Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1986/09/29 00:00

BACULAZOS DE CIEGO

Juan Pablo II prosigue su enconada batalla por las posturas tradicionales de la Iglesia

BACULAZOS DE CIEGO

El Vaticano sigue enfrascado en su campaña para meter al redil, a baculazos, a los teólogos descarriados. La semana pasada, y como una nueva "advertencia a los que cuestionan la enseñanza tradicional" de la Iglesia en materias de moral y doctrina, le correspondió el baculazo al padre Charles E. Curran, profesor de teología desde hace veinte años en la Universidad Católica de América en Washington, a quien se le prohibió seguir enseñando. El padre Curran no era, como en casos anteriores, un "teólogo de la liberación" peligrosamente contaminado de marxismo. Sino simplemente un teólogo "liberal" que trataba en forma reñida con la rígida ortodoxia temas como el control natal, el aborto, el divorcio, el homosexualismo, las relaciones sexuales premaritales y el matrimonio de los sacerdotes. Es decir, todos los temas morales que preocupan a la socieda norteamericana, en donde Curran enseñaba.
Como para subrayar el hecho de que no se trata de un problema individual, de una sanción dirigida contra un teólogo aislado, el Papa Juan Pablo II publicó en esos mismos día -el 28 de agosto, cuando se conmemoraban dieciséis siglos de la conversión de San Agustín al cristianismo- una "Carta apostólica" en el mismo sentido, diciendo que había que seguir las enseñanzas del santo. Afirmó el Papa que éstas incluían "la total adhesión a la autoridad de la fe, que se manifiesta por sí misma en la Biblia, la tradición y la Iglesia". Y en apariencia es normal reforzar el valor permanente de la tradición recurriendo a un teólogo del siglo IV. Pero resulta un poco irónico, porque las enseñanzas de San Agustín fueron consideradas en su tiempo, y en ciertos aspectos siguen siéndolo, como heréticas y contrarias a la ortodoxia católica. Fue precisamente contra ellas -en especial contra la peligrosa tesis de la predestinación- que en el siglo IV Vincent de Lérins, teólogo de una abadía cisterciense situada en donde hoy está Cannes, en la Costa Azul francesa, forjó la fórmula que resume la ortodoxia católica: Quod ubique quod semper quod ab omnibus creditum est ("lo que es creido en todas partes, siempre y por todos"). Y más irónica resulta la condena al padre Curran cuando se comprueba que lo que éste enseñaba en la universidad coincide con "lo que es creido en todas partes (o casi) y por todos (o casi todos)" entre la comunidad católica norteamericana. Una encuesta hecha a fines del año pasado por el New York Times y la cadena de televisión CBS reveló, en efecto, que un 68% de los católicos norteamericanos es partidario del control de la natalidad, un 63% del matrimonio de los sacerdotes y un 37% del aborto, al cual sólo un 15% se opone a todo trance, tal como ordena la Iglesia.
Por lo demás, el problema de fondo que opone al Vaticano (al Papa Juan Pablo II y al cardenal Joseph Ratzinger, gran inquisidor de la Congregación de la Doctrina de la Fe) con los teólogos heterodoxos, sean liberales o liberacionistas, no es el de la tradición contra la modernidad. Las tradiciones que los tradicionalistas defienden son bastante modernas: sin ir más lejos, en tiempos de San Agustín los obispos se casaban -empezando por él. El problema es el de la autoridad frente a la razón y a la reflexión independiente -y tampoco ahí es San Agustín el mejor ejemplo: si se acercó al cristianismo a través de la herejia maniquea (que luego combatió) es porque le parecía una doctrina que apelaba más a la razón que a la autoridad, y más al disentimiento que a la sumisión. En cambio Juan Pablo II, y desde luego su "brazo armado" el cardenal Ratzinger, son partidarios de la autoridad frente a la razón, y en consecuencia adversarios resueltos de todo lo que dentro de la Iglesia pueda oler a colegialidad, diálogo, libre examen, derecho a disentir: es decir, de todas las libertades "democráticas" que fueron instauradas hace veinte años por el Concilio Vaticano II. O mejor, restauradas.
Pues en ese aspecto ese Concilio no hizo otra cosa que devolver a la grey de los fieles y a los obispos el peso de que gozaban en el seno de la Iglesia primitiva, y que les había sido arrebatado por el centralismo autoritario del Vaticano en el último siglo y medio. Tras el "desenfreno" posconciliar, Juan Pablo II y el cardenal Ratzinger quieren regresar al autoritarismo rigido del Syllabus de Errores de Pío IX, que en 1864 condenaba "esa opinión errónea tan perniciosa para la Iglesia Católica, llamada 'locura' por nuestro predecesor Gregorio XVI, de que la libertad de conciencia es un derecho de todos los hombres...".
Es posible que el Papa y Ratzinger tengan razón, y el derecho a disentir en el seno de la Iglesia sea un germen de disolución que acabe destruyendo su fábrica milenaria. Sin embargo, lo que piensa un sector creciente de la Iglesia, desde el padre Curran hasta los teólogos de la Liberación, es que lo que le ha dado esa perdurabilidad capaz de desafiar el paso de los siglos es (además de la voluntad divina) su capacidad de adaptación, su flexibilidad interna, que le permiten tener el oido atento al cambio de los tiempos, en cuestiones no sólo de doctrina sino especialmente de moral, y naturalmente de política. Vincent de Lérins se escandalizaria sin duda al ver que lo que fue su tranquila abadía cisterciense es hoy un hervidero de mujeres impúdicas en bikini, que con seguridad tomaría por súcubos malignos. Y sin embargo, el bikini es hoy usado ab omnibus: por todo el mundo.

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