Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2007/07/28 00:00

Carrera frenética

Las travesías estilo 'Eco Challenge' también se hacen en Colombia y están al mismo nivel de las mejores del mundo.

Muchos equipos se reventaron por las largas caminatas bajo un sol de 40 grados. Los mayores temores fueron las serpientes venenosas y los caminos llenos de espinas

Cuando Rubén Darío Boada y sus tres compañeros de travesía cruzaron la meta habían dormido media hora en cuatro días. Tenían los pies ampollados y sus cuerpos marcados por golpes, rayones y las mordeduras de unas "hormigas negras chiquitas que pican como un demonio". Habían caminado por pantanos, remado jornadas extenuantes y pedaleado por caminos impenetrables. Sus pieles estaban curtidas después de haber estado expuestos por más de 81 horas a temperaturas que pasaban de 40 grados en el día a heladas tormentas eléctricas en la noche. Y todo ese sufrimiento fue el que hizo más dulce la victoria. Ellos, el equipo Merrel Ríos y Canoas, de San Gil, Santander, fueron los ganadores de la Travesía Max Bosi 2007, que se celebró en los Llanos Orientales.

Se trata de la carrera de aventura más importante del país y, según los concursantes (entre los cuales han estado algunos de los mejores equipos del mundo, como el Motorola de España), el trazado, la seguridad y la logística no le envidian nada a certámenes internacionales como la Subaru Primal Quest de Estados Unidos, el Eco Motion de Brasil, el Ride The North en Canadá o el famoso Eco Challenge del canal Discovery Chanel.

En esta séptima versión, 21 equipos de cuatro personas de ambos sexos se inscribieron en la categoría principal. La idea era llegar primeros a la meta, después de hacer un recorrido de 595 kilómetros en trayectos divididos por disciplinas deportivas como remo, ciclomontañismo, patinaje, caminatas y cuerdas.

A las 10:30 de la mañana del lunes 16 de julio se dio la partida en Villavicencio. Los equipos se apostaron a orillas del río Guatiquía y con la orden de salida se echaron sus kayaks al hombro para afrontar el primer tramo. De ahí en adelante tenían que encontrar los diferentes puestos de control que estaban a lo largo de toda la ruta y en donde la organización les sellaba unos pasaportes que debían cargar en todo momento. También tenían que hallar las Áreas de Transición (AT) en donde sus equipos de asistencia, conformados por amigos o familiares, los esperaban para proveerles alimentos, bebidas, vestuario y los elementos necesarios para cada disciplina.

Para llegar a los puntos señalados, cada equipo sólo contaba con un mapa que se les entregó pocas horas antes de la partida, una brújula y la pericia del navegante, que es el encargado de orientar a su grupo. Algo que resultó muy difícil en los Llanos, en donde el terreno plano ofrece muy pocos puntos de referencia.

Durante la competencia, a algunos capitanes se les escuchaba decirles a sus compañeros que se lo tomaran con calma porque era una carrera muy larga. En este tipo de competiciones el factor suerte es muy importante y cualquier cosa puede pasar. Los que aparecían en un puesto de control en la punta, en el siguiente aparecían en los últimos lugares. Miguel Isaza, uno de los corredores más experimentados del país y navegante del equipo Tronex-Domino's-Tigo, dijo minutos antes de iniciar la travesía que "nada está escrito, si aun en una carrera de 100 metros planos hay factores que inciden en el resultado, cómo será en esta". Y no le faltaba razón, su equipo fue uno de los 10 que tuvieron que retirarse.

Son muchos los factores que pueden dejar un equipo por fuera. Por ejemplo: si un miembro se tuerce un tobillo y le toca retirarse, el grupo queda descalificado. Entre las mayores causas de deserción estuvieron fracturas, torceduras, tendinitis, esguinces y golpes. Además, las reglas son bastante estrictas. Dejar basura tirada, que la distancia entre cada uno de los miembros de cada equipo supere los 100 metros, o la pérdida de cualquier elemento obligatorio, son penalizados con tiempo.

Muchos grupos se reventaron en los dos primeros días y el agotamiento los hizo equivocarse. Porque no se trata solamente de una buena preparación física, sino también de tener una buena estrategia. La clave está en tener un equilibrio entre lo físico, la fuerza mental y la experiencia para saber manejar los tiempos. La cohesión del grupo también es fundamental. Alejandro Ortiz, otro de los participantes, explica que "hay que ayudarle siempre al que vaya más débil y siempre ser solidarios. A uno se le pasa por la cabeza, por lo menos una vez, la idea de retirarse, y necesita que los demás lo motiven".

Con todo y que sabían de la dureza de la prueba, en los corredores se podía ver una expresión de felicidad. ¡Masoquismo!, pensarán sentados en sus sillones quienes no entienden cuál es la gracia de irse por voluntad propia a sufrir durante días, llevar el cuerpo al extremo y retar a una naturaleza agreste llena de serpientes venenosas, corrientes de agua traicioneras, alacranes y abismos. Entre los competidores, la respuesta es unánime: "Amor al deporte, no hay otra explicación. Se trata de no dejarse derrotar por la naturaleza ni los obstáculos. Saber que el cuerpo y el trabajo en equipo pueden contra todo", dice Rubén Darío.

Tampoco hay una gran recompensa económica. En lo único que las competencias nacionales se quedan cortas es en la premiación. Mientras en las principales carreras de aventura los premios oscilan entre los 30.000 y los 50.000 dólares, acá el ganador se va a la casa con una bolsa de premios y un trofeo que ni siquiera alcanzan para recuperar los gastos de inscripción. "Aquí lo que no sea fútbol no vende, y nosotros estamos en la lucha para convencer a los patrocinadores de que se interesen en otras cosas", dice Luisa Fernanda Ríos, quien junto a su esposo, Jorge Diego Llano, son los cerebros y el corazón detrás de este evento.

Pero en comparación con los años anteriores, el progreso es notorio. "Al principio nos decían que estábamos locos, que en Colombia era imposible hacer una carrera de aventura por el conflicto armado y porque no convocaba a nadie. Pero con los años hemos derribado las barreras que ponen los que creen que no se puede", complementa Luisa.

A punta de ganas y espíritu, esta pareja, que ha participado en las carreras más importantes del mundo con el Equipo Colombia, ha sacado adelante ya siete versiones de la Max Bosi, junto a los patrocinadores que se han animado. Este desafío se viene realizando desde el año 2000 y antes de los Llanos ya había visitado el suroeste antioqueño, Santa Marta, Amazonas, el Parque de los Nevados, la meseta cundiboyacense y Cartagena.

En los Llanos los pobladores estaban felices y no había uno que no supiera de la carrera. Se maravillaron con esos barquitos de colores que nunca habían visto en sus ríos y miraban a los competidores entre admirados y sorprendidos. Al final, todos ganaron, porque como en muy pocos deportes, de este sí se puede decir, sin ser tachado de mediocre, que lo importante no es ganar, sino haber estado allí.

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