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| 12/16/2006 12:00:00 AM

Alarma mundial

Los pronunciamientos ambientales de este año pusieron cifras reales a un fenómeno que cada vez es más palpable: el calentamiento global.

Evitar el derretimiento de los glaciares, impedir la desaparición de los bosques y disminuir el número de especies animales en vía de extinción, dejaron de ser propósitos utópicos de ambientalistas en 2006. Primero, porque la situación fue analizada desde la perspectiva económica, y segundo, porque se afirmó que los daños causados por el calentamiento global ya son irreversibles.

El aumento en la temperatura de la atmósfera terrestre, desatado por el efecto invernadero de gases utilizados por el ser humano, es un tema manido desde los años 80. Sin embargo, no fue sino en 1997 que el mundo se comprometió a mejorar la situación a través del Protocolo de Kyoto. Éste busca que entre 2008 y 2012 la emisión de gases, como el dióxido de carbono, metano, óxidos nitrosos y clorofluorocarbonos, disminuya en los países industrializados un 5,2 por ciento, respecto a 1990.

El acuerdo fue suscrito inicialmente por 34 países, y para entrar en vigor debía ser ratificado por las naciones industrializadas que causan el 55 por ciento de dichos gases. Cosa que sólo se logró en 2004, cuando Rusia lo ratificó y permitió que éste empezara a regir el 16 de febrero de 2005. Actualmente son parte 166 Estados. Sin embargo, alcanzar los indicadores propuestos no es nada fácil, máxime si se tiene en cuenta que el país más contaminante, Estados Unidos, no se ha querido unir a la causa; y China e India, a pesar de haberlo ratificado, no están obligadas a tomar medidas, por no ser naciones desarrolladas.

Todo esto hace que el protocolo sea más un papel que un compromiso real. La debilidad de lo firmado en Kyoto fue confirmada este año con el Informe Stern, que se dio a conocer el 30 de octubre. Éste fue escrito por el economista Sir Nicholas Stern para el gobierno del Reino Unido, con el fin de evaluar el impacto económico del calentamiento global.

El diagnóstico que presenta es tan grave, que dice que la Convención del Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático y el Protocolo de Kyoto no son suficientes. Y que son necesarias medidas más ambiciosas en todo el mundo, que incluyan cooperación tecnológica energética, medidas para reducir la despoblación forestal y planeación de la adaptación al cambio climático, sobre todo en los países más pobres.

El informe Stern no es nada alentador. Establece que cientos de millones de personas podrían padecer hambre, escasez de agua e inundaciones costeras, y que, de permanecer inactivos, esto costará la pérdida de entre el 5 por ciento y el 20 por ciento anual del PIB global. Es decir, puede haber una crisis económica y social durante el resto de este siglo y el siguiente, de una escala parecida a la de las grandes guerras y la Gran Depresión de la primera mitad de siglo XX.

A este informe se sumó la declaración de la agencia de Naciones Unidas, Asociación Metereológica Mundial (OMM), que en los primeros días de noviembre afirmó que la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera se incrementó en un 0,5 por ciento en 2005 y que posiblemente seguirá creciendo si no se toman medidas.

Compromisos y resistencias

El 6 de octubre se llevó a cabo la Cumbre de Cambio Climático en Monterrey, que congregó a representantes de los 20 países más contaminantes del mundo. La reunión, promovida por el Reino Unido, terminó con el consenso de que es urgente frenar las emisiones de gases con efecto invernadero, pues si no se hace, las estimaciones de las autoridades inglesas se cumplirían: las emisiones podrían aumentar en un 137 por ciento para 2050.

En noviembre, delegados de 189 países asistieron a la Conferencia de las Partes (COP) de la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, en Nairobi, Kenia. Allí se expuso un estudio sobre la vulnerabilidad de África donde se estima que el 30 por ciento de su infraestructura costera se podría inundar, y que entre el 25 por ciento y el 40 por ciento de las especies que habitan el continente pueden desaparecer para el año 2085.

Todos estos datos tan poco alentadores parecen estar empezando a dejar huella en la agenda de los países que contaminan y se mantenían ajenos a buscar soluciones. Por ejemplo, Australia, que tampoco ratificó el Protocolo de Kyoto, anunció hace unos días que creará un fondo de 379 millones de dólares para reducir las emisiones de gases contaminantes. Este país no participó del Tratado por considerar que acabaría con su economía doméstica, derivada del carbón. Sin embargo, sus finanzas fueron gravemente afectadas por las sequías de este año, atribuidas al calentamiento global, que, según el Banco Central Australiano, provocarán una disminución de cerca de 0,75 por ciento del crecimiento económico del país.

El tema también empezó a inquietar a la opinión pública estadounidense y hasta podría ser tema de campaña política, gracias a la película Una verdad incómoda, que le está dando la vuelta al mundo. En este documental, Al Gore, contendor de George W. Bush en las elecciones del año 2000, expone las consecuencias que han traído el calentamiento global y la negligencia del Estado norteamericano al respecto.

De igual forma, finalizando 2006, voceros de Massachusetts, California, Nueva York y nueve Estados más, apoyados por 13 Grupos Ambientalistas, solicitaron a la Suprema Corte de los Estados Unidos que debata y dictamine sobre el Calentamiento Global. Esto con el fin de que la Agencia de Protección Ambiental (EPA) tome medidas más eficaces.

La Corte se pronunciará al respecto el año entrante, pero como era de esperarse, las opiniones en contra no faltaron. Entre los argumentos expuestos está que tomar medidas traerá cambios muy pequeños y fácilmente superados por la contaminación producida por China. Además que la EPA no tiene facultades para regular esas emisiones y que esto traería un impacto negativo en la economía, pues el 85 por ciento de las industrias están vinculadas a la emisión de gases invernadero.

Dichas posiciones significan un gran obstáculo para detener las catástrofes que hoy se anuncian y se empiezan a presentar en el mundo. Ya que Estados Unidos fue considerado en 1990 el país más contaminante, con una participación del 36,1 por ciento y para el año 2004 presentó un crecimiento del 16 por ciento respecto a esta cifra.

Esta falta de voluntad política puede traerle un alto costo a la Tierra, que, como decía Mahatma Gandhi, "es suficiente para todos, pero no para la voracidad de los consumidores".
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