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| 5/31/2008 12:00:00 AM

A la caza de un terremoto

Los científicos buscan maneras para predecir exactamente dónde y cuándo ocurrirán los próximos sismos. Aunque hay varias teorías, ninguna ha sido efectiva hasta el momento.

E l viernes 23 en la tarde, un día antes de que un fuerte temblor de 5,5 en la escala de Richter sacudiera el país, muchos habrían querido oír en las noticias algo así como "para mañana tenemos pronóstico de fuertes lluvias para la zona central y 90 por ciento de probabilidad de un temblor en Bogotá a las 2 y 21 de la tarde". Desafortunadamente, los sismos siguen siendo fenómenos impredecibles que toman por sorpresa hasta a los expertos, y por eso generan tantos destrozos, muertes, caos e incertidumbre. Lo que no significa, sin embargo, que sea imposible predecirlos en un futuro, pues en ello trabaja la mayoría de sismólogos en el mundo. Para lograrlo, se han concentrado en entender la dinámica de la placas tectónicas y en encontrar métodos e instrumentos que arrojen señales de advertencia más exactas.

Antes se creía que los sismos se daban en forma aislada y sin patrón específico, pero hoy la mayoría de los expertos puede, al menos, saber dónde van a ocurrir. Cuando se detecta una falla, es decir, una grieta en la Tierra producto de un choque entre una placa y otra, se sabe que va a ocasionar muchos sismos, aunque no se puede decir cuándo. Es el caso de la falla de San Andrés, en California; la de Anatolia, en Turquía, y la de Nazca, en el Pacífico suramericano. En ese sentido, se sabe que lugares como Parkfield, California, o Izmit, Turquía, van a estar expuestos a temblores . En el caso de Colombia, la falla de Nazca choca contra la del continente justo en el piedemonte llanero. Esto ha ocasionado muchas otras fracturas en la corteza y estas se ubican en las cordilleras. Algunas son más activas que otras y en la medida en que una se mueve, afecta la otra. "Por eso no cabe duda de que en la región andina va a haber más temblores",dice Fernando Gil, coordinador de la Red Sísmica Nacional (ver mapa). En cambio, en una zona como Mitú se esperan muy pocos.

Pero el asunto es menos claro cuando se trata de determinar una fecha. "Es como si uno inflara un balón sin parar. Se sabe que en algún momento va a explotar, pero no cuándo", dice el sismólogo Luis Alberto Briceño. Para tener una idea del tiempo que debe pasar para que un terremoto vuelva a ocurrir en un mismo lugar, los expertos hacen cálculos con registros históricos. Por ejemplo, en Bogotá ha habido en los últimos 10.000 años al menos 12 eventos de intensidad entre 7 y 8 puntos en la escala de Richter, es decir, con una fuerza devastadora. Eso significaría que en promedio habría uno cada 900 años. "Sólo sabemos que no ha habido uno de esa magnitud en 500 años, que es desde cuando tenemos registros, lo cual deja gran incertidumbre", dice Carlos Vargas, profesor del departamento de geociencias de la Universidad Nacional.

La teoría que respalda lo anterior sostiene que después de un choque fuerte, con sus subsecuentes réplicas, la falla se mantendrá quieta por un tiempo, el necesario para que las fuerzas internas de la Tierra vuelvan a acumular una tensión suficientemente grande como para volver a chocar, lo cual puede tardar desde cientos hasta miles de años.

Pero otros expertos han encontrado que ello no siempre es así. Hay indicios de que una vez ocurrido un terremoto, se libera la presión en el sitio donde se dio el choque, pero una nueva presión se instalará en cualquier otro sitio a lo largo de esa falla o en una falla cercana, lo cual desplazaría la amenaza a otro lugar. Ross Stein, geofísico especializado en buscar formas de detectar la amenaza de sismo, se refiere a esta dinámica como "conversaciones entre terremotos", pues existe una interacción entre ellos nunca antes imaginada. De esta forma un temblor aliviaría la tensión en un lugar de la falla pero al mismo tiempo también abre la posibilidad de que tiemble en otro lugar. "Las fallas responden inesperadamente a tensiones sutiles que se forman en la medida en que cambian y se mueven las placas. La tensión no se disipa con el terremoto; por el contrario, se mueve a otro sitio", escribió el experto en la revista Scientific American. Esto contradice la idea de que los terremotos suceden en forma aleatoria.

