Jueves, 23 de octubre de 2014

| 2013/05/25 04:00

Atrapados con salida

Aunque los trastornos mentales son más comunes de lo que se cree, en Colombia la gente desconoce sus causas y consecuencias. Y el estigma resultante es peor que la enfermedad.

Atrapados con salida Foto: El cíclope miope

Quienes padecen un trastorno mental saben que la procesión va por dentro. Primero, porque aceptar la enfermedad les toma varios años. Y segundo, porque mientras los síntomas sean invisibles, los demás difícilmente entenderán lo que les sucede. Para muchos, ese otro es un loco, un desadaptado que no puede llevar una vida normal.

“Es muy difícil explicar cómo se siente el paciente, porque cree que es la única persona en el mundo a la que le está sucediendo”, asegura el psiquiatra José Posada Villa. Según la OMS, cerca de 450 millones de individuos sufren un trastorno mental y se estima que uno de cada cuatro lo desarrollará en algún momento. 

En Colombia los desórdenes más comunes son la depresión, los trastornos de ansiedad, el alcoholismo y la drogadicción, el suicidio entre adolescentes y los síndromes de déficit de atención, conducta y aprendizaje en niños. De acuerdo con el Estudio Nacional de Salud Mental de 2003, el 40 por ciento de la población presenta un trastorno mental y solo el 8 por ciento busca ayuda al año de haber tenido la primera crisis. El resto tarda en promedio 15 años y solo el 15 por ciento recibe un tratamiento adecuado. Esta demora, según los expertos, se debe al propio estigma que el enfermo le imprime a su mal.  

  

Aunque no existe un trabajo que mida la discriminación, el 76 por ciento de los pacientes con enfermedad mental considera que sus derechos humanos han sido vulnerados. La mayoría entonces prefiere callar. Las cosas, sin embargo, serían muy distintas si la gente comprendiera su drama.

Posada, por ejemplo, conoció una vez a un colega que tenía un desorden obsesivo-compulsivo que le ocasionaba una alta inestabilidad laboral porque no podía trabajar en equipo. El médico lo contrató en su unidad y, como sabía en qué consistía su trastorno, lo situó en un rincón con un computador para que trabajara solo. “Resultó ser muy productivo y nunca dio problemas. Por eso, no creo que haya malos trabajadores, sino mal ubicados”, asegura.  

Los pacientes también deben entender que así como hay enfermedades físicas que no tienen cura y se controlan con una pastilla diaria, también existen desórdenes mentales que se mantienen a raya con medicamentos y psicoterapia. 

De hecho, a pesar de que algunos piensan que la esquizofrenia es el cáncer de la mente, entre el 30 y el 35 por ciento de quienes la padecen y siguen el tratamiento pueden llevar una vida común y corriente en un cargo que se adapte a su condición. Acabar con el estigma es difícil porque se trata de una discriminación estructural presente hasta en el discurso. Es decir, la gente no habla de que una persona tiene esquizofrenia sino que lo etiqueta como esquizofrénico.

El reto es ponerse en los zapatos de los demás. Como explica Posada: “Todavía creemos que el psiquiatra es solo para los locos, cuando en realidad la salud mental es un asunto de profesores, economistas, curas, policías, periodistas, etcétera. Todos debemos romper con ese paradigma”. 


“Un monstruo me estaba aplastando” 

Testimonio de un profesor con depresión, el trastorno mental más común y el que más discapacidad genera, que sufrió el estigma en una prestigiosa universidad bogotana.   

“Al principio no podía concentrarme. Estaba cansado y triste, tampoco dormía bien y lloraba con frecuencia. Al caminar me sentía agobiado. Entonces le comenté a una colega y ella me recomendó que fuera al psicólogo. Le hice caso y ante una crisis grave, me remitieron al psiquiatra. Con él llegamos a la conclusión de que padecía depresión severa. Alcancé a pensar en suicidarme, pero con medicamentos y terapia empecé a mejorar. 

Lo más cruel, sin embargo, es que mis compañeros de trabajo me aislaron, incluida la amiga que me sugirió buscar ayuda. Como mi rendimiento decayó, se empeñaron en sacarme porque para ellos yo era indeseable. No se fijaron en mi trayectoria ni me dieron la oportunidad de recuperarme. Me sentí abusado, rechazado y excluido. Parecía que un monstruo me estaba aplastando. Al final, en una jugada calculada, se deshicieron de mí y me mandaron a otra ciudad. Fue un dolor muy profundo, pero sobreviví y salí fortalecido”.  

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