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| 12/15/2017 12:11:00 PM

¿Cómo afrontar situaciones difíciles?

¿Qué hacer ante una dolencia física hereditaria incurable o terminal? ¿Qué hacer frente a un diagnóstico de una condición mental que nos limita y nos confina al encierro? ¿Qué hacer frente a un duelo o una pérdida de un ser querido que jamás volveremos a ver?

Empieza citando la reflexión de Watson: Denme una docena de niños sanos, de buena constitución y mi propio mundo específico donde criarlos y les garantizo que puedo tomar a cualquiera de ellos, al azar, y formarle para que llegue a ser especialista en cualquier campo que yo elija: médico, abogado, artista, empresario, o incluso mendigo o ladrón”.

Esta postura es un valioso criterio que muestra el concepto centrado en que la libertad del hombre tiene el poder de oponerse a cualquier determinismo genético.

El hombre tiene la grandiosa posibilidad de autodistanciarse y autodefinirse para elegir su destino. Tiene la capacidad reflexiva desde su absoluta libertad interior de elegir la actitud con la que enfrenta cada situación vital por más difícil o dolora que esta sea.

Viktor Frankl el creador de la tercera escuela de psicología de Viena, inspira en su pensamiento “cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos con el desafío de cambiarnos a nosotros mismos".

Los factores biológicos y ambientales ejercen un papel importante en su existencia, sin embargo, no la determinan. Nosotros no somos nuestros genes, ni nuestro rasgo de personalidad, ni mucho menos nuestra enfermedad, somos seres humanos libres con el poder de oponernos al ambiente y a nuestra propia genética heredada, es decir somos lo heredado de nuestros padres, lo aprendido del ambiente en el cual crecemos y vivimos, pero sobre todo somos lo decidido desde nuestro libre albedrío y determinación.

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Haciendo esta investigación sobre el comportamiento humano y la genética se encontró una reflexión del matemático y filósofo Blaise Pascal en el ensayo de Queralto: ‘Mis decisiones sin mí‘, esta reflexión hace referencia a que todos los problemas del ser humano derivan de su incapacidad de sentarse solo en una habitación”, todos los seres humanos tienen implícita la capacidad de reflexionar. Es decir, de pensarse a sí mismos, a diferencia de los animales. Sin embargo, son pocas las personas que eligen desplegar su espíritu para encontrar la dimensión más elevada del hombre.

Vivimos cada día más bajo el determinismo social que influye también como detonante sobre la condición predeterminada de nuestra genética. Sin embargo, poseemos la capacidad de elegir cómo oponernos a los deseos mecánicos de nuestra naturaleza biológica, a sus impulsos.

El doctor Carl Gustav Jung hace grandes aportes que nos llevan a reflexionar:

 -“Una vez que se ha hecho todo lo que se pudo hacer, queda todavía lo que se podría hacer si uno tuviera conocimiento de ello, pero ¿cuánto sabe el hombre de sí mismo?

-“Hasta que lo inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo su vida, y usted le llamará destino.

¿Está entonces todo lo que acontece en el mundo predeterminado por las fuerzas naturales o las matemáticas de la genética? Ni la razón ni la ciencia nos llevan a una respuesta absoluta y de este modo tampoco la fe; la misteriosa acción divina podría dejarnos a veces con miles de dolorosos cuestionamientos sobre las malas jugadas que nos puede hacer la genética.

La vida nos impone situaciones que nos inspiran a construir nuestro destino de manera trascendente, pero en ocasiones muchas de estas situaciones son tan dolorosas que nos atropellan y nos desgarran. ¿Qué hacer ante una dolencia física hereditaria incurable o terminal? ¿Que hacer frente a un diagnóstico de una condición mental que nos limita y nos confina al encierro? ¿Que hacer frente a un duelo o una pérdida de un ser querido que jamás volveremos a ver?

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Es en este cuestionamiento profundo del ser, en donde la dimensión espiritual de un creyente despliega el sentido; el sentido del sufrimiento, el sentido del trabajo, el sentido del amor y el sentido de la fe,  pues quien tiene un “para que” en la vida, puede soportar cualquier "cómo", dijo Frankl.