Los sismólogos tratan de encontrar nuevas variables de medición y diseñar equipos sofisticados para lograr mayor precisión en sus pronósticos. Algunos se han dedicado a medir los gases, la energía electromagnética y los fluidos en el interior de la Tierra. Otros se han dedicado a analizar el nivel de las aguas subterráneas, pues muy probablemente este subiría cuando la presión debajo aumenta. Otros observan las pequeñas rocas e incluso algunos han estudiado el comportamiento de los peces dorados que, al parecer, se ponen nerviosos ante la amenaza de terremoto. El problema con todas estas teorías es que han probado ser inconsistentes y no han determinado un patrón aplicable de manera universal.

Un ejemplo de la dificultad para predecir sismos es Parkfield. Dada su ubicación sobre la falla de San Andrés, es el lugar más monitoreado de Estados Unidos. Allí, más de 200 estudios preveían que antes de 1993 habría un terremoto de 6 en la escala de Richter. Ninguno atinó a la fecha, pues este ocurrió en 2004. Ante este fracaso, un grupo de científicos diseñó un nuevo modelo en la misma zona para pronosticar diariamente el riesgo. El sistema junta dos medidas, la de la distribución y el tamaño de los terremotos pasados, conocida como la relación Gutenberg-Richter, y las de las réplicas, conocidas como la ley de Omori. Esta afirma que en la primera hora luego del sismo habrá muchos otros temblores, pero el segundo día se producirán sólo la mitad y así sucesivamente. Estas dos, sumadas al mapa de riesgo a largo plazo, mostrarían la posibilidad de que un terremoto ocurra en 24 horas. Pero según sus críticos, el sistema sería efectivo para predecir las réplicas pero no el movimiento principal.

Sólo conocer el riesgo puede no ser suficiente para quienes quisieran saber exactamente cuándo será el próximo temblor. Sin embargo, detectar las fallas y tener el registro de los movimientos de tierra con sus epicentros identificados ha ayudado, según Gil, a diseñar mapas que establecen zonas de riesgo alto, medio y bajo en el país y que especifican cómo deben ser las edificaciones de acuerdo con cada una de ellas. También les ayuda a las compañías de seguros a establecer los precios de sus pólizas. "La ciencia de los terremotos se ha ido desenmarañando muchísimo", dice Gil. Algunos, como Mark Zoback, un geofísico de la Universidad de Stanford, explica que aún la más vaga predicción tiene un tremendo valor pues alerta a una comunidad a estar preparada no sólo con la infraestructura adecuada sino con una población más educada para afrontar estos sismos. "Lo que destruyó a San Francisco en 1906 no fue el terremoto sino el incendio que se desató después".

De la misma manera, la mayoría de los terremotos que más devastación y muerte han dejado son los que suceden en áreas pobladas y con edificaciones muy pobres. Una de las historias de éxito de cómo el conocimiento ha propiciado estructuras resistentes sucedió en Alaska, cuando se construyó un importante oleoducto. Antes de hacerlo los ingenieros consultaron a United States Geological Survey, (Usgs), para conocer con precisión el sitio por donde corría la falla y en caso de terremoto cuántos centímetros se desplazaría la tierra. Gracias a ello, cuando se produjo el terremoto de 2002, con una intensidad de 7,9, el oleoducto resistió y se evitó un desastre ambiental de gran magnitud.

En esto Colombia aún está muy atrasada. Mientras un país como Italia, cuatro veces más pequeño, tiene 250 estaciones de monitoreo, en el país sólo hay cerca de 20. Las iniciativas por mejorar esta situación apenas se están planeando. Ingeominas espera tener 100 estaciones para 2011. En estas, además de sismógrafos habría sensores de banda ancha capaces de detectar movimientos de muy pequeña escala. Esta red nacional se complementaría con otras locales como la que está instalando la Universidad Nacional, Colciencias, la Universidad Antonio Nariño y Geoslac en la sabana de Bogotá. Estas redes buscan tener un registro más preciso que ayudará a actualizar los mapas de riesgo. Por ahora, lo que sí se puede hacer es crear conciencia de que la amenaza es real y por lo tanto lo mejor es estar informado. Esto es esencial a menos que, como fantasea Gil, algún día la ciencia invente una especie de rayos X en donde se pueda ver dónde y cuándo ocurrirá el próximo terremoto.
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