuevo pontificado duró apenas un mes. La repentina muerte de Juan Pablo I, el 28 de septiembre debido a una falla cardíaca, puso en aprietos a la Iglesia, que convocó a un nuevo cónclave para el 14 de octubre. Los cardenales regresaron a Roma y dos días más tarde la fumata blanca anunció la elección del sucesor 263 de Pedro: el cardenal Karol Jozef Wojtyla, el primer Papa polaco de la historia, quien se convertiría en una de las figuras más importantes del siglo XX.
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