Miércoles, 26 de noviembre de 2014

| 2002/05/18 00:00

Bulto de sal

Según un sicólogo inglés, los que son de malas no nacen sino que se hacen. Basta cambiar de actitud ante la vida para que las cosas comiencen a enderezarse.

Bulto de sal

Hay gente muy de malas en la vida. Por ejemplo, Daniel. Era la noche en la que iba a decirle a su novia que se casaran. La impaciencia y la ansiedad por llegar rápido le impidieron frenar justo en el momento en que el carro que iba delante del suyo detuvo la marcha. Estaba lloviendo a cántaros. Cuando vio que con el estrellón sólo se habían dañado las luces traseras sintió un alivio, pero esa sensación le duró muy poco. El carro era un BMW último modelo y cualquier repuesto costaría una millonada. Llegó empapado a la casa de su novia y lo primero que hizo fue contarle todo acerca del accidente. Ella hubiera querido ser más comprensiva con él pero ya había decidido que esa noche le pondría fin a la relación. A los tres días su jefe lo llamó y le dijo que por motivos de reestructuración de la compañía su cargo había quedado abolido. En 72 horas se quedó sin un peso, sin novia y sin trabajo.

Sus amigos se burlan de él y no pueden evitar compararlo con personajes caricaturescos, aunque sus historias hacen ver al Coyote del Correcaminos o al gato Silvestre como los más afortunados. Cuando le preguntan por qué la mala fortuna lo persigue a donde va piensa que es una cuestión del destino. "Nací con un bulto de sal en la cabeza".

Richard Wiseman opina lo contrario. Este sicólogo de la Universidad de Hertfordshire, en Inglaterra, no cree que la suerte sea un don que los dioses o las fuerzas cósmicas les otorgan a ciertos individuos antes de nacer. Tampoco cree que sea un rasgo inmodificable. A excepción de eventos que son más del terreno del azar, como ganarse una lotería, está convencido de que cada quien es artífice de su propia suerte. "Lo que sucede es que a la gente que le va mal no es capaz de darse cuenta qué es lo que causa su infortunio", explica.

En The luck factor, su más reciente libro, recoge el resultado de una investigación que dirigió durante ocho años con más de 400 personas entre 18 y 84 años, entre las cuales había tanto individuos que se consideraban suertudos como otros que se tildaban de salados. Para estudiarlos los entrevistó durante años, les pidió que llevaran un diario y los hizo participar en pruebas de inteligencia y experimentos. Después de analizar toda la información el experto concluyó que la suerte no existe. Son algunas actitudes las que hacen la diferencia entre unos y otros. "La gente de malas nunca encuentra oportunidades al azar porque no las ve", dice. Un simple experimento le ayudó a confirmar lo anterior. Wiseman dividió a los dos grupos, les entregó un periódico y les pidió que contaran cuántas fotos había en esa edición. Los de malas tardaron cerca de dos minutos en obtener la respuesta mientras que los de buenas tuvieron la cifra mucho más rápido. La explicación es muy simple. Wiseman colocó un pequeño aviso en la segunda página del periódico que decía: "No cuente más: hay 43 fotos en este diario". Aunque el aviso estaba en un lugar visible los poco suertudos no lo vieron mientras que los individuos con suerte sí. El experto repitió la prueba. Esta vez la nota decía: "Deje de contar. Dígale al investigador que acaba de ver este anuncio y con ello ganará 250 libras esterlinas". De nuevo, los de malas no lo vieron y los de buenas salieron ese día con dinero en sus bolsillos.

Al juntar estos experimentos con pruebas de personalidad Wiseman encontró que la gente infortunada vive más tensa que la afortunada y la ansiedad es un obstáculo para ver información que puede ser crucial en un determinado momento. Los suertudos, por el contrario, son personas con una mente más abierta y más relajados, lo cual les permite, aunque tengan una misión entre ceja y ceja, ver otras oportunidades en el camino.

En la vida diaria sucede lo mismo. La gente que se siente desafortunada va a una fiesta con una idea fija: buscar el príncipe azul o la mujer perfecta. Como no la encuentran se sienten decepcionados y de esta forma pierden la oportunidad para hacer amigos, que es la manera lógica de encontrar a la media naranja. "La gente con suerte, en cambio, procura establecer nuevas amistades, así no vayan a terminar en romance, con lo cual genera más posibilidades de alcanzar la misma meta", dice.

La investigación también le reveló que los que gozan de mejor fortuna no son más inteligentes, talentosos o simpáticos que los demás. Sólo que, sin advertirlo, basan sus decisiones en cuatro principios: ven o crean oportunidades en su vida diaria; tienen en cuenta la intuición al tomar decisiones; son positivas, y cuando sufren desgracias saben sobreponerse. La gente con suerte tiene un núcleo social más extenso y ese contacto les ayuda a conseguir amigos, oportunidades de trabajo y nuevas experiencias que aquellos que tienen un círculo más estrecho.

La segunda parte del experimento de Wiseman consistió en ver si las personas "que llevan del bulto" podían convertirse en individuos afortunados si tenían en cuenta los anteriores principios. Fue entonces cuando Wiseman estableció la Escuela de la Suerte, donde invitaba gente a la que todo le sale a pedir de boca y a los que parece que se levantaran todos los días con el pie izquierdo. El grupo asistió durante un mes a su laboratorio y los resultados fueron asombrosos. Cuatro de cada cinco estaban más felices que antes, más satisfechos con sus vidas y, lo más importante, se sentían más afortunados.

Wiseman recomienda darle más importancia a la intuición a la hora de tomar una decisión. También considera necesario deshacerse de la rutina ya que la variedad trae más y mejores oportunidades. Por último, piensa que es importante verles el lado amable a todos los eventos de la vida.

De eso no cabe duda. Cuando se investigaba este artículo el servidor del correo electrónico de esta publicación colapsó y las respuestas de una pequeña entrevista que se había acordado con Wiseman no llegaron a tiempo. La entrevista, por lo tanto, no se pudo publicar. Tan de malas?

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