Sábado, 21 de enero de 2017

| 2003/02/16 00:00

Celular con urbanidad

A medida que crece el número de usuarios de teléfonos móviles se hace necesario establecer normas de etiqueta sobre su uso en lugares públicos.

Hace un par de semanas, cuando el ministro del Interior, Fernando Londoño, daba una rueda de prensa, una periodista decidió contestar una llamada a su celular. Molesto, Londoño se calló en forma abrupta y decidió esperar a que la comunicadora terminara de hablar. Al darse cuenta la periodista le dijo, apenada: "Perdón, Ministro, ya lo apagué, puede continuar".

No es la primera vez que Londoño reacciona así y tampoco ha sido el único en manifestar en público cierta aversión hacia el uso descortés de estos aparatos. En una de sus columnas editoriales en El Tiempo, Juan Lozano, director de Citynoticias, los llamó engendros del demonio y el presidente de Fenalco, Sabas Pretelt, cansado de las continuas interrupciones que provocan las llamadas a los celulares, decidió cobrar 20.000 pesos de multa a quien lo use en las juntas de los consejos gremiales. "Todos se han volado sin pagar pero al menos he logrado educarlos en el tema", dice.

Estas reacciones son una muestra de que el celular es una de las paradojas más curiosas del mundo moderno. Aunque fueron hechos para reducir las distancias entre la gente y comunicarla desde cualquier lugar, también han logrado colarse en las relaciones personales, afectar el comportamiento de la gente y en algunas circunstancias provocar no un acercamiento con los demás sino todo lo contrario.

Luz Angela Abello, una ejecutiva del sector financiero, vivió esta experiencia en carne propia. Un día salió a almorzar con su novio en el restaurante Luna. Cuando se disponían a iniciar una relajada conversación, él recibió una llamada de su jefe desde Houston. "Yo alcancé a comer la entrada, el plato fuerte y el postre y él seguía hablando". Después de dos horas de espera ella decidió levantarse de la mesa y dejarlo solo con su celular y con la cuenta.

Ir a cine también se ha convertido en una pesadilla por cuenta de estos aparatos. Además del ruido que producen los consumidores de productos empacados como papas fritas y chicharrones, está ahora la plaga de los que no sólo no apagan el celular sino que reciben llamadas y se ponen a hacer visita en mitad de la película.

Los ya habituales sonidos del celular se escuchan en todas partes: los servicios de transporte público, en las filas de los supermercados, en salas de concierto, en conferencias y hasta en museos e iglesias, lugares en donde el recato, la discreción y el respeto por la tranquilidad eran la norma. Sin hablar de lo que los expertos han denominado como "telefonía escénica", es decir, cuando una persona aprovecha la presencia de una audiencia cautiva para alardear sobre su supuesto prestigio. En Chicago, por ejemplo, un joven ejecutivo trataba de impresionar a unas jóvenes en el metro. Mientras hablaba por su celular de todos los negocios en los que estaba involucrado se escuchó el timbre de una llamada que dejó en evidencia su farsa. "Mucha gente no ha caído en cuenta de que un celular ya no es símbolo de estatus y todavía siguen exhibiéndolo como si se tratara de un Rolls Royce. Otros se han vuelto adictos compulsivos y consideran que lo más importante que sucede en sus vidas son las llamadas que reciben, así que jamás los apagan y cuando suena su celular se lanzan sobre él como un piloto kamikaze y su 'aló' es tan sonoro como una alarma de incendios", señala el antropólogo belga Frank Lizoir, de la Universidad de Lovaina.