El sufrimiento humano tal como su genética seguirán siendo dilemas indescifrables en su totalidad, sin embargo, siempre podemos encender una vela en nuestra vida interior, que aunque tenga una apariencia quebrantada, gastada o rota, iluminará siempre por su pabilo, es decir su alma, la cual tendrá siempre la capacidad implícita de iluminar sin importar su desgaste.

El mundo en general está siendo cubierto por una gran sombra colectica, cada uno de nosotros aporta sus propias sombras, el propósito de los seres humanos se centra hoy en el saber, el hacer y el tener; y cada vez menos en el ser auténtico desde su alma, ¿qué importancia tienen entonces la biología molecular, las teorías hereditarias, la genética de la conducta, cuando la inteligencia emocional o la falta de ella está llevando a la raza humana a la autodestrucción?

El Homo sapiens cada día está dejando de serlo, para devolverse a su origen de primate animal, gobernado por sus instintos, sin capacidad de comprenderse a sí mismo y mucho menos de gobernarse en equilibrio y serenidad.

Hay una falsa oposición entre herencia y ambiente, entre genes y libertad humana, pretendemos el perfeccionamiento del cerebro humano por vía genética, sin embargo nos preguntamos si un cerebro humano más inteligente, con más capacidades y competencias cognitivas, casi genio, podrá tener mayor auto trascendencia, ¿podremos apelar entonces a una vida centrada en los valores y las creencias? ¿Orientando nuestra vida hacia una conducta desde la ética del comportamiento humanizado, empático y compasivo?

El sentido común se ha ido perdiendo en nuestra especie, cada día aumenta nuestro conocimiento intelectual, olvidando que las intervenciones educativas no deberían centrarse únicamente en el coeficiente intelectual del individuo, sino que deberían intervenir además en la formación de seres humanos integrales. Hoy ya somos capaces de llegar a la hipermediación genética, en donde los seres humanos han logrado diseñar la propia supervivencia, seleccionar la inteligencia, el temperamento, los rasgos físicos y psicológicos. Francis Collins Director del proyecto Genoma Humano, cree que en 5 años ya existirá la posibilidad de comparar el ADN y los cromosomas para encontrar su expresión genética en ciertas enfermedades, esta tecnología molecular podrá ser utilizada para seleccionar embriones que posean los rasgos deseados por los padres.

La deshumanización está en esta peligrosa manipulación, en donde la ética estará siempre en juego, por este motivo a medida que el ser humano conoce más la ingeniería bioquímica, deja de lado y olvida su centro sagrado que es la fuente real de su estabilidad emocional y de su felicidad.

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Somos humanos demasiado humanos bien decía (Nietzsche), pero ser testigo de una humanidad sumergida en el sin sentido, en el vacío existencial, en el relativismo moral y en la apología a la decadencia, nos lleva a  cuestionamientos  angustiantes  y a una impotencia paralizante.

La genética, las decisiones, el libre albedrio, la contaminación emocional y social que el ambiente ejerce sobre la humanidad, son cuestiones indescifrables desde cualquier punto de vista y hasta cierto punto irrelevantes, si cada día los seres humanos juegan a ser pequeños dioses que se creen capaces de manipular e intervenir la raza humana y su existencia a su antojo, en vez de preocuparse más bien por cómo ser más felices auténticamente desde el ser y el trascender, saliendo de ellos mismos al encuentro de su prójimo doliente, en lugar de seguir encadenándose inconscientemente en una sociedad consumista materialista que cada día alimente más su vacío existencial.

¿Para qué nos sirve entonces el poder manipular el cromosoma humano, si no somos capaces de abrazar, de amar, de perdonar de dialogar, para nutrir nuestro espíritu y vivir en unión y armonía?  

Vivimos como robots, con vidas mecánicas, incapaces de construir vínculos humanos que estimulen nuestro espíritu y que lo lleven a la verdadera iluminación del ser, de su existencia terrenal. 

¿Cuál es la huella que queremos dejar a quienes los heredarán cuando de nosotros no quede rastro?

Ojalá no sea una herencia méramente genética sino espiritual perpetua.

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