Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2015/08/16 00:20

41 millones: eso cuesta ser bravas

Cuando una mujer manifiesta su temperamento en la oficina pierde opciones de ascenso. Cuando el hombre lo hace su carrera toma impulso.

Manifestar la molestia en la oficina es común. Pero una reciente investigación acaba de demostrar que las mujeres tienen las de perder cuando lo hacen. Estableció que las mujeres que critican de manera vehemente a los demás o son asertivas y expresan sus emociones son consideradas menos competentes y reciben hasta 15.000 dólares menos de sueldo al año, lo que equivale a 41 millones de pesos. El asunto pasaría inadvertido si no fuera porque ese tipo de actitudes afecta menos a los hombres. Según el estudio, la pérdida para ellos representa la mitad que para las mujeres. Con esto se confirma que a la hora de juzgar estas emociones existe una desigualdad de género en el trabajo, pues cuando ellas expresan ira o se ponen bravas son castigadas de manera más dura que los demás.

El estudio fue hecho por VitalSmarts, firma de consultoría organizacional de Utah, Estados Unidos, y en él participaron más de 11.000 personas divididas en dos grupos. A la mitad de los participantes les fueron asignados unos videos en los que gerentes de ambos sexos hablaban a sus subordinados. Luego debían calificar su desempeño y asignarles un sueldo. El otro grupo hizo lo mismo pero con videos en los que los gerentes suavizaban la manera como hablaban con frases como “yo sé que decir las cosas así me puede meter en problemas, pero…”.

Aquellas jefes mujeres críticas, vehementes o que manifestaron ira fueron calificadas 35 por ciento menos competentes, y se les asignó un salario 15.000 dólares menor que el asignado a los hombres bravos, cuya calificación y sueldo no sufrió tanto. Joseph Grenny, autor del trabajo, señaló con base en los hallazgos que para las mujeres es riesgoso asumir este tipo de comportamientos pues existe “una desigualdad emocional que castiga a las mujeres más que a los hombres”.

La pregunta del millón es por qué. Para Grenny, la respuesta tiene que ver con los estereotipos que la sociedad tiene de las mujeres. “Ellas son las que crían y cuidan”, y el modelo de poder no encaja en ese papel. Isabel Londoño, directora de la Fundación Mujeres por Colombia, agrega que la sociedad está acostumbrada al rol sumiso de ellas y cuando reclaman sus derechos, opinan o son críticas las miran mal porque no están acostumbrados a que actúen así. “Dicen que es mal genio, que son histéricas, peleonas, contestatarias. El juicio siempre es negativo”.

Eric Ullman, profesor de recursos humanos y autor de trabajos que han arrojado resultados similares, señala que en el hombre la ira se justifica pues se cree que se origina en circunstancias externas y objetivas, mientras que la de las mujeres se ve como un producto de su personalidad. Por eso, en el caso de ellas una demostración de rabia puede significar menor competencia para manejar los asuntos de un gerente. A los hombres, según ha encontrado Ullman, este tipo de comportamiento les representa una ventaja. “Los hombres que se salen de control sin dar explicaciones son vistos con buenos ojos a pesar de todo, son mejor pagados y más competentes que aquellos que no muestran emoción o que explican su forma de actuar”.

Grenny señala que desvelar estos fenómenos es ya un gran paso para erradicar esta discriminación por género que es, ante todo, muy inconsciente. La idea es reconocer juicios negativos como ‘es una bruja’ cuando la mujer habla en un tono fuerte. También les recomienda a ellas matizar el lenguaje con frases como ‘sé que es riesgoso para mí hablar de manera asertiva pero quiero dejar por sentada mi opinión’. En el estudio científico, cuando las mujeres hablaban así fueron calificadas menos negativamente.

Para Londoño esta es la manera como la sociedad impide los cambios y “funciona porque muchas mujeres ante este tipo de situaciones prefieren callar su voz”, dice. Por eso les aconseja mantenerse serenas, ser conscientes de cuáles son los disparadores de su ira para controlarlos, pero nunca dejar de hablar, opinar y exigir “porque el costo de callar una voz independiente y crítica es mucho más alto que cualquier sueldo”.

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