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| 4/28/2003 12:00:00 AM

Buena química

Los científicos siguen encontrando piezas en el rompecabezas del amor: la sensación de apego y unión que se establece entre las personas podría depender más de las hormonas que de los sentimientos.

Los campañoles son unos diminutos ratones de campo que habitan en las praderas del centro de Estados Unidos. Son muy sociables y comunitarios y tienden a formar núcleos familiares tan perfectos que parecen sacados de la serie de televisión Los Ingalls. Una vez escogen su hembra se mantienen fieles a ella y le ayudan a levantar a sus crías en total armonía y paz. Los campañoles de montaña, sus primos cercanos, no tienen paciencia para tanto romanticismo y mucho menos para sentar cabeza con una sola dama. Son más bien promiscuos y abandonan sin ningún reparo a la hembra en cuanto está preñada para emprender muy probablemente una nueva conquista.

Estas diferencias han convertido a ambos roedores en dos especies muy llamativas para los científicos que se dedican a entender las raíces del comportamiento sexual de los animales y de los humanos. Una de ellas es Sue Carter, una neuroendocrinóloga de la Universidad de Illinois, quien desde hace 25 años sigue de cerca cada paso de estos curiosos animales. En ese cuarto de siglo Carter ha logrado establecer que esta sutil pero a la vez gran diferencia entre los campañoles de campo y los de montaña tiene que ver con una hormona característica de los mamíferos: la oxitocina.

Esta sustancia tiene fascinados a los científicos, así como lo hizo la serotonina hace unos años cuando salieron a la venta medicamentos como Prozac. Unas veces se la llama la hormona social y en otras se refieren a ella como la facilitadora del amor, pues al parecer está relacionada con el proceso de establecer vínculos afectivos en animales monógamos y en humanos.

La doctora Carter puede dar fe de ello pues en su laboratorio, cuando inyectaba oxitocina en el cerebro de los ratones de las praderas, ellos se apareaban más rápido de lo normal. De la misma forma, cuando introducía en sus cuerpos bloqueadores de los receptores de la hormona, su comportamiento fiel y comprometido era suplantado por un estilo de vida más propio de las protagonistas de Sex and the city. Se apareaban indiscriminadamente y no establecían ninguna relación duradera. A la investigación de Carter contribuyó el trabajo de otro colega suyo, Tom Insel. El comparó los cerebros de las dos especies de ratas y descubrió que en los de los monógamos los receptores de la oxitocina estaban ubicados en un sector llamado el nucleus accumbens, un centro especializado en el placer y la recompensa. También pudo establecer que los receptores de oxitocina se traslapan con los de dopamina, otra de las moléculas involucradas en la construcción de sentimientos como el amor. Los científicos concluyeron que dada la arquitectura de sus cerebros, para estos animales cuidar a sus hijos y mantenerse fieles a su pareja, más que un sacrificio era una fuente de infinito placer.

Estudios hechos con ovejas han mostrado que la oxitocina ayuda a que la leche materna baje después del parto y dispone a la madre a alimentar a su cría sin problemas. También está relacionada con el parto, un momento en el que se liberan grandes cantidades de estas y otras hormonas para provocar las contracciones y facilitar el nacimiento del bebé. Observando a sus roedores, Carter ha podido confirmar también que la oxitocina se libera durante el apareamiento y su función es ayudar a establecer un vínculo entre la pareja. La científica, sin embargo, encontró ciertas diferencias entre los sexos. "El apego se establece más rápido y dura mucho más en las hembras que en los machos", dice.

Las historias de estos ratoncitos no pasarían de ser un tierno cuento infantil si no fuera porque han aportado muchas luces sobre lo que podría suceder en los seres humanos. Aunque es difícil realizar estudios con personas por los problemas éticos que esto supone, los científicos han podido establecer que la oxitocina podría comportarse en forma similar a los ratones de la pradera. Un estudio que permitió llegar a esa presunción fue el que se realizó para comparar la actividad cerebral de un grupo de personas mientras veían fotos de parejas de enamorados o de amigos. El patrón de actividad de la gente que tuvo que mirar las fotos románticas fue similar al de las madres primerizas que escuchan el llanto de sus hijos. Esto llevó a los investigadores a lanzar la hipótesis de que en eventos de enlaces clave de la vida, como el nacimiento de un hijo o una relación sexual, la oxitocina ayuda a fijar en la mente la imagen de la pareja o del pequeño. De hecho, las madres que alimentan a sus hijos muchas veces relatan que sus pequeños las miran de una manera tierna y amorosa mientras toman la leche materna. Esos recuerdos y la asociación de estos con sentimientos cálidos y reconfortantes podría ser por obra y gracia de la oxitocina.

A pesar de todas la investigaciones realizadas los científicos piensan que aún falta mucho camino por recorrer para conocer a ciencia cierta el papel de la oxitocina en las emociones humanas. Incluso algunos opinan que existen mucho más químicos involucrados en el proceso de establecer lazos afectivos entre pares y posiblemente a la oxitocina se le ha dado más bombo del que realmente debería tener. Pero los interrogantes que quedan pendientes, como la relación entre la hormona y la monogamia, el papel que desempeña la oxitocina en cada sexo y qué otros elementos están involucrados en el proceso de apego, y qué pasa con los individuos que presentan bajos niveles de esta molécula, son tan llamativos que los investigadores no los dejarán sin resolver. Lo más importante es que la comprensión del funcionamiento de la hormona ayudará a mejorar vínculos afectivos problemáticos en un futuro mediante medicamentos, tal como se hace hoy con la depresión y otros desórdenes mentales.
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