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| 6/13/2004 12:00:00 AM

Campo minado

Un proyecto busca advertir a los niños de las zonas rurales sobre los peligros de las minas antipersonales.

Amalia daba una vuelta por el campo, como lo hacía todos los días, cuando vio algo en el camino que le llamó la atención. Era un maletín negro que, pensó ella, se le debía haber perdido a alguien. Sin saber por qué, se imaginó que en su interior había fajos de dinero y por eso sintió la urgencia de tomarlo y llevarlo a su casa. Pero en cuanto se acercó el objeto explotó. Era una mina antipersonal.

La historia de esta niña de 12 años es ficticia, pero está basada en la realidad. Según el Observatorio de Minas Antipersonales, entre 2000 y 2003, a 214 menores de 18 años les estallaron minas antipersonales y municiones abandonadas sin explotar. De estos, 172 resultaron heridos y 42 murieron. El caso de Amalia les sirvió la semana pasada a varios niños de Soacha, Cundinamarca; Barrancabermeja, Santander, y Santa Rosa, en sur de Bolívar, para hacer un video con el cual buscan advertir a otros niños sobre los peligros de las minas y los artefactos que dejan olvidados los actores del conflicto a su paso por las distintas regiones del país.

Esta actividad hizo parte de un proyecto para prevenir accidentes de minas antipersonales organizado por la Fundación Restrepo Barco y patrocinado por las fundaciones Children of the Andes y Diana Memorial Fund, pues los niños son una población en riesgo y no tienen el conocimiento suficiente sobre el tema. "Saben que estos artefactos existen y que hay víctimas, pero no son conscientes del riesgo", dice Diana Díaz. Por eso es frecuente que tengan comportamientos poco seguros como recoger estos objetos y llevarlos a sus casas, donde los coleccionan. También van a los cambuches que han abandonado los guerrilleros para ver qué cosas dejaron, sin sospechar que pueden estar entrando en un campo minado.

Como se puede ver, la curiosidad, uno de los rasgos más característicos de los niños, es en estos casos su peor enemigo. En Colombia muchos de estos artefactos no están sembrados de la forma tradicional, "sino que se dejan a la vista y camuflados en juguetes o maletines", dice Barbara Inglin, de Children of the Andes. La reacción de ellos es ir a tocarlos o a ver qué es, y así suceden buena parte de los accidentes. También tienen falsas creencias como pensar que si queman el área supuestamente minada ya no hay peligro o que "si mandan unos animales primero y no les pasa nada, ellos van a estar seguros", afirma Alma Rosa Agualimpia, coordinadora del proyecto en Santa Rosa.

Eso llevó a la Fundación a formular una estrategia de comunicación creada por los propios niños. El proyecto tuvo varias fases y la última se llevó a cabo la semana pasada, cuando se reunieron en Bogotá 40 niños que participaron en distintos talleres para trabajar en estas estrategias. Unos grabaron el video El maletín de Amalia, que tiene dos versiones: la de la explosión y otra, con final feliz, en el que la niña reporta el objeto a las autoridades. Los participantes también hicieron dibujos y pancartas en los que advierten lo peligrosa que puede llegar a ser la curiosidad. En el taller de música compusieron una canción con cierto aire de rap que dice: "Por culpa de la guerra he sido víctima de una mina, hoy me hace falta una pierna, por favor respeten la vida".

La Fundación espera que con estos mensajes creados por los niños la campaña de prevención tenga un impacto más grande en la comunidad. En un futuro y si logran financiar la siguiente etapa, el video, las pancartas y la canción se perfeccionarán para emitirlos por los canales de comunicación más indicados y que el mensaje pueda llegar a la población objetivo. La iniciativa es innovadora pues la campaña se lanzaría en medio del conflicto y no cuando este termine, como ha sucedido en la mayoría de países que comparten con Colombia el problema de las minas antipersonales.

Indris Adriana, una niña de 12 años del corregimiento de Canelos, cerca de Santa Rosa, volvió a su casa con una idea más clara del peligro en el que ella y sus amigos viven. Ahora sabe que debe caminar por las carreteras más transitadas y no por trochas olvidadas. Y sobre todo, sabe que debe controlar sus instintos para cuando aparezca un objeto tirado en el monte. Para que no viva en carne propia el viejo refrán de "la curiosidad mató al gato".

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