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| 12/12/1994 12:00:00 AM

¡AY QUE CALOR!

Los ecologistas están recalentados. Dos recientes estudios científicos aseguran que la tesis del efecto invernadero no es más que un mito.

HACE 10 AÑOS NO SE HABLA DE otra cosa: el efecto invernadero. El diagnóstico de los expertos es que la Tierra se está recalentando, y la verdad es que el clima cada vez muestra más síntomas de haberse enloquecido. Según los ecologistas, la acumulación de gases en la atmósfera está ocasionando una seria modificación climática y, a menos que se haga algo, la temperatura global aumentará y el planeta vivirá las catastróficas consecuencias de este calentamiento: pérdida de las franjas costeras, intensificación de las sequías, desaparición de los bosques y extinción de las especies nativas. Y en este cataclismo el hombre es a la vez víctima y culpable.

Pero mientras la mayoría de los ecólogos lanzan alarmantes S.O.S. para prevenir esta catástrofe, aparecen otros estudios que cuestionan la veracidad de los dramáticos efectos del calentamiento de la Tierra. Primero fue Yves Lenoir, un científico francés que hace dos años lanzó un libro -La verdad sobre el efecto invernadero- en el cual demuestra que el incremento de la temperatura terrestre se debe más a la circulación de las corrientes oceánicas que a los gases de efecto invernadero. A esta tímida presunción se unen ahora otras voces científicas que critican la teoría según la cual el aumento de gas carbónico dentro de la atmósfera estimula una elevación de la temperatura de la Tierra. Y ahora esta hipótesis está siendo replanteada. Dos estudios realizados por investigadores británicos sostienen que, aunque a lo largo de los últimos 50 años la actividad humana ha liberado grandes cantidades de este gas dentro de la atmósfera, tan sólo un recalentamiento mínimo del planeta se ha comprobado.


ARDIENTE FUTURO

El dióxido de carbono es el segundo gas en producir el efecto invernadero, después del vapor de agua. Este gas atrapa los rayos infrarrojos emitidos por la Tierra y es responsable de un excedente térmica en la atmosfera de alrededor de un grado centígrado sobre los 35 de recalentamiento debidos naturalmente al efecto invernadero. En un siglo la actividad humana ha hecho pasar la concentración de C02 de 280 partículas por millón (p.p.m.) a 350 partículas por millón.

Los más recientes pronósticos sobre el recalentamiento del planeta en el siglo próximo -hechos por el Panel Intragubernamental de Cambios Climáticos-, se basan sobre simulaciones hechas en computador, las cuales parten del principio de que el aumento del dióxido de carbono provocará una elevación de las temperaturas medias del globo. Esta hipótesis se funda, en parte, sobre datos geológicos que establecen un vínculo entre las más fuertes concentraciones de dióxido de carbono en el pasado y los climas más calientes. Pero según los investigadores Bruce Sellwood, Greg Prie y Paul Valdes, de la Universidad de Reading, en Inglaterra durante el cretáceo -140 a 65 millones de años antes de nuestra era- la temperatura media de la Tierra era parecida a la actual, mientras que la atmósfera contenía probablemente cerca de 2.000 p.p.m. de dióxido de carbono. Es decir, ocho veces más que hoy.

Para llegar a esa conclusión, Sellwood y su equipo analizaron las proporciones de los isótopos del oxígeno presentes dentro de los fósiles de esa época. Los investigadores determinaron las temperaturas del cretáceo a partir del estudio de pequeños mariscos en siete sitios diferentes, desde el norte del océano Atlántico hasta el medio del Pacífico. Gracias a la espectrometría de masa, ellos pudieron comparar las cantidades de oxígeno 18 y de oxígeno 16, los isótopos más corrientes. La proporción de isótopos del oxígeno dentro de los mariscos fosilizados permitió luego evaluar la temperatura del agua en la época en que vivían esas criaturas. Lo que los científicos británicos descubrieron es que en el cretáceo las temperaturas en el ecuador eran comparables o incluso inferiores a las de hoy, mientras que la diferencia térmica entre los polos era mucho menos marcada. Este resultado debilita el modelo climático sobre el cual se apoyaban las previsiones del panel, que suponen que en el cretáceo la temperatura media era de cinco a 10 grados centígrados más elevada que hoy. "Los modelos que sugieren las futuras variaciones climáticas, tomando como referencia el mundo durante la era del cretáceo, deben ser consideradas con mucha prudencia", previnieron los científicos. Otro investigador británico, Jack Barret, del Colegio Imperial de Londres, también ha revisado el efecto de una más fuerte concentración de C02 sobre el recalentamiento. En un artículo -publicado en la revista especializada Spectroquímica Acta- Barret analiza el papel que cumplen el dióxido de carbono y el vapor de agua dentro de la regulación de la troposfera (capa inferior de la atmósfera), donde se producen la mayor parte de los cambios meteorológicos y que se extiende 18 kilómetros sobre el ecuador y seis kilómetros por encima de los polos.

Según Jack Barret, los 30 primeros metros de la troposfera contienen ya suficiente gas carbónico y vapor de agua para absorber la totalidad de rayos infrarrojos reflejados y emitidos hacia la corteza terrestre, para la mayor parte de las longitudes de onda. Pero hay una excepción: una 'ventana' para las longitudes de onda comprendidas entre 7.5 y 14 micrómetros, por la cual el excedente térmico se escapa al espacio, a menos que sean devueltas sobre la Tierra por las nubes o absorbidas por partículas en suspensión dentro del aire. En opinión de Barret, el dióxido de carbono no libera la energía que absorbe en forma de radiación infrarroja por resplandores de cuerpos negros, como lo suponen lo modelos climáticos, sino por colisión con otras moléculas. En consecuencia, todos los resplandores -con excepción de aquel que pasa por la ventana- son totalmente absorbidos. Y, según su teoría, es por ello que un aumento de C02 o de vapor de agua dentro de la atmósfera tendría pocas repercusiones. Barret va incluso más allá y señala que si todas las reservas de combustibles fósiles conocidas se quemaran habría cuatro veces más dióxido de carbono y la consecuencia más probable sería una proliferación de la vegetación, y no un recalentamiento atmosférico espectacular. Estas nuevas teorías no sólo critican el discurso que exalta el papel de los gases del efecto invernadero; sus promotores también acusan a los defensores de la teoría del efecto invernadero de "terrorismo ecológico". Según los revisionistas los grandes cambios que se han sucedido en el clima no son nada nuevo y hacen parte de evoluciones que ya habían sido observadas por los antiguos pobladores del planeta. Según su opinión, pretender alterar la temperatura del globo a punta de precauciones suena tan absurdo como si se quisiera interrumpir el movimiento de la Tierra. Mientras científicos y ecologistas se ponen de acuerdo, el resto de los mortales continúa, al más puro estilo inglés, hablando del clima.
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