El problema no es la tecnología pues se trata de uno de los grandes inventos de finales del siglo XX, muy útil en los negocios y en otras situaciones cotidianas. "Las compañías fabricantes de celulares siempre han sido conscientes de los problemas que puede generar un aparato mal utilizado y por eso todos los modelos traen un botón: el de 'off', que sirve para apagarlos", dijo Yolanda Pineda, gerente de comunicaciones corporativas de Nokia. Según ella, los culpables son los mismos usuarios y la falta de unos códigos comunes sobre su uso en sitios públicos. Una dificultad es que esta etiqueta apenas está emergiendo debido a que los celulares llevan muy poco tiempo en el mundo. Además los usuarios tienden a comportarse en forma diferente dependiendo de si están en Japón, Londres o Barranquilla. "Los diferentes patrones acerca de lo aceptable es probablemente la raíz de los sentimientos de rabia y frustración que la gente siente frente a los teléfonos móviles", dice Crispin Jones, de la compañía de diseño industrial Ideo, que ganó recientemente en Japón un premio por crear seis 'celulares sociables' (ver recuadro).

Pero el comportamiento de las personas y sus celulares no es un simple asunto de latitudes sino que es más complejo aún, como lo demuestran un par de estudios realizados en Londres y Birmingham, Inglaterra, en los que queda claro que muchas veces el ambiente de cada sitio impone en forma tácita su propia etiqueta. En los cafés de Covent Garden, en Londres, y en Brindley Place, en Birmingham, la investigación detectó que en los restaurantes formales jamás sonaba un celular mientras que en sitios más informales de ambos sectores era común escucharlos repicar y verlos puestos sobre las mesas.

Según un estudio realizado por Sadie Plant para Motorola, un hombre puede poner su celular sobre la mesa como símbolo de estatus. "Algunos se sienten inhibidos cuando alguien luce un celular más moderno que el suyo". Cuando los hombres se sientan con mujeres, ellos ponen el móvil sobre la mesa en una actitud que los especialistas interpretan como un reconocimiento de que, entre los dos, él manda la parada. Una mujer que se sienta en un café sin compañía lo exhibe para evitar que se le acerquen personajes indeseados pero también para indicar que no está tan sola como parece. Cuando salen con hombres, las mujeres tienden a poner menos su celular sobre la mesa. Hay quienes consideran que no lo hacen porque lo ven como un intruso que puede arruinarles la velada, como le ocurrió a Luz Angela.

El mismo estudio ha identificado tres grandes grupos que usan códigos similares. Los innies (algo así como entradores), quienes no consideran propiamente al celular como un intruso pero cuando están en compañía de alguien más y contestan las llamadas que reciben se disculpan y se apartan para hablar. Los outies (algo así como renegados), se quedan en el lugar donde reciben la llamada y ni siquiera se toman la molestia de disculparse. Es más, a veces se las arreglan para atender la llamada y al mismo tiempo continuar la charla o la reunión. El último grupo es el de aquellos que se incómodan cuando un compañero de reunión recibe una llamada y no saben qué hacer, si mirar para el techo o salirse. Para ellos el celular es una fuente de tensión y antipatía sobre todo si el usuario usa el aparato sin importarle la gente que está a su lado.

La falta de manuales universales sobre buenos modales ha hecho que algunos se lancen a diseñar sus propias reglas. Siempre se ha rumorado que en el Palacio de Buckingham, la reina Isabel tiene prohibido su uso. En Bogotá, en el Palacio de Nariño, los periodistas deben dejar sus celulares en la sala de comunicaciones antes de entrar a las ruedas de prensa. Cada vez más ejecutivos prohíben a sus subalternos ingresar a las juntas con los celulares. "En esos momentos es más un distractor que un recurso laboral", dice un ejecutivo del sector financiero. En algunos clubes de Bogotá como el Gun y el Jockey su uso es restringido a algunos sectores. En el Country tienen bloqueadas las señales de los celulares.

Pero tal vez la iniciativa más osada la hizo Phillip Reed, un concejal de Nueva York, quien propuso una ley para prohibir su uso y cobrarle 50 dólares a quien infringiera la norma. Su propuesta fue rechazada de plano. Pero lo interesante es que logró poner el tema en la agenda de los usuarios para que empiecen a establecer códigos tentativos que permitan que el celular cumpla suobjetivo: agilizar las comunicaciones sin entorpecer las relaciones entre las personas.

